«Retrato de Manuel Osorio Manrique de Zúñiga», de Goya
«Retrato de Manuel Osorio Manrique de Zúñiga», de Goya - THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART, NUEVA YORK

Los condes de Altamira y sus hijos: reunión familiar en Nueva York

El Metropolitan Museum exhibe juntos por vez primera los cuatro retratos que les hizo Goya y uno de Esteve

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A finales de la década de 1780, Francisco de Goya y Lucientes se codeaba con la realeza y la aristocracia de la corte de Madrid. Requerido por el infante Luis de Borbón o el conde de Floridablanca, el aragonés se vanagloriaba de su posición en su correspondencia con su amigo Martín Zapater: «Si no es una persona de alto rango o recomendado por un amigo, no hago nada para nadie».

Joaquín Osorio de Moscoso y Guzmán, conde de Altamira, pertenecía al primer grupo. Uno de los aristócratas más poderosos en las cortes de Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, el conde de Altamira encargó a Goya y otros pintores de la época varios retratos de su familia. Los cuadros adornaron las paredes del palacio familiar en la calle de la Flor Alta -hoy sede del Instituto Europeo de Diseño- de Madrid. Dispersos durante siglos, los cuatro retratos que ejecutó Goya de la familia (el conde, su mujer con una hija, el primogénito y el hijo menor), además de otro hijo pintado por Agustín Esteve, se reúnen hoy por primera vez en el Metropolitan Museum de Nueva York.

En el cuadro del conde de Altamira, Goya se enfrentó a un reto complicado: cómo retratar al Grande de España más pequeño. Joaquín Osorio acumulaba títulos nobiliarios (siete ducados, once marquesados y diecisiete condados), responsabilidades (consejero de Estado, caballero del Toisón de Oro, alférez mayor) y riquezas en un cuerpo diminuto. El político inglés Henry Richard Vassall-Fox escribió que era «el hombre más pequeño que he visto en sociedad, menor que los enanos a los que se exhiben por dinero». Goya corrigió la estatura del conde sentándolo en una silla para su retrato. «En las obras se percibe la tensión del pintor, presente en toda su carrera, entre captar la realidad y halagar al retratado», explica Xavier F. Salomon, comisario de la muestra.

El conde de Altamira fue gobernador del Banco de España –entonces Banco de San Carlos-, una institución de la que Goya fue accionista y para la que retrató a otros cinco de sus gobernadores. Es la primera vez que este cuadro se exhibe fuera de los muros de la institución pública.

«El niño rojo»

La exposición también incluye un cuadro de la condesa de Altamira, María Ignacia Álvarez de Toledo, con su hija María Agustina -que anticipa las relaciones familiares presentes en otros cuadros posteriores, como «La familia de Carlos IV»- y retratos de dos de sus hijos. El de Vicente, el primogénito, representa «una miniatura de su padre», explica Salomon, con el mismo boato y riqueza que acabaría heredando. En el de su hermano pequeño, Manuel, sin la relevancia familiar del primogénito, Goya tuvo la libertad de pintar lo que era: un niño. En palabras de Salomon, «produjo una de las imágenes más icónicas de la infancia».

Conocido como «El niño rojo», el retrato es uno de los cuadros de la colección del Metropolitan más queridos por el público. Su última propietaria privada, Kitty Bacher Miller, lo donó al museo, con la condición de poder albergarlo en su apartamento neoyorquino por un cierto tiempo cada año, hasta su muerte, en 1979. Cada vez que el cuadro regresaba a su casa, mandaba invitaciones a sus amistades para presentar en sociedad «a Don Manuel Osorio de Zúñiga». Hubo quien preguntó a Margaret Case, directora de «Vogue» durante muchos años, de quién se trataba ese señor español, si trabajaba en Naciones Unidas. «Lo reconocerás en cuanto lo veas –respondió Case-. Siempre va de rojo y acompañado de sus dos gatos, una urraca y una jaula con gorriones».