«Quitando moños», una ilustración de Xaudaró de 1912
«Quitando moños», una ilustración de Xaudaró de 1912 - ABC

Joaquín Xaudaró, el amante de la bohemia francesa que ilustró a los españoles

El Museo ABC dedica su última muestra al célebre dibujante, que se convirtió en el más famoso humorista del país antes de la Guerra Civil

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Joaquín Xaudaró (1872-1933) era inconfundible por su obra y por su figura. Cuando salía a la calle, llamaba la atención por su aspecto atildado, sus botines, sus calcetines blancos y su sombrero: todos esos atuendos con los que vestía a los personajes de la burguesía que campaban en sus ilustraciones costumbristas. Incluso podría decirse que parte de esa galanura la heredó su perrito, un animalillo sin nombre que se convirtió en uno de los grandes iconos comerciales y humorísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Fue esa mascota la que, precisamente, terminó por abrirle las puertas del olimpo de los dibujantes, convirtiéndolo quizá en el más célebre de su tiempo. Ahora, el Museo ABC recupera su figura en «Xaudaró. La buena gente», una retrospectiva que explora las diferentes facetas del genio.

«Sin duda, fue el dibujante más popular de todos los que trabajaron para Prensa Española, pero también el más popular de todos los humoristas durante su tiempo de gloria, que podemos fechar entre 1921 y 1933», subraya el guionista y crítico Felipe Hernández Cava, comisario de la muestra. Su trayectoria, explica, se vio fuertemente marcada por su infancia, que pasó en Filipinas, donde su padre estaba destinado como ingeniero militar. Allí vivió hasta los once años y allí conoció el arte japonés, que permeó sus comienzos como ilustrador. «Descubrió el virtuosismo técnico de los estampadores japoneses, como Kono Barei o Imao Keinen, y su sentido de lo decorativo en lo tocante tanto al colorido como a la elección del punto de vista», continúa.

Ya en Barcelona, el joven Xaudaró desoyó los imperativos de su padre y se interesó por el dibujo y la pintura, estudiando en diversas academias. Pronto empezó a colaborar en las mejores revistas catalanas, como «Barcelona cómica» o «La hormiga de oro», donde hacía chistes, ilustraciones e historietas. Su labor llamó la atención de Torcuato Luca de Tena, fundador y director de «Blanco y Negro», que se lo llevó a Madrid en 1898. Es precisamente en este momento donde arranca la muestra, que dibuja su trayectoria hasta el estrellato e ilustra todo aquello que, con el paso del tiempo, su famoso perro ha terminado por esconder.

En Madrid trabajó incansablemente. Durante los diez años que pasó al mando de Luca de Tena dibujó chistes, historietas, ilustraciones de todos los tamaños, caricaturas, grecas, orlas y hasta anuncios de publicidad. Las publicó en «Blanco y Negro», pero también en ABC, «Gedeón» o «Gente menuda». Ese exhaustivo trabajo lo aprovechó para ensayar diferentes estilos, hasta el punto de convertirse en un fiel exponente del modernismo español, sobre todo en las portadas que diseñaba. A pesar de este éxito relativo la crítica lo tildaba de afrancesado, motivo por el que, quizás, decidió abandonar la seguridad laboral (y a su mujer e hija) y marchar a París.

La vida en París

Allí, nuestro dibujante consiguió más experiencias vitales que éxito, aunque quizás era eso lo que él buscaba. «De sus días en París hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, poco podemos colegir, salvo que disfrutó intensamente de la vida bohemia y que, como comentarían algunos amigos, parecía trabajar solo con la finalidad de cobrar unos cuantos francos con los que sufragarse luego unos viajes de auténtico millonario», escribe Hernández Cava en el catálogo de la exposición. Más allá de sus trabajos como ilustrador de cuentos y novelas, no alcanzó las cotas que esperaba. En España era un afrancesado, y en París era un español.

En 1914, con el comienzo de la Gran Guerra, decide volver y empezar un retiro entre Huesca y Lérida, donde continúa su trayectoria profesional y comienza a probar suerte como pionero de los dibujos animados, otra de sus pasiones. En 1921, consciente de que había perdido su fama, volvió a Madrid a trabajar para Luca de Tena en los diferentes medios de Prensa Española. Y es aquí, precisamente, donde inicia su última y esplendorosa etapa como ilustrador, en la que alcanza unas cotas de popularidad que jamás hubiese podido imaginar.

«Soleares», de 1924, una ilustración donde puede verse ya al célebre perro
«Soleares», de 1924, una ilustración donde puede verse ya al célebre perro- ABC

Ese éxito se explica, en parte, gracias a un encuentro con Torcuato Luca de Tena tras una de sus viñetas diarias en ABC. En ella, Xaudaró había dibujado a un perrito que tenía el hocico metido en un tubo de desagüe, escondiéndose así de un guardia que, siguiendo la nueva ordenanza municipal, tenía que vigilar que todos los chuchos llevasen bozal. El fundador de Prensa Española encontró la imagen tremendamente graciosa, lo llamó a su despacho y le dijo: «Ponga todos los días un perrito en sus dibujos». Y así fue, al menos en sus viñetas diarias con ABC.

El perro se convirtió en un icono, en un objeto de márketing del que se vendieron infinidad de productos, pero Xaudaró no se quedó ahí. Con el paso de los años había cristalizado sus influencias y había logrado desarrollar un estilo propio, siempre enmarcado en un costumbrismo que nunca dejó de cultivar. Su humor escrito no era sutil, pero sí efectivo, y se convirtió en una suerte de maestro del chiste malo al tiempo que creó toda una fauna de personajes que se instalaron en el imaginario colectivo español.

Humor contra los soviets

Además, Xaudaró tuvo el tino de convertirse en uno de los primeros dibujantes en denunciar los estragos de la Revolución Bolchevique, adelantándose incluso al primer álbum de Tintín. En la historieta «El señor Bernabé en la Rusia colorada», realizó un ácido retrato de los soviets, alertando de las hambrunas. Esta sátira respondía a una certeza que guardaba desde su infancia y que conservó durante toda su existencia: las ideologías derivan en desastre. «Vivió toda su vida al margen de la política, sin mojarse», resume Hernández Cava.

Aunque no se mojó, sí bebió durante toda su vida, algo que podía apreciarse en todos sus retratos, donde siempre aparecía con una botella a mano. Además de alcohólico, era un fumador incansable, un vicio que, a la larga, le dejó una salud maltrecha que no pudo resistir una neumonía. Xaudaró se despidió de este mundo, a los 61 años, como uno de los últimos humoristas de su especie (modernista, pero no vanguardista), que dejó tras de sí un imaginario imborrable en la ilustración española. «Sin él sería impensable la existencia de Mingote», remata el comisario.