Martín Chirino: «Mi fragua está siempre ardiente»

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Son solo 15 piezas, pero abarcan casi sesenta años de carrera (de 1956 a 2013). A partir del miércoles, el Círculo de Bellas Artes rinde homenaje con una exposición (coorganizada con Acción Cultural Española, revisa una de las trayectorias más brillantes de la escultura española del siglo XX) y un documental Martín Chirino, el escultor del hierro», de Alejandro Togores) al que fue su presidente durante una década (1982-1992). Estas esculturas son el germen de su nueva aventura: una fundación en Las Palmas de Gran Canaria en 2014.

-¿Qué supone este regreso a casa? Presidió el Círculo de Bellas Artes entre 1982 y 1992, logrando revitalizar esta institución en plena Transición.

-Estoy muy agradecido por este reconocimiento a mi labor en aquellos momentos tan difíciles en los que se recuperó esta casa para la historia del arte y la cultura. Los de la Transición fueron años definitivos y muy hermosos para la historia de nuestro país. Se entendía la cultura como una fiesta, en el buen sentido: la recuperación para España del conocimiento. Fueron años, para mí, muy felices, pero también muy controvertidos. Tuve muchos problemas. El Círculo resurgió como uno de los centros culturales europeos, con conexión con los grandes museos del mundo. Fue un momento extraordinario para el desarrollo de la cultura española.

-La cultura como una fiesta parece haberse acabado...

-Son otros tiempos. La cultura nunca ha tenido el soporte debido. Pero, para mí, aquella experiencia fue muy alentadora. Me hizo un luchador, aprendí a forjar el hierro, a sobrevivir. La excelencia, si no está obsoleta, sí está recluida en algún lugar.

-En los 80 estuvo en esta casa, pero digamos en el otro lado (la gestión cultural). Ahora regresa como un escultor consagrado.

-La sala Goya, donde ahora expongo, siempre me ha gustado. Cuando era estudiante de Bellas Artes, todos recalábamos aquí. Aquí vi exposiciones apasionantes. Era un lugar sagrado y exquisito.

-La mayoría de las obras expuestas irán a parar a su fundación en Canarias en 2014. Hablemos de ella...

-Su sede será el Castillo de la Luz, en Las Palmas, un lugar fantástico, junto al mar, con mucha historia: fue atacado por Drake, por Nelson... Pero estaba abandonado. Los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano lo han remodelado, buscando los fundamentos del edificio. Han hecho un trabajo fantástico. La alcaldesa de Las Palmas pensó en este lugar como sede de mi fundación. Se están discutiendo los estatutos. Hay que atarlo todo bien para que no esté a merced de los vaivenes políticos. Se trata de la fortuna que voy a ceder a mis herederos. Y me preocupa que todo funcione bien.

-¿Qué irá allí?

-Todo mi legado: mi biblioteca, mi archivo... Y quiero que la fundación intervenga en el desarrollo cultural de las islas. Las primeras obras que irán allí son estas que se exponen en el Círculo (salvo algunas piezas cedidas por unos coleccionistas). Pero yo sigo al pie del cañón. Mi fragua está siempre ardiente.

-¿Cómo estará gestionada?

-Lo estamos discutiendo ahora. Se están buscando patrocinios, porque hoy estas empresas no pueden recaer sobre la Administración por la situación económica. Creo que será una financiación mixta. La economía es lo que es. Creo que los artistas tienen que volver otra vez al taller a trabajar. Tampoco soy tan terrorista: no creo que todo vaya tan mal. Pero, como cualquier lobo estepario, tengo derecho a ladrar. Mi trabajo me lo he hecho yo. Siempre he sido un nómada y he vivido al margen, de una manera muy periférica.

-¿Sentía a estas alturas de su vida, a sus 88 años, la necesidad de volver a sus orígenes, a su Canarias natal?

-No es eso. Cuando eres un isleño tienes ese sentimiento terrible: te quieres ir. El mar es tu pasión pero se convierte en tu enemigo. Cuando regresas, el sentimiento y la pasión es otra. A mí Canarias no me debe nada ni yo a ella. Pero soy canario, un isleño, ésa es mi tierra. Lo que hice fue derribar fronteras. Pero no era derribar por romper, ni por rabia o frustración, sino una necesidad.

-Y hablando de necesidades... ¿Por qué siempre el hierro?

-Yo soy un herrero, un artesano. Los hombres del hierro somos Oteiza, Chillida y yo...

-Y Julio González...

-Pero ése fue el maestro. Es a quien hemos mirado todos. Cada cual ha desarrollado una poética propia. Siento que, cuando estoy haciendo una escultura y el hierro está candente, la obra brota de mis manos...

-¿Sigue intacto a sus 88 años ese hambre de belleza que siempre tuvo?

-Soy un escultor antiguo. Siento un gran respeto por la tradición. Yo no trabajo para el dinero, ni para el éxito, trabajo para la historia. Las generaciones anteriores y la mía hablábamos de la belleza. Sigo manteniendo ese criterio. Uno se va perdiendo por los vericuetos de lo hermoso.

-Hace unos días murió Antonio Suárez, que perteneció al grupo El Paso...

-Tengo pocos recuerdos de él. Nos veíamos poco, porque yo viví mucho tiempo en el extranjero. Era un pintor muy interesante, una persona muy íntegra.

-¿Se ha hecho justicia con El Paso?

-Es legendario. Creo que con este grupo España se volvió a enganchar al carro de la Historia.

-¿Se ha planteado parar?

-No pienso parar. Estoy ya en «The End», en el Finisterre. Y todo lo que va sucediendo es más hermoso que nunca, porque sucede. Cuando eres consciente de la edad que tienes, todo lo que haces es presente.

-¿Cuál sería su último autorretrato?

-Un herrero nómada, un trotamundos, marginal y periférico.