La entrada del Museo del Prado custodiada por Velázquez
La entrada del Museo del Prado custodiada por Velázquez - ABC

Cuando el Prado pudo saltar por los aires con todo su arte convertido en fuego

El 16 de noviembre de 1936 varios proyectiles incendiarios cayeron dentro de las propiedades de la institución

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El arte también sufrió la guerra, aunque tuvo fortuna.

Desde el 30 de agosto de 1936 las previsiones de bombardeo eran constantes en Madrid y en el Museo del Prado eran conscientes del peligro. Ese fue el último día que la institución abriría al público y el primero de las labores de protección frente a una previsible catástrofe. Los cuadros más importantes se trasladaron a los locales más resguardados y los arquitectos Pedro Muguruza y Vaamonde Valencia idearon una serie de reformas para salvaguardar el edificio.

A pesar de que Madrid era ya un hervidero en el museo pensaban que estaban protegidos ante un ataque directo −¿quién quiere acabar con el patrimonio de una nación?−. Desconocían, claro, que lo irracional a veces se convierte en norma. Por ello, no tomaron medidas inmediatas a gran escala: actuaban con el ánimo de la precaución. En un informe de octubre de 1937, el subdirector de la institución, Francisco Javier Sánchez Cantón, lo explicaba así: «las obras de protección se proyectaron de escasa monta y de reducido coste por la esperanza de que el edificio no había de sufrir un ataque directo destructor».

Sin embargo, tan solo dos meses después de que cerraran sus puertas los estallidos ya se escuchaban en las inmediaciones del museo. Según un documento al que hemos tenido acceso a través del nuevo archivo online de la institución, el 16 de noviembre varios proyectiles incendiarios habían caído dentro de las propiedades de la institución. Los celadores del museo señalaron entonces que «habían apagado numerosas bengalas» y que «las vidrieras estaban destrozadas y algunas persianas violentadas por las explosiones». Además, apuntaron que «en la fachada de Murillo se había roto una subida de agua del servicio de incencios».

¿Se había perdido algo? Al día siguiente de esos incidentes inspeccionaron el museo y descubrieron, con horror contenido, que (solo) una de las obras de la llamada sala Romana se había caído al suelo. Se trataba del relieve número 268, atribuido al renacentista Agostino Busti. «Parte del borde se había fragmentado y algunos trozos de las figuras se habían desprendido», apunta el texto.

No fue hasta el día 19 cuando cayeron en la cuenta de que la fortuna había salvado al arte. Esa mañana, Luis Morillo Quintana, uno de los empleados del museo, recogió una bomba de las cubiertas del edificio. «Había advertido señales de haberse iniciado un fuego que por sí mismo se apagó», señala el informe. Más tarde, el arquitecto Vaamonde Valencia le habló de varias bombas incendiarias que había visto caer en las techumbres del museo, en el patio de Murillo y en el jardín, una alerta que después fue confirmada. Por suerte, no causaron ningún daño de gravedad.

No fue, pero pudo ser, y de alguna lo ocurrido fue un últimatum. El traslado de obras que se había iniciado a principios de noviembre del 36 se convirtió en una prioridad hasta el final de la contienda. Un total de 71 camiones, que viajaban a una «velocidad» de 15 kilómetros por hora, partieron hacia Valencia con las joyas del Prados. De ahí pasaron a Barcelona y luego a Figueras para terminar en Ginebra.