Luis Gordillo, en el Alcázar de Sevilla junto a una de sus «cabezas»
Luis Gordillo, en el Alcázar de Sevilla junto a una de sus «cabezas» - JUAN FLORES

Luis Gordillo: «Hoy resulta prácticamente imposible vivir del arte en España»

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Luis Gordillo (Sevilla, 1934), es uno de los grandes artistas españoles contemporáneos. Hijo de un médico, con siete hermanos, es licenciado en Derecho, carrera que nunca ejerció. Para ganarse la vida fue profesor de francés de bachillerato durante varios años. En sus duros inicios como artista reconoce que «muchas de mis obras nadie se las tragaba, aunque muchos años después se vendieron a muy bien precio y todo el mundo las veía muy buenas y graciosas». En quince años con el galerista Fernando Vijande, «no vendí un solo cuadro, aunque él me pagaba 15.000 pesetas al mes, que me permitieron seguir pintando». Seguidor del informalismo, al que reconoce que llegó tarde (Tàpies y Millares se le adelantaron), logró ser pionero del «pop art» en España. Premio Nacional de las Artes Plásticas y premio Velázquez, expone en el Real Alcázar de Sevilla «Cabezas», en la que resume en sesenta piezas su trayectora artística en torno a este fundamental motivo pictórico de su obra.

¿Estas cabezas cómo surgieron en su cabeza?

–Las cabezas surgieron con la aparición en mí de la influencia pop. Hice un viaje a Londres en 1963 y cuando volví me puse a pintar. Lo que hice ya era pintura pop. Al principio muy pictórico, pero luego fue haciéndose más plano, con un color más cercano al color de la publicidad. Esas cabezas que pinté fueron el principio del pop en España. Arroyo y yo fuimos los primeros.

¿Coincide esa obsesión por pintar cabezas con su interés por el psicoanálisis?

–Me di cuenta tarde, pero sí. Las cabezas aparecieron al mismo tiempo que fui a hacerme psicoanálisis a Madrid, porque en Sevilla no había nadie que me lo pudiera hacer.

¿Qué le pasaba?

–Tenía depresión. El elemento básico de la depresión es la angustia.

¿Y le curó?

–De la depresión no me curó (sonríe), pero la primera doctora que me hizo el psicoanálisis durante ocho años, a razón de tres sesiones mensuales, me ayudó en cosas concretas, funcionales.

¿Por ejemplo?

–Creerme el trabajo que hacía, poder trabajar con cierta continuidad, que quiere decir que uno va a la galería y presenta su trabajo. Todo eso fue muy importante para mí. También con su ayuda pude arreglar ciertos problemas eróticos, pero creo que el psicoanálisis sobre todo me ayudó a decidirme a ser pintor.

¿Y pintar le ayudó a curarse de su depresión y su tristeza?

–El tema de si la pintura es terapéutica o no para mí lo he debatido conmigo mismo durante muchos años. Es corriente hablar de influencias terapéuticas en el artista, pero no todo el mundo habla de esos problemas ni es el tema principal del arte. Pero en mi caso, sí. Ha tenido mucha influencia.

Algunos escritores importantes han reconocido que escribir les curó de muchas penas e inseguridades.

–Sí, es cierto. El otro día leí que un escritor extranjero decía que escribir le había evitado tirarse por la ventana.

¿Usted tuvo alguna vez ese deseo?

–He tenido épocas en mi vida en que todos los días pensaba en suicidarme. Nunca lo intenté, pero estaba en mi cabeza. Seguramente nunca lo habría hecho, pero mi angustia era tal que lo pensaba.

¿Y pudo alejar con la pintura esa idea de su cabeza?

–La pintura me ha servido para estructurar mi vida, el tiempo, y para contraponerme a la angustia y la ansiedad. Cualquier sistema de trabajo te da una base de estabilidad y en ese sentido la pintura es terapéutica.

¿Cuando empezó a pintar cabezas, tenía claro ya que sería pintor?

–Es cuando empiezo a creer en la pintura que hago y a trabajar ya con una cierta constancia en esto, porque antes un mes era abogado, otro mes era pintor y otro mes otra cosa. Era una anarquía completa y yo no conseguía creerme que podía ser pintor.

¿Estuvo mucho tiempo en ese plan?

–Sí, me duró varios años hasta que empecé a pintar en serio. En 1964 hice mi primera exposición en Madrid. Antes, poco a poco fui pintando. Un día un caprichito, otro día otra cosa y se te va abriendo el apetito.

En esa década de los 60 en la que usted empieza a pintar más en serio, cantantes y grupos de música muy conocidos consumían drogas que, según ellos, fomentaban su creatividad. ¿Pasó eso también con los pintores?

–El pop en pintura es un movimiento intelectual, mientras que el movimiento pop en la música es otra cosa. El nivel mental de los músicos pop no tiene nada que ver con los de los pintores pop. Es intelectualmente muy distinto. Y yo, desde luego, nunca he tomado drogas para fomentar mi creatividad. Siempre he tenido la teoría de que uno debe elaborar sus propias drogas.

¿La pintura puede convertirse en una especie de droga?

–La pintura se puede pensar como una cierta droga, porque con ella uno llega a veces a ciertos niveles mentales que pueden ser envidiables, aunque en otros niveles puedan ser malísimos. Hay momentos en el arte en que la persona se eleva mucho. Un nivel parecido al de la oración católica. Una especie de misticismo que refleja un cierto paralelismo entre el arte y la religión.

¿A qué se refiere?

–A lo de elevar el alma y la unión con Dios o lo absoluto. Eso se da en arte.

¿Cómo es su proceso creativo desde que empieza a pensar una obra?

–Yo tengo dos estudios que están llenos de cosas que se están haciendo, con mucha actividad fotográfica y ordenador. Es como un hospital con parturientas que esperan a que nazca el niño.

¿Y usted es el médico?

–Sí, algo así. Asisto a las parturientas porque son cosas que ocurren en las paredes. Trabajo siempre con muchas cosas a la vez. Decía Miró que es como cuidar el jardín, pero yo soy muy obsesivo y perfeccionista. Yo a un cuadro le pido, sobre todo, intensidad.

¿Y se le atascan muchos?

–En el proceso siempre hay cosas difíciles; parece que un cuadro no va a salir, pero normalmente mis cuadros salen, no fracasan, lo cual no quiere decir que todos sean buenos. A veces termino un cuadro y digo que nunca va a acabar en la Tate de Londres, pero el pobrecito ha llegado hasta aquí.

¿Pintar un cuadro puede convertirse en algo aburrido?

–Sí, muy aburrido. Como todo en la vida. Hay trabajo en frío, que es muy necesario, para domar la voluntad. Si no vas al estudio, no sale. Hay que ir, todos los días, por si acaso.

La inspiración te tiene que coger trabajando....

–Sí, ya lo dijo Picasso. Soy escéptico con la inspiración y con eso que llaman las musas. Me siento más como un científico.

Carmen Laffón admite que tuvo que hacer retratos para poder comer y pintar otras cosas. ¿Le pasó a usted?

–Lo hice una temporada con copias de Van Gogh y Monet que vendía un amigo en una zapatería de Sevilla a 500 pesetas. No las firmaba. Ahora algunos de los que las compraron quieren que las firme para darle más valor.

¿Es muy difícil vivir del arte contemporáneo hoy en España?

–Ahora mismo es prácticamente imposible. La crisis ha acabado con fundaciones, cajas y bancos, y ahora no compra nadie. Es una ruina que ha provocado situaciones trágicas en muchos artistas de generaciones posteriores a la mía. Con el nombre que yo tengo, me es muy difícil vender un cuadro. Los vendo en Alemania y Latinoamérica.

¿Su mujer no le dijo nunca que hiciera cosas más «comerciales»?

–No, nunca. Siempre me decía: «Ya se venderá». Yo siempre he tenido para comer, aunque he vivido y pintado en épocas extremas, por ejemplo en París, pero nunca tuve esa tentación.

¿Nunca se planteó pintar un retrato del Rey como Carmen Laffón?

–Ella los hace muy bien y eso forma parte de su estilo. Yo hago un retrato y después me fusilan (ríe).

Sevilla es una plaza difícil para el arte contemporáneo. ¿Por qué?

–Sevilla es tan bella como Florencia. Eso lo veo como sevillano que no vive aquí y que ve el progreso, pero, en general, la vida provinciana es difícil para el arte contemporáneo, Aunque en los últimos años ha mejorado mucho y se está poniendo al día. Se está creando un  «humus» muy interesante.

La relación entre lo que el artista contemporáneo piensa y lo que hace a menudo no es comprensible para la gente. ¿Es que los artistas no se quieren hacer entender?

–La misión del artista no es hacerse entender. Esa es una misión de la sociedad. El artista tiene que ser totalmente libre y esa obligación que se le echa al artista de más es equivocada. Tanto el marxismo como el nazismo promovieron un arte ligado a la publicidad política. Y pensaban ambos que el artista debía sacrificar su libertad en aras de la difusión de una ideología.

¿Le da igual que entiendan o no sus cuadros?

–Sí. Es así de radical. Es una obligación de la sociedad acercarse al arte, a la cultura, a través de la educación, y también del individuo. El arte debería estudiarse en los colegios, pero las materias artísticas están desapareciendo del bachillerato. En la Escuela de Bellas Artes solo se llegaba hasta Goya. Mire, con el mundo científico pasa lo mismo que con el arte actual: ¿quién entiende lo que dicen? Y si uno va a un partido de fútbol sin saber nada de fútbol, no entiende lo que está pasando allí.

El fútbol parece bastante más entendible que algunos cuadros actuales. Un cuadro, por ejemplo, que consiste solo en una mancha negra, sin más: ¿qué estudio tiene?

–¿Me está poniendo una trampa? (Sonríe) Lo importante no es el trabajo. Picasso podía hacer 4 cuadros en un día. Lo que tiene que hacer el artista es ser claro en su idioma. Yo en eso hago un esfuerzo total.

Antonio López dice que hay mucha «morralla» en el arte actual, ¿está de acuerdo?

–Sí, pero también la hay en el arte realista. Y en el fútbol, aunque la morralla es necesaria porque es el caldo de cultivo para que salga gente buena. Si la morralla lo que pretende es engañar, ser una cosa distinta de lo que es, entonces no. Antes era más difícil porque te obligaban a pintar y a dibujar y se veía si sabías o no. Ahora la carga conceptual del arte es tan tan elevada que a veces no hay signos estéticos reconocibles, ni objetos a los que agarrarse. Y entonces es más difícil la crítica y el control. Reconozco que hay cosas del arte actual a las que yo no llego.

Pues si usted no llega...

–No, hombre, yo soy de una generación y no conozco todas las claves de las nuevas generaciones artísticas.