«Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja», de Federico de Madrazo
«Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja», de Federico de Madrazo - ABC

Alicia Koplowitz compró el Madrazo por más de 300.000 euros para regalárselo al Museo del Prado

La empresaria dona el retrato de «Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja» a la primera pinacoteca de España

MadridActualizado:

Alicia Koplowitz ha donado un importante cuadro de Federico de Madrazo al Museo del Prado. Se trata de «Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja», obra fechada en 1852. Es una pieza largamente ansiada por nuestra primera pinacoteca. Expuesta en la gran retrospectiva de Madrazo de 1994, figuraba desde entonces en los primeros puestos de «la lista de deseos» del museo. El cuadro, que ha superado los 300.000 euros según fuentes cercanas al caso, perteneció a los duques de Valencia.

Hace nueve meses que el cuadro estaba en el mercado. La Junta de Valoración del Ministerio de Cultura lo declaró inexportable. Numerosos coleccionistas mostraron interés por la adquisición. El Museo del Prado también quiso conocer las condiciones y trató de lograr un mejor precio. Alicia Koplowitz, patrona del Prado y gran coleccionista, supo del interés que la pinacoteca había mostrado y ha decidido comprarlo al precio que se solicitaba para donarlo al museo. Esta donación tiene una desgravación por ley del 10%, un porcentaje muy bajo en comparación con otros países europeos.

Bicentenario

En conversación telefónica con ABC, el director del Prado, Miguel Falomir, mostró su enorme satisfacción: «Debemos congratularnos. El 19 de noviembre empezaremos la conmemoración del bicentenario y me consta que el ánimo con el que Alicia Koplowitz ha hecho esta donación es el de hacer un regalo al museo por su bicentenario y para que sirva de acicate a otras personas: no hay mejor forma de contribuir al bicentenario que la ayuda para incrementar las colecciones del museo». Cuando supo del interés del Prado, la empresaria le llamó: «Me comentó que a la vista de ese interés había decidido comprarla para regalárnosla», añade Falomir. En un país en el que la cultura del mecenazgo todavía no arraiga, gestos como este ponen en valor, en su opinión, «la generosidad del mecenas».

El director de la pinacoteca valora especialmente la adquisición de este cuadro tan importante e imponente, de 2,2 metros de alto y 1,3 de ancho, un retrato de cuerpo completo a tamaño real pintado en una década de la que el Prado necesitaba una mejor presencia. «Es un cuadro que nos viene muy bien. Nos cubre un hueco, nos cubre una tipología y nos cubre una década dentro de la producción de retratos de Madrazo», añade Falomir.

Mecenazgo y tradición

La «lista de los deseos» está formada por un pequeño grupo de obras que al museo le gustaría incluir en la colección algún día. «Y confiamos en que algún día sea posible. En este caso, felizmente se ha hecho realidad». El Prado ha tenido desde su inauguración «cierto flujo de donaciones. Pero hubo un momento en que se cortaron durante 20 años», relata Falomir.

Esas décadas coincidieron con algunas polémicas asociadas con la gestión del Legado Villaescusa, la millonaria herencia recibida en 1991 de un rico donante, que incluía propiedades que debían emplearse para la compra de un cuadro importante. Tras algunas compras tentativas, finalmente sirvió para adquirir la bella «Condesa de Chinchón», de Goya. El Prado reconoce que ha sido en el pasado algo cicatero a la hora de reconocer a sus donantes y ahora se afana en mejorar.

«Para nosotros fue un punto de inflexión la donación de Várez Fisa (2013, al que se le dedicó una sala en el Prado). A partir de ahí se le dio la dimensión que debía darse a esta actividad de mecenazgo», cuenta Falomir. Y volvió el continuo goteo de donaciones –«aunque no podemos decir cada mes, raro es el trimestre en el que no hay algo», recuerda el director del Prado-.

¿Y quién es el donante? No solo grandes fortunas, porque hay donaciones mucho más modestas que están llegando de manera constante. «Hay personas como Alicia, que generosamente adquieren la pieza para el Prado; otros han estado coleccionando toda la vida y quieren compartir las obras con el público, caso de Óscar Alzaga el año pasado; y también personas como la maestra Carmen Sánchez, a la que no conocíamos, que nombró al museo heredero universal de sus bienes, una herencia que ha terminado sumando casi un millón de euros», relata Falomir.

La falta de cultura de mecenazgo en España estaba también en los museos. Falomir recuerda una anécdota de cuando empezó en el Prado «hace 21 años, siendo director Fernando Checa. Él me comentó un día que había estado con la tataranieta del barón de Erlanger, el hombre que donó las Pinturas Negras de Goya. Y pasó bastante vergüenza, porque la mujer le pedía que al menos hubiera una línea que recordara a su antecesor por la donación, que no se contaba en ningún lugar del museo. Y, claro, a partir de ahí se volvieron a reescribir las cartelas del Prado y en todas ellas figura quién ha sido el donante».

Falomir pide más sensibilidad hacia las necesidades de las instituciones culturales. «Somos algo muy distinto, que tiene una realidad legislativa distinta que hay que tener en cuenta».

Con la donación de Fernández Durán vino al Prado el Coloso (¿de Goya?). Falomir leyó la Tercera de Jesusa Vega en ABC, en la que pedía que se revise la situación del cuadro descatalogado: «De momento no vamos a tomar ninguna decisión al respecto. Está como está, y yo creo que habrá un momento para hacerlo».

—Habrá un momento entonces.

—Sí, lo habrá.