Picasso, en 1919 en su estudio de Londres con Olga Khokhlova
Picasso, en 1919 en su estudio de Londres con Olga Khokhlova - Sucesión Picasso

La bailarina rusa Olga Khokhlova, musa y primera esposa de Picasso

El Museo Picasso de París dedica una exposición a la relación del pintor y su mujer, y a su influencia en él

Corresponsal en ParísActualizado:

«Olga Picasso» (Museo Picasso) reúne más de 350 obras (pinturas, dibujos, fotografías, documentos íntimos) consagradas a glosar uno de los momentos más felices del inmenso legado picassiano: la obra consagrada a su primera esposa, Olga Khokhlova.

Picasso y Olga se conocieron en Roma, en 1917, con motivo del estreno local del ballet «Parade» (música de Erik Satie, argumento de Jean Cocteau, coreografía de Léonide Massine), con «decorados» de Picasso.

Ella, joven belleza ucraniana, era una bailarina estrella de los Ballets Rusos de Serge Diaghilev. Tras un largo año de vida sentimental compartida, Olga y Picasso contrajeron matrimonio el 12 de julio de 1918 en la iglesia ortodoxa rusa de la parisina calle Daru. Jean Cocteau, Max Jacob y Guillaume Apollinaire fueron testigos de la única boda religiosa de Picasso.

Aquella historia de amor coincidía con una suerte de «vuelta al orden» de Picasso, tras un viaje a Italia y numerosos viajes a la Barcelona donde imperaba la estética mediterránea del Noucentisme. Aquel primer Picasso neoclásico pintó alguno de los retratos más bellos de su oceánica carrera. Y Olga fue la «modelo» inmortalizada con más frecuencia.

La felicidad de la pareja duró nueve años cortos. Picasso conoció a la jovencísima Marie-Thérèse Walter en 1927, cuando ella tenía 17 años. A partir de esa fecha, el rostro y la silueta de Olga sufren una metamorfosis cruel. Otros acontecimientos familiares -muerte del padre, hundimiento de la familia, crisis ruso / ucraniana, con millones de muertos- atormentaron a la joven esposa abandonada.

El «Retrato de Olga sentada en un sillón» (1918) ilumina la belleza melancólica y serena de una joven recién casada, silenciosa y sumisa. El «Gran desnudo en el sillón rojo» (1929) posee una fuerza atroz: esa deforme mujer desnuda posee una dentadura sufriente. Los primeros retratos de Olga son homenajes celestes, en la magna tradición mediterránea y novecentista. Los retratos últimos dan miedo: son espejos de algo más grave que una «crisis profunda» de la pareja.

«Olga Picasso» reconstruye los orígenes íntimos de una relación finalmente infeliz. La pareja no se separó definitivamente hasta 1935: seis años de tormento para Olga. Y continuaron «casados» hasta la muerte de la esposa, en 1955. Picasso visitó regularmente a Olga y su hijo Pablo, inmortalizado con algunos de los retratos más bellos del legado picassiano. Ese arco iris de relaciones íntimas y metamorfosis del arte del creador componen un fresco inmenso y muy bello.

Picasso tuvo mucho otros rostros. Pero esa relación quizá tenga una importancia particular. A través de una relación íntima, es posible seguir la pista del Picasso olímpico y celeste de unos años de transición al Picasso saturnal y «caníbal», «devorando» escuelas artísticas y seres humanos con una voracidad única.

Olga, amante, esposa, madre, modelo, fue inmortalizada con la patina de un ser purísimo, antes de convertirse en una máscara vacía, figura desnuda con impúdica crueldad, expuesta sin piedad a la luz de las «vanguardias artísticas», devorándose las unas a las otras. Marcel Proust dixit.