David Hockney. Los Ángeles, 9 de marzo de 2016
David Hockney. Los Ángeles, 9 de marzo de 2016 - RICHARD SCHMIDT

David Hockney: retrato de familia

El Museo Guggenheim de Bilbao reúne 82 figuras, cada una pintada en tres días, entre 2013 y 2016, por el genial artista británico

BilbaoActualizado:

El 17 de marzo de 2013 no fue un día más en la vida de David Hockney. Uno de sus ayudantes, Dominic Elliott, fallecía de manera trágica en la casa del artista en Bridlington, al norte de Inglaterra, adonde había llegado ocho años antes, «huyendo» de Los Ángeles. Regresaba a casa. Fue la residencia donde su madre vivió los últimos años hasta su muerte en 1999. Elliott había bebido lejía tras haber consumido éxtasis y cocaína. Hockney no se hallaba en casa cuando ocurrieron los trágicos hechos. Aquel revés le destrozó por completo. Un año antes había sufrido un leve ictus que le dejó momentáneas secuelas en el habla. Le operaron el cuello. Acabó deprimiéndose en Gran Bretaña y lo que, en principio debía ser una vuelta temporal a California para inaugurar una exposición en San Francisco, acabó convirtiéndose en un regreso parece que definitivo.

Una joven, en la sala de mil metros cuadrados del Guggenheim de Bilbao donde cuelgan los 82 retratos de Hockney
Una joven, en la sala de mil metros cuadrados del Guggenheim de Bilbao donde cuelgan los 82 retratos de Hockney-REUTERS

Tras la muerte de Elliott estuvo un tiempo sin coger los pinceles. Un día se encontró a Jean-Pierre Gonçalves de Lima (JP, le llaman sus amigos), director de su estudio, secretario personal y hombre de confianza desde hace muchos años, abatido, sentado con las manos en la cabeza. Le recordó al «Anciano en pena», de Van Gogh. «Yo también me siento así», le dijo Hockney. «Los dos nos sentimos así». Voy a pintarlo, se dijo. Lo terminó en tres días, entre el 11 y el 13 de julio de 2013. Bien podría ser un autorretrato. Sin saberlo, era el germen de una galería de más de 90 retratos: 82 de ellos (y un bodegón, que más tarde explicaremos) cuelgan, hasta el 25 de febrero de 2018, en la nueva exposición del Museo Guggenheim de Bilbao, organizada por la Royal Academy de Londres, donde ya se vio antes. Después viajó hasta Ca' Pesaro, en Venecia. Tras su paso por España llegará al LACMA de Los Ángeles.

El mismo fondo y tamaño

Tres de los retratos de Hockney. De izquierda a derecha, su hermano John, Jean-Pierre Gonçalves de Lima y Hans Werner Holzwarth
Tres de los retratos de Hockney. De izquierda a derecha, su hermano John, Jean-Pierre Gonçalves de Lima y Hans Werner Holzwarth-EFE

«Pensé que quizás California nos animaría, pero nos llevó un tiempo. Nos trajimos Bridlington con nosotros», confiesa en una entrevista Hockney a Edith Devaney, comisaria de la muestra y una de las retratadas (de hecho, la pintó dos veces). Todos los retratos –han tomado las paredes, pintadas de un elegante rojo inglés, de la espectacular sala 105 del Guggenheim bilbaíno, de mil metros cuadrados– tienen unas características comunes. Cada uno fue hecho en solo tres días (los modelos posaban unas 6 horas al día). Hockney los comienza siempre con un rápido dibujo a carboncillo y cuentan con un fondo neutro en vivos colores azul y verde (la luz californiana volvió a penetrar en su paleta, tras ocho años teñida de tonos ocres en la campiña de Yorkshire) y el mismo tamaño (121,9 por 91,4 centímetros). Incluso el único retrato doble, el de los gemelos Augustus y Perry Barringer, es de 91,4 por 121,9. Todos fueron realizados con pintura acrílica, que el pintor llevaba 20 años sin usar.

El escenario siempre es igual: el retratado, sentado en la misma silla, subida a una plataforma, en su estudio de Los Ángeles. Cada uno decidía cómo iba vestido. Familiares, amigos y conocidos de Hockney son sus modelos; «mis famosos», como él los llama. Ninguno fue un encargo. El último, el de Earl Simms, retratado entre el 29 de febrero y el 2 marzo de 2016. Último, de momento, porque, para Hockney, esta serie «es infinita. Podría seguir pintando estos retratos hasta el fin de mis días». El artista los entiende como un conjunto, no de forma aislada.

Un misterioso bodegón

Retrato de Margaret Hockney, hermana del pintor
Retrato de Margaret Hockney, hermana del pintor - DAVID HOCKNEY STUDIOS

Por su estudio pasaron, durante casi tres años, más de 70 personas (a algunas las retrató más de una vez). Entre ellas, dos de sus cuatro hermanos: Margaret, enfermera jubilada, a la que se halla muy unido; y John. También, Helen, la esposa de éste. No faltan grandes amigos, como Bing McGilvray o Celia Birtwell, y algunas de sus exparejas: Gregory Evans y John Fitzherbert. Ni gente del mundo de la cultura como Larry Gagosian, John Baldessari, Norman Rosenthal, Frank Gehry, David Juda o Benedikt Taschen. Las sesiones comenzaban a las 9 de la mañana. Cuando trabaja Hockney siempre lo hace en silencio. A mediodía, parada de una hora para almorzar con el modelo en cuestión y comentar cómo va el retrato. Y, cómo no, para fumar. Pero, ¿por qué aparece ese misterioso bodegón? Del 6 al 8 de marzo de 2014 alguien cuya identidad no conocemos debía posar para Hockney. No se presentó. En su lugar pintó un bodegón: frutas sobre una banqueta.

La comisaria de la exposición, Edith Devanay, junto a su retrato. A la derecha, Frank Gehry, pintado por Hockney
La comisaria de la exposición, Edith Devanay, junto a su retrato. A la derecha, Frank Gehry, pintado por Hockney-EFE

A Hockney le gustan las personas: «Son fascinantes, un auténtico misterio. Cuando alguien nuevo se sienta delante de mí para posar siempre pienso: ¿Dónde termino yo y dónde empieza el modelo?» En estos retratos se concentra en la figura. Quería retratarlos de cuerpo entero, sentados en una silla. Se preguntó: ¿cuánto podrán aguantar posando? Pensó que no más de tres días. Unas 20 horas. Nadie está acostumbrado a tener a alguien mirándolo fijamente durante ese tiempo. «Les llegué a conocer bien y ellos a mí», dice. Son reflexiones que Hockney hace a la comisaria en una entrevista que se proyecta en una sala contigua y que tuvo lugar en el estudio del pintor. Abierto de par en par, un libro con una ilustración de «Las Meninas». Quizás buscaba que le visitaran las mismas musas que al genial Velázquez. «No salgo mucho. Pero no soy asocial. Soy sordo», advierte con sorna. Una sordera que ha hecho que preste más atención a los gestos:«Tengo que usar los ojos en lugar de los oídos».

Este es el primer retrato de la serie: Jean-Pierre Gonçalves de Lima, pintado entre el 11 y el 13 de julio de 2013
Este es el primer retrato de la serie: Jean-Pierre Gonçalves de Lima, pintado entre el 11 y el 13 de julio de 2013-EFE

Terminó agotado

A veces pintaba hasta tres retratos al mismo tiempo. Demasiado trabajo para un hombre de 80 años que pinta de pie y no para de moverse mientras lo hace: se acerca al caballete, se aleja, vuelve a acercarse... Terminó agotado, pero disfrutó mucho «plantando cara al desafío que cada uno de estos retratos me planteaba. Creo que con ellos he conseguido algo. He hecho todos estos retratos y quiero saber por qué».

No piensa en la jubilación. «El trabajo es lo que me empuja a seguir adelante. Cuando pinto me siento como si tuviera 30 años. Tengo que trabajar para mantener la cordura. Si no lo hiciera, me volvería un poco loco». Bendita locura la de David Hockney.