Dos personas admiran «La Primavera», de Arcimboldo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
Dos personas admiran «La Primavera», de Arcimboldo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao - EFE

Arcimboldo, entre el capricho y la ciencia

El Museo de Bellas Artes de Bilbao dedica una exposición, «pequeña pero matona», al genial pintor milanés

BilbaoActualizado:
«Autorretrato» de Arcimboldo
«Autorretrato» de Arcimboldo - GALERÍA NACIONAL DE PRAGA

Giuseppe Arcimboldo (Milán, 1526-1593) es uno de los pintores más enigmáticos y fascinantes de la Historia del Arte. Sus celebérrimas teste composte (cabezas compuestas), formadas por plantas, flores, frutas y animales, son un derroche de desbordante ingenio. Su originalísima iconografía ha dado pie a numerosas especulaciones sobre el significado que encierra. Gozó en vida del favor de la Casa de Habsburgo. Contó entre sus comitentes con algunos de sus miembros, pero su pintura excéntrica y extravagante cayó en el olvido. Hasta que en 1936 Alfred H. Barr Jr. lo rescató como precursor de dadaístas y surrealistas en una exposición del MoMA. Dalí dijo de él que era «el padre del surrealismo».

Desde entonces, su fama no ha dejado de crecer: las últimas grandes exposiciones tuvieron lugar en Venecia (1987) y Viena y París (2007-2008). El Kunsthistorisches Museum y el Louvre atesoran algunas de sus joyas. Pero hoy vemos a Arcimboldo con una mirada ajustada a la realidad: más que caprichos o invenciones, sus obras desvelan un carácter científico: grandes conocimientos de botánica, zoología, anatomía... En ello se acerca a Leonardo da Vinci, que creó cabezas grotescas y se aproximó científicamente a la naturaleza.

«Flora», de Arcimboldo
«Flora», de Arcimboldo - COLECCIÓN PARTICULAR

El Museo de Bellas Artes de Bilbao dedica al pintor italiano una «exposición pequeña pero matona», en palabras de su director, Miguel Zugaza, patrocinada por la Banca March. Gira en torno a las tres obras originales del artista que hay en colecciones españolas:una, de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; dos, en colección privada. «La Primavera» forma parte de una serie que hizo en 1563 sobre «Las cuatro estaciones», concebida para contemplarse junto con otra, «Los cuatro elementos» (1566). Las presentó en 1569 al emperador Maximiliano II para celebrar el poder de los Habsburgo. Éstos encargaron réplicas al pintor para repartir entre familiares y aliados. Así, Rodolfo II regaló a Felipe II dos series completas, que colgaban en el Alcázar junto con las «Furias» de Tiziano. Se cree que la única pintura conservada sería la de la Academia de Bellas Artes. En ella se han identificado hasta 80 especies distintas de flores y plantas. Un derroche.

Laureado con honores

«Flora meretrix», de Arcimboldo
«Flora meretrix», de Arcimboldo - COLECCIÓN PARTICULAR

Las otras son dos obras tardías, «Flora» (formaba pareja con un retrato de Rodolfo II como Vertumno, conservado en Suecia) y «Flora meretrix» (hizo este hermoso retrato de la legendaria prostituta romana, en el que hay hasta 15 animales camuflados en su cuerpo: mariposas, saltamontes, un caracol, una lagartija...). Las pintó en su regreso definitivo a Milán, ya laureado con honores (Rodolfo II le otorgó una pensión vitalicia y le nombró conde palatino). Formaron parte de la Colección de Cristina de Suecia. En 1965 fueron subastadas en Londres. Su actual propietario (una conocida familia española) las adquirió años después en Nueva York. Sólo se habían expuesto una vez: en la Fundación Juan March.

La muestra, cuyo proyecto ha dirigido José Luis Merino, incluye dos copias contemporáneas de «El Otoño» y «El Invierno», de la colección de la duquesa de Cardona, y retratos de los comitentes, pintados por Antonio Moro o Sánchez Coello y cedidos por el Prado y la Colección de la Reina de Inglaterra. Y una curiosidad: una mesa táctil que permite ver con todo lujo de detalles (y los hay a montones) las obras de Arcimboldo, expuestas o no en Bilbao. Hijo y sobrino de pintores, fue un artista multidisciplinar: diseñó cartones para vidrieras y tapices, pintó frescos, diseñó espectáculos, torneos, representaciones teatrales... Según Miguel Falomir, director del Prado, «no fue un gran genio del Renacimiento como Miguel Ángel, Leonardo o Tiziano. Su gran virtud fue encontar su propio camino». Un estilo personal e intransferible que seduce, como pocos, al público actual.