Cultura - Arte

Definiendo la belleza: el Museo Británico se hace un homenaje con el desnudo griego

Muestra por vez primera en otra sala los mármoles del Partenón, que conviven con piezas de otros museos

El «Discóbolo» de Mirón, una de las piezas del museo
El «Discóbolo» de Mirón, una de las piezas del museo - efe

A veces basta con mover una obra de arte a un espacio diferente para que nuestros ojos la contemplen con una mirada fresca. Ese es el experimento que ha acometido el Museo Británico. Tampoco es que necesite innovar demasiado, pues es uno de los más concurridos del mundo, con 6,5 millones de visitantes anuales. Sus enormes salas pulidas ven pasar cada día a riadas de turistas cercando la piedra Rosetta con sus móviles, a escolares regañados por toquetear las estatuas egipcias, a olas de japoneses vagando entre las metopas hurtadas al Partenón... Pero aun así, siguen estrujándose las meninges para interesar al público.

Por primera vez han sacado seis mármoles del Partenón de la imponente ala donde se exhiben desde el siglo XIX para mostrarlos en otro ámbito. La coartada es una muestra que se llama «Definiendo la belleza. El cuerpo en el arte de la antigua Grecia». A lo largo de siete estancias, de diseño más contemporáneo que el resto del museo neoclásico, los tesoros del British charlan con otras obras familiares que les han prestado instituciones como el Metropolitano de Nueva York, el Glyptohek de Copenhague o el Pergamon de Berlín. La muestra se abrió ayer y continuará hasta el 7 de julio. Entrar cuesta 16 libras (21 euros).

El British se hace en realidad un autohomenaje, con los griegos y la belleza como coartadas. Una doble exhibición de músculo -el del museo y el de los atletas-, para felicidad del público y mortificación de los helenos actuales, que desde hace décadas pleitean para que los británicos les devuelvan lo que en puridad les robaron (claro que podemos preguntarnos donde estarían esas maravillas de haberse quedado en Atenas, pues el Partenón fue iglesia bizantina, mezquita, polvorín y hasta ardió en una guerra entre turcos y venecianos). La mitad de las esculturas y relieves que engalanaban el templo ateniense, construido entre el 447-432 a.C., se exponen desde 1816 en Londres, a donde se las llevó Lord Elgin, el embajador inglés ante el Imperio Otomano. Un agravio para los griegos actuales, que en una nueva intentona han puesto al frente de la causa a una abogada glamurosa, Amal Alamuddin, la mujer de George Clooney. La exposición no deja de ser una manera entre sutil y fanfarrona de remachar que Fidias no se va a mover de Londres. En lógica respuesta, Grecia no ha prestado obra alguna al British.

Antes de Tsipras y Varoufakis

Antes de que existiesen Tsipras y Varoufakis, el poeta Shelley ya decía que «todos somos griegos», en elogio a los padres de nuestra civilización, arte y democracia. Neil MacGregor, el director del Museo Británico, lo ratifica: «Esta exposición es una celebración de la belleza y los ideales del arte de la antigua Grecia. Algunos de los trabajos más hermosos del mundo se muestran juntos por primera vez, con una narrativa que explora los logros de los griegos como artistas y filósofos, su indagación sobre el ser humano».

Cuando entras, lo primero que divisas es el trasero redondo y blanco de Afrodita, que ya buscándola de frente se oculta recatada en su baño. Es, como casi todo lo que se muestra, una copia romana del siglo II de una estatua griega perdida, pues muy poco ha llegado ileso a nuestros días. Sin embargo, la mujer no es la médula de esta muestra. Los antiguos helenos la vetaban en la vida pública y solo la representaban desnuda cuando el asunto iba de diosas.

La carne de esta historia es el cuerpo del varón, el templo del guerrero, que se muestra desnudo y con ideal de perfección. En su vida cotidiana los griegos convivían vestidos, pero sus atletas competían sin ropa. «La desnudez era el traje de la justicia», sentencia Ian Jenkins, el comisario. Y así están las tres figuras del fondo de la sala, donde se ha juntado al trío de genios de la escultura clásica: una copia romana del discóbolo perdido de Mirón; una recreación alemana de los años veinte del Doríforo de Policleto, que muestra la anatomía en plenitud de un joven; y el dios del río de Fidias, traído de las vecinas salas del Partenón.

Tras un arranque tan insuperable todavía aguardan sorpresas, en una historia que se va contando por áreas temáticas, la guerra, los seres mitológicos, el amor erótico, la niñez, el rostro humano… Los griegos fueron también los primeros que retrataron a los niños con sus rasgos y no como mini adultos. Aprendemos que Fidias y Mirón se quedarían decepcionados viendo que admiramos versiones lavadas de sus trabajos, que en origen eran en bronce o policromados. Nos sorprendemos al constatar que la influencia de la escultura griega alcanzó Pakistán y Afganistán tras las campañas de Alejandro, con Budas helenizados. Y sobre todo, nos quedamos boquiabiertos al ver al chicho nuevo: una auténtica escultura griega original en bronce, de las pocas que existen en el planeta, pescada de las aguas en Losinj (Croacia), en 1999. Es un atleta que se seca el sudor. Un milagro que ha buceado intacto 2.500 años.

Como cierre, una figura de Fidiasen reposo mira al torso Belvedere de los Museos Vaticanos. Miguel Ángel lo consideraba en su tiempo la pieza mayor de la escultura clásica. Se cree que inspiró el Adán de la capilla Sixtina y su boceto en tinta roja del mismo que se expone no deja dudas.

En resumen, de cuando en vez cambiar los muebles de sitio funciona.

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