Una de las ilustraciones de «Madama Butterfly», de Lacombe - BENJAMIN LACOMBE

«Madama Butterfly», según Benjamin Lacombe

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Si tocamos las alas de una mariposa, ya no podrá volar. Pero Pinkerton quiso que aquella mariposa fuese suya aun a costa de quebrarle las alas. Es la trágica historia de amor y sacrificio más hermosa jamás contada. La narró Pierre Loti en un libro, «Madama Crisantemo», y Puccini la hizo inmortal en una de las óperas más célebres y conmovedoras de la historia: «Madama Butterfly».

El ilustrador francés Benjamin Lacombe (París, 1982) es un fenómeno de masas que arrastra a legiones de fans a sus conferencias y presentaciones (hoy estará firmando libros en Barcelona, mañana en Sevilla y el viernes en Madrid). Se ha atrevido a recrear la historia en un bellísimo álbum ilustrado, publicado por Edelvives (diez metros desplegables de magia y talento se convierten en un exquisito biombo japonés) y una preciosa exposición en el Museo ABC, que permanecerá abierta desde este viernes hasta el 1 de marzo. El jueves, a las 19 horas, mantendrá allí un encuentro con sus admiradores.

«Mi madre me llevaba a la ópera desde que tenía 7 años, pero hasta que, a los 10, vi por primera vez “Madama Butterfly”, no entendí una ópera. Sentí emociones muy fuertes». Era un proyecto que Benjamin Lacombe tenía en mente desde hace tiempo, pero nunca se atrevía a realizar: «Primero hice una historia parecida: “Los amantes mariposa”, de la que no había versiones escritas. Era un cuento oral. Me apropié de esta historia y la reescribí. Para atreverme con “Madama Butterfly” tuve que madurar como autor y como artista».

Amor y remordimientos

En esta joya ilustrada de muchos quilates Lacombe da la palabra a Pinkerton, el oficial norteamericano atormentado por los remordimientos, que habla en primera persona de los recuerdos que ha vivido y ha sentido por una joven japonesa. Es la narración de un viajero, explica Lacombe, de ahí que solo aparezca una vez dibujado en todo el libro: en la foto de su boda. «Butterfly es una mujer loca de amor. Pero hay una incomunicación entre ellos por la barrera lingüística. Por eso el texto y las imágenes nunca se funden en el libro». Según Lacombe, Pinkerton «esperaba de una mujer algo distinto de lo que ella podía darle. No era capaz de sacrificarse por ella ni de sacrificar lo que él quería. Lo quería todo, incluso su hijo. En cambio, le cuesta asumir que él la ha matado. Es en cierta manera la visión del americano y el capitalismo: lo quiere todo y destruye todo a su paso».

Japón ha sido una fuente constante de inspiración en la Historia del Arte: impresionismo, expresionismo abstracto, Balthus, Tàpies... También lo ha sido para Lacombe. «Me he inspirado en la ópera y en las estampas japonesas, en cómo representan los pequeños detalles, la naturaleza... Incluso está presente en la forma del libro, que recrea la forma de un biombo o de una mariposa. Para el reverso del desplegable utilicé lápiz y acuarela: me inspiré en las porcelanas que hay en todas las casas japonesas. Es la escenografía, la puesta en escena de la historia». ¿No ha querido huir de ese Japón más romántico y tópico de kimonos y geishas? «No. Hay que contar una historia como la sentimos. Yo me he servido del simbolismo, de la metáfora. Cada artista tiene que abordar una historia con sinceridad. No hay una sola solución válida».

La muerte de Cio-Cio San no aparece dibujada en el libro. ¿Por qué? «Al igual que Hitchcock, creo que, si mostramos el acto más terrible directamente, pierde mucho. La imaginación es mucho más fuerte, más poderosa que cualquier imagen que podamos crear. No he dibujado a Butterfly haciéndose el harakiri. Tarantino sí lo habría hecho y habría estado genial. Es otra forma de crear un sentimiento. Pero mi manera de hacerlo es mostrarla maquillándose momentos antes de suicidarse, con esa metáfora del cisne rodeando su cuello: el último canto del cisne, su última metamorfosis. En la siguiente imagen ya aparece muerta en lo alto de un árbol con las mariposas en el suelo. El niño se marcha siguiendo al petirrojo. Me gusta dejar que actúe la imaginación del lector. Confío en mis lectores». Y ellos lo adoran.

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