«La muchacha de los pies descalzos», de Picasso. La Coruña, 1895. Museo Picasso de París - RMN-Grand Palais/franckRaux/Vegap

La Coruña reivindica al joven Picasso con una exposición de sus primeras obras

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Todas las ciudades en las que vivió reivindican su «cuota Picasso». Málaga, donde nació; Barcelona, donde pasó su juventud; París, Antibes, Vallauris, Mougins... donde se gestó el mito. Muchas de ellas han erigido museos con su nombre, adonde peregrinan legiones de seguidores. Pero su biografía nos recuerda que en octubre de 1891, a punto de cumplir los 10 años, Pablo Ruiz llegó a La Coruña acompañado de sus padres, José y María, y sus hermanas, Lola y Conchita. Su padre, profesor, se trasladó con toda la familia a Galicia para dar clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes. Apenas estuvieron cuatro años, hasta abril de 1895, cuando pusieron rumbo a Barcelona. Tiempo suficiente para que, antes de cumplir los 14, Pablo Ruiz ya diera buena cuenta del genio en el que estaba a punto de convertirse: Picasso.

El viernes se conmemoran los 120 años de su primera exposición. Tenía 13 años y un par de obras -unos estudios de cabezas- lucieron en el escaparate de una tienda de muebles en el número 20 de la calle Real de La Coruña. Dos semanas después, «Hombre con gorra» se exhibiría en otra tienda, esta vez de paraguas, de la misma calle, pero en el número 54. La prensa de la época se hizo eco en la que sería su primera crítica, muy favorable, por cierto. Escribía el crítico de «La Voz de Galicia»: «No dudamos en aventurar que, si sigue pintando así, irá por buen camino. No cabe duda de que tiene un futuro brillante y glorioso por delante». No se equivocó.

La Coruña ha visto en esta efeméride la oportunidad para reivindicar también su «cuota Picasso» y ha organizado en el Museo de Bellas Artes una exposición, «El primer Picasso», que rescata su poco conocida producción coruñesa y que inaugurarán mañana los Reyes Don Felipe y Doña Letizia. Estará abierta al público desde el viernes hasta el 24 de mayo. De los dos centenares de obras expuestas, 81 son de Picasso. Hay préstamos de los herederos del artista y de todos los museos Picasso, además de otras colecciones públicas y privadas.

Es martes de Carnaval, día de fiesta en la ciudad, y el museo está cerrado al público. Se trabaja a todo ritmo en la puesta a punto de la muestra. La comisaria de la exposición, Malén Gual, conservadora del Museo Picasso de Barcelona, se toma un respiro en pleno montaje para hablar con ABC. «Llegó a La Coruña siendo un niño que aprendía a dibujar y se fue siendo un artista». Nos cuenta que en su etapa de formación en La Coruña -compaginó el instituto con la Escuela de Bellas Artes, teniendo como profesores a artistas como Isidoro Brocos, Román Navarro, Antonio Amorós y José Ruiz, su propio padre- el adolescente Picasso hizo casi 300 obras, entre ellas sus primeros grandes trabajos. Aún firmaba «P. Ruiz». «A los 12 años ya sabía dibujar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño», confesaba el genio.

Su primer mecenas

Ramón Pérez Costales, médico y político -llegó a ser ministro de Obras Públicas- fue su primer mecenas. Lo retrató en 1895 con su enorme bigote y su porte distinguido. Pero este retrato, propiedad de uno de los herederos de Picasso, no está en la muestra. También retrató a Modesto Castillo, hijo del mecenas, disfrazado de moro. La obra fue subastada en 2012 por 2,6 millones de euros, el precio más alto alcanzado en la historia por una pintura hecha por un niño.

La familia Picasso se alojó durante su estancia en La Coruña en un apartamento alquilado en la segunda planta del número 14 de la calle Payo Gómez, hoy Casa Picasso. No atesora obra original, solo reproducciones. Forma parte de una «Ruta Picasso», en la que se incluyen otros lugares picassianos: el instituto Eusebio da Garda, donde estudió; la plaza de Pontevedra, donde jugaba a las corridas de toros con sus amigos Antonio Pardo, Ángel Sardina y Jesús Salgado; la calle Real, donde expuso por primera vez sus obras; el teatro Principal (hoy Rosalía de Castro), adonde acudía a ver obras de Calderón y Echegaray; la Torre de Hércules, que llamaba «la torre de caramelo»; las playas de Riazor y Orzán, que tanto frecuentó y donde vio su primer desnudo femenino. Con los años vería, y pintaría, muchísimos más. Le entusiasmaba el mar, pero no sabía nadar. «Yo nado muy bien hasta las rodillas», decía.

En las calles de La Coruña cazaba con sus amigos gatos callejeros con una escopeta, acudía con su hermana Lola a clases de baile en el Círculo de Artesanos... Allí conoció a su primer amor, Ángeles Méndez Gil; y allí perdió a otro de sus grandes amores, su hermana Conchita, que murió de difteria en 1895. Prometió que si moría no volvería a pintar. Afortunadamente para la Historia del Arte, no cumplió su promesa.

Sobresalientes en dibujo

La exposición nos cuenta cómo era La Coruña en la que vivió Picasso y qué artistas había en la ciudad en esos años. Por primera vez sus dibujos académicos se miden con los vaciados en yeso que copió, hoy restaurados: torsos, faunos, el Discóbolo, un bajorrelieve... Vemos su expediente académico. ¿Sus notas en dibujo? Sobresaliente, claro. En esos años el joven Picasso hizo unos periódicos manuscritos, basados en publicaciones como «Blanco y negro», que ilustra con caricaturas, viñetas cómicas y crónicas de su vida diaria. De los cuatro que se conservan se exhiben dos, del Museo Picasso de París. No están, en cambio, los originales de sus dos cuadernos de dibujo de La Coruña. Sí reproducciones de los dibujos en tres cajas de luz.

Aunque Picasso no se consideraba un paisajista, pintó al aire libre paisajes coruñeses (el monte Santa Margarita, la Torre de Hércules, las playas de la ciudad) en pequeñas tablillas. Cuelgan en la exposición buenos ejemplos. «Picasso es más osado, más libre en estos paisajes que en sus retratos. En el de la playa de Orzán está ya todo Picasso: el enfoque, la pincelada, la insinuación...», explica la comisaria. También se advierten en estas obras juveniles muchos de sus temas de madurez: el fauno, el mosquetero, los toros, las palomas... Junto a uno de los cuadros más importantes de su padre, «El palomar», vemos dibujos de palomas del pequeño Pablo. El aprendiz supera al maestro. También, un precioso retrato de su perro Clipper que pinta sobre un san Antonio de Padua en una tablilla. El recorrido hace un paréntesis para evocar la amistad del artista con algunos personajes gallegos, como Camilo José Cela, Antonio Olano y Juan Pardo. Picasso ilustró algunos de sus libros y discos.

El plato fuerte son los retratos, que cierran la exposición. En esos años Picasso toma como modelo a su familia (espléndido, el retrato de perfil de su padre), pero también a tipos costumbristas: viejos, mendigos, vagabundos, campesinos... Se ha descubierto que son los modelos que su padre contrataba para la clase de Dibujo de Figura. Cuelgan en la muestra espléndidos retratos, algunos inéditos, de colecciones privadas.

Tras su marcha en 1895, Picasso nunca regresaría a La Coruña. Cuenta John Richardson que siempre recordó a esta ciudad y que, en su vejez, «reprochó a los gallegos haberse olvidado de todo lo relacionado con los años de formación que pasó entre ellos». Hoy estaría feliz al ver que no fue así.

Obras que «huelen a La Coruña»