«Livorno, Toscana, Italia, 1933», de Cartier-Bresson
«Livorno, Toscana, Italia, 1933», de Cartier-Bresson - © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier-Bresson

Cartier-Bresson, el ojo del siglo XX

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Martine Franck retrató en 1992 a Henri Cartier-Bresson mientras este se autorretrataba en un dibujo. En la fotografía vemos no a uno, sino a tres Cartier-Bresson: de espaldas, de frente (su reflejo en el espejo) y en el dibujo que estaba haciendo. Es una de las últimas instantáneas que cuelgan en la antológica que la Fundación Mapfre dedica a uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Un mito muy a su pesar: nunca quiso entrar en la Historia.

Organizada junto con el Pompidou, donde ya se ha visto este año -después de Madrid viajará a Italia y México-, es la primera gran retrospectiva del fotógrafo francés tras su muerte, cuyo décimo aniversario se conmemora el próximo 3 de agosto. Una de las tesis de esta muestra es que no hay solo uno sino muchos Cartier-Bresson: el surrealista, el comunista, el comprometido social, el fotorreportero humanista que creó Magnum... Está el fotógrafo, pero también el pintor, el dibujante, el cineasta...

70 años de carrera

Por extraño que parezca, nunca se habían abordado juntos en una sola exposición. Hasta ahora. Todos ellos están presentes en esta completa y compleja antológica, comisariada por Clément Chéroux, fruto de años de bucear e investigar en sus archivos. Su diagnóstico: que hay coherencia en sus 70 años de carrera, pero también una clara evolución. Ello se aprecia mejor por el hecho de que se exhiben vintages, revelados de época. Es habitual mostrar copias modernas, que acaban unificando el trabajo de un fotógrafo. Cartier-Bresson comenzó haciendo fotos muy pequeñas y con tonos muy grises. Con los años el tamaño de las fotos aumenta, y también el contraste de colores. Chéroux restituye al Cartier-Breton polifacético, con todas su aristas, más allá del mito y del concepto de «instante decisivo» que le acompañó siempre.

La muestra repasa siete décadas de incansable trabajo a través de tres centenares de fotografías y un centenar de documentos. Hay préstamos de la Fundación Cartier-Bresson de París, el Metropolitan y el MoMA de Nueva York, el Art Institute de Chicago... El recorrido arranca con su pasión desde niño: la pintura. Estuvo como alumno en la academia de André Lhote. Pintaba los jueves y los domingos y soñaba con volver a hacerlo el resto de la semana. Cuelgan algunas de sus pinturas juveniles de los años veinte, pero ya en un retrato vemos a un pequeño Cartier-Bresson con su cámara de fotos colgada del cuello. Apuntaba maneras.

Coqueteo surrealista

Incansable viajero, en 1930 pone rumbo a África. Allí fotografía la vida de sus gentes: niños jugando, gente trabajando... Muchas de esas imágenes acabarían pegadas en «First Album», un cuaderno en espiral expuesto en las salas de la Fundación Mapfre. En los 30 viaja a Italia, México, España. Hay testimonios de su paso por Sevilla, Madrid, Barcelona, Granada, Valencia... La composición es su principal interés en esos años. Hasta que se topa con los surrealistas, con Breton a la cabeza. La fotografía de Cartier-Bresson se llena se objetos empaquetados que evocan a Man Ray, cuerpos deformados, desdoblamientos, ojos cerrados, juegos, subversiones... Fotografía vísceras de animales, telas arrugadas... Retrata a Leonor Fini con una media en la cara y se autorretrata... el pie.

Pero ya en los 30, mientras coquetea con el surrealismo, se hace patente su compromiso social -aparecen en sus instantáneas mendigos, indigentes...- y político. Comienza a trabajar para publicaciones comunistas, firma panfletos, asiste a las reuniones de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios... «Ce Soir», dirigido por Louis Aragon, le envía a Londres a fotografiar la coronación de Jorge VI. Pero él lo hace desde su óptica: se dedica a retratar al pueblo que contempla al Monarca. «Observo, observo, observo. Entiendo a través de los ojos», decía.

Nace el mito

1947. Una retrospectiva en el MoMA y la fundación, con Robert Capa, Bill Vandivert, David Seymour «Chim» y George Rodger, de la mítica agencia Magnum, gestan el mito de Cartier-Bresson. Desde ese año hasta 1970 se centra en su faceta de fotorreportero, viajando por todo el mundo y publicando en los medios más prestigiosos. Inmortaliza las exequias de Gandhi, la Rusia sin Stalin, Cuba tras la crisis de los misiles... No faltan en la exposición sus célebres y maravillosos retratos: un Matisse anciano rodeado de sus palomas, Giacometti parapetado en su abrigo mientras jarrea sobre las calles de París; un inquietante Truman Capote...

Para el comisario, sus mayores cualidades eran «la enorme calidad de sus composiciones y la inteligencia para ver la situación de cada país al que viajaba. Rápidamente comprendía lo que ocurría y hallaba fórmulas visuales para plasmarlo en sus fotografías». Sus retratos de masas humanas y de los iconos de poder, su pasión por la danza (se casó con una bailarina balinesa) centran parte del final del recorrido. En los 70, un cansado Cartier-Bresson abandona la fotografía y se dedica al dibujo. Eso sí, conserva su vieja Leica. Unos años antes había viajado a Japón, donde conoció el budismo zen. Su fotografía se serena: imágenes íntimas, contemplativas... Ya no importa ese «instante decisivo». En un autorretrato de 1999 solo se ve su sombra.