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Gabriele Finaldi: «Murillo creció mirando a Velázquez y estaba fascinado por él»

El director de la National Gallery de Londres desvela las claves de la exposición que la Fundación Focus organiza en Sevilla y en la que relaciona la obra de los dos a rtistas

Gabriele Finaldi, en el exterior de la National Gallery con Trafalgar Square al fondo
Gabriele Finaldi, en el exterior de la National Gallery con Trafalgar Square al fondo - The National Gallery Photograph
EVA DÍAZ PÉREZ Sevilla - Actualizado: Guardado en: Cultura Arte

Gabriele Finaldi llega aún con los claroscuros de Caravaggio colgando del brazo. El director de la National Gallery de Londres acaba de inaugurar la exposición «Más allá de Caravaggio» y se halla en Los Venerables para supervisar la exposición «Velázquez. Murillo. Sevilla», de la que es comisario y que organiza la Fundación Focus. Prepara un juego de espejos entre Velázquez y Murillo donde sus cuadros se enfrentan y dialogan recreando la Sevilla del XVII. Finaldi confiesa que está citado con ambos para cenar alguna delicia propia de bodegones barrocos. La exposición, enmarcada ya en el Año Murillo y que patrocina ABC, se abrirá al público el 8 de noviembre.

Esta exposición se espera con expectativa por ser la primera del Año Murillo. También con esperanza porque parece que calma las dudas sobre los retrasos de la efeméride. ¿Qué va a aportar la muestra?

—«Velázquez. Murillo. Sevilla» trae obras de primera calidad y de gran belleza que se expondrán de una forma original, relacionando a ambos artistas a través de sus obras. Hasta ahora no se había podido relacionar a estos dos genios y ahora podremos analizar sus influencias.

—El origen de este planteamiento museográfico está en el viaje que Murillo hizo a Madrid en 1658. Sin embargo, el posible encuentro no está comprobado documentalmente. Casi se parte de una hermosa ficción...

—Yo creo que incluso se vieron varias veces. Además destacaría que Murillo creció mirando a Velázquez, porque se forma en los años treinta y en esa época pudo ver varias obras que aún se encontraban en Sevilla. «La Adoración de los Reyes Magos» la pudo ver en el Noviciado de los jesuitas de San Luis y los bodegones que Velázquez había pintado de jovencito estaban en la Casa de Pilatos. O la «Inmaculada» del convento carmelita. Creo que el joven Murillo estaba muy interesado por lo que podía ver de Velázquez en Sevilla, porque era el símbolo del éxito al convertirse en el pintor del rey. No dudo que estaba fascinado y seguramente quiso conocerlo.

—¿Podríamos pensar en una buena relación en ese Madrid de 1658? Parece que Velázquez le mostró las colecciones reales para que copiara algunos cuadros.

—Las fuentes secundarias, me refiero sobre todo a Palomino y a Ceán Bermúdez, dan por hecho esta relación y la narran con bastante riqueza de detalles. Probablemente algo hay. Como historiadores, a veces dudamos de las fuentes porque nos fiamos más de los documentos. Sin embargo, un viaje a Madrid no necesariamente tuvo que dejar huella documental. En el siglo XVII podías llegar a Madrid en una semana. Si te quedabas un par de semanas y luego volvías, no era más que un mes de ausencia.

—La exposición plantea una idea narrativa de juego de espejos en el que veremos las «Inmaculadas» de ambos, los autorretratos y otras iconografías enfrentadas.

—Sí, hemos querido incidir en los temas sevillanos que comparten. Me refiero a la Inmaculada, pero también a las santas patronas de la ciudad, Santa Justa y Santa Rufina, los dos maravillosos cuadros de Murillo que están en el Meadows Museum de Dallas, y la Santa Rufina de Velázquez bien conocida por los sevillanos, ya que se puede ver en Focus. También destacamos otros temas que comparten como los santos apóstoles y los autorretratos. Además de la pintura de género. En Sevilla Velázquez pinta bodegones como «El Aguador» o «Dos jóvenes en la mesa» que, cuando se traslada a Madrid, deja atrás. Murillo vuelve a este tema de la pintura popular porque creo que se quiere erigir en discípulo muy directo de Velázquez. Y es curioso porque los especialistas, tanto Diego Angulo como Enrique Valdivieso, ven poca relación entre la pintura de los dos autores. Sin embargo, quiero colgar los cuadros de tal forma que se busquen más las similitudes que las diferencias y que el visitante deduzca. Es indudable que son dos artistas distintos. Murillo elige quedarse en Sevilla, aunque hubiera tenido oportunidades de hacer carrera fuera. De joven se había planteado irse a América y las fuentes dicen que se podría haber instalado en Madrid o tal vez viajar a Italia, pero no lo hace. Velázquez optó por la corte dentro de un ámbito muy internacional y sofisticado. Sus carreras se desarrollaron de manera muy distinta. Empezando por los temas que tratan, ya que Velázquez prácticamente no hace pintura religiosa y Murillo casi no hace pintura que no sea religiosa.

—Sin embargo, la muestra nos ofrece «otro» Murillo más allá de los temas devocionales, el Murillo popular –con «Niño espulgándose» o «Tres muchachos»–, pero también de cuadros religiosos como «La educación de la Virgen», que se presenta como una escena cortesana.

—Sí, sobre todo con lienzos como «La Sagrada Familia del Pajarito» o, efectivamente, «La educación de la Virgen», que es casi una escena cortesana y además la vamos a exponer junto a «La Infanta Margarita de blanco» de Velázquez, que viene de Viena. Se podría decir: ¿Qué tiene que ver una obra con la otra? Yo espero que por la forma en que lo exponemos quedarán a la vista interesantes paralelismos, aunque uno sea un retrato oficial y el otro un cuadro de devoción.

—La muestra sugiere una ucronía: qué habría sido de Murillo si se hubiera ido a la corte como Velázquez y también qué habría ocurrido si Velázquez se hubiese quedado en Sevilla.

—Exacto. Nos gustaría saber qué pensaba Velázquez de Murillo, porque su carrera estaba más avanzada en el tiempo. Creo que Velázquez tuvo que interesarse por el joven talento sevillano, aunque habría que recordar que no tenía excesivo interés en tener a artistas muy talentosos alrededor. Así que es posible que a Murillo le dijera: «Eres muy buen pintor, quédate en Sevilla...»

—¿Se puede decir que la exposición aporta dos visiones o versiones de esa Sevilla contradictoria del siglo XVII?

—Sevilla es el humus que da lugar a estos dos genios universales de la pintura. ¿Qué es lo que hay en Sevilla que da lugar a estos dos pintores extraordinarios? No es fácil contestar, pero diría que Sevilla es una ciudad con un imaginario visual muy desarrollado. Es la luz natural, la arquitectura, la riqueza artística. Y esto crea un ambiente visualmente muy rico que influye en la formación de estos artistas, ambos muy dispuestos a absorber todo lo que pueda ofrecer la ciudad. Además hay que recordar algo que a veces olvidamos, que Sevilla era una ciudad muy culta, capital del comercio con importantes comunidades extranjeras, y que era un gran centro de intercambio de productos, personas y culturas.

—Eso explica quizás por qué Murillo decide quedarse. Aquí recibía encargos de iglesias y conventos y también de los comerciantes flamencos.

—Es verdad. Aunque uno no puede saber las razones que hacen tomar ciertas decisiones, pero creo que Murillo estaba muy vinculado emocionalmente a la ciudad y a la familia. La ciudad le proporcionaba unas posibilidades extraordinarias, sobre todo después de la peste, porque en los años sesenta hay cierto resurgir de la ciudad. Son años fundamentales porque recibe los encargos de los Capuchinos, Los Venerables, Santa María la Blanca y La Caridad. Es un momento realmente estelar.

—Murillo pasó de ser el gran pintor español cuyos cuadros alcanzaron en el siglo XIX los precios más altos a ser minusvalorado. ¿Puede ser este Año Murillo una oportunidad para recuperar su papel ajeno a los clichés que lo encasillan como pintor exclusivamente devoto?

—El Año Murillo tiene que ser eso. Hay que volver a reconocer a Murillo en toda su riqueza y con su extraordinaria calidad como pintor. A principios del siglo XX, cuando nacen las vanguardias, se le asimila de forma diferente. Admiraban al Greco, no a Murillo. Y Murillo se va quedando atrás y se le hace una caricatura como un pintor devoto y dulzón. Sin embargo, en estos últimos 20 o 30 años hemos vuelto a ver a Murillo en el contexto de la sociedad sevillana de su tiempo. Con la exposición «El arte de la amistad: Murillo y Justino de Neve» quise llamar la atención sobre el extraordinario talento de este artista, capaz de imaginar los temas tradicionales de una manera original. No hay que ver el Murillo de los tópicos sino el Murillo pintor total.

—¿Ha tenido mala suerte con los recortes presupuestarios?

—Murillo tuvo la suerte de ser muy admirado por los artistas de principios del siglo XIX y por eso salieron muchos de sus cuadros fuera de España. Esto le dio una gran admiración internacional. Espero que el Año Murillo sea un revulsivo y se vuelva la mirada a la potentísima cultura artística de Sevilla.

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