Manuela Mena, durante la entrevista
Manuela Mena, durante la entrevista - ERNESTO AGUDO

Manuela Mena: «No me tiembla la mano al retirar la autoría a un Goya, siento alegría porque se hace justicia al artista»

El jueves comienza la cuarta Cátedra del Prado, dedicada esta vez al pintor aragonés y que dirige la jefe del Área de Conservación de Pintura del siglo XVIII y Goya del Prado. Promete dar mucho que hablar. Aquí va un anticipo...

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Tiene tantos seguidores (nos muestra un mail que acaba de llegar de un señor portugués elogiando su trabajo y la valentía del museo con las atribuciones de Goya)como detractores (hay mucho fanático suelto de Goya, un pintor que despierta tantas pasiones que hasta cuenta con páginas web monográficas, en las que Manuela Mena es el blanco preferido de sus dardos). Cuenta que incluso estuvo amenazada de muerte hace unos años. «La policía del museo lo tomó en serio. Sabíamos quién era...». Le llegan tantos mails y cartas sobre el artista que, «desde hace años, no contesto nada de Goya. Hay una persona en el museo que se ocupa de eso».

La pintan como una «mala de Disney» (algo así como la Cruella de Vil del arte). No entiende por qué. Casada con un Sir, el también historiador del arte Norman Rosenthal, lady Mena ingresó en 1980 en el Prado como conservadora de dibujos y estampas. De 1981 a 1996 fue subdirectora de Conservación e Investigación del museo y desde 2001 es jefe del Área de Conservación de Pintura del XVIII y Goya.

A partir del próximo jueves dirigirá la cuarta Cátedra del Prado, «Sobre la vida y el arte de Goya», patrocinada por la Fundación Mutua Madrileña. Conversamos con ella en su despacho del Casón del Buen Retiro. Cuelga en la puerta una reproducción del caballero de Cristo que aparece en la «Crucifixión» de Juan de Flandes, espada en ristre. «No quiero polémicas con esta cátedra», advierte antes de comenzar la conversación. Pero parece imposible que Manuela Mena se muerda la lengua.

Un 10% de las obras atribuidas a Goya no son del artista, dijo usted en la presentación de la cátedra...

–O más... Es imposible que pintara tanto alguien que lo hacía despacio, pensando mucho.

Haciendo amigos...

–(Se ríe) Es muy difícil hablar de porcentajes. Pero, si miras un catálogo del XIX y otro más reciente, la cifra cae brutalmente. El Metropolitan hizo una exposición en la que estudió y quitó de enmedio unas cinco obras que ya nadie pensaba que eran de Goya. Lo mismo han hecho otros museos, donde Goya no es esa furia hispánica que es aquí. Y los han enviado al almacén. Hay museos más cautos a la hora de retirar atribuciones, aunque están convencidos de que sus obras no son de Goya, porque tiran mucho de la gente. En Francia hay museos sin una obra de Goya, pero los alcaldes prohíben a los conservadores que digan nada.

Vamos, que Goya es una vaca sagrada que no se toca en muchos museos. ¿También en el Prado?

–No, es uno de los pocos museos donde se ha hecho. Miguel Zugaza se atrevió.

¿Hay mucho Goya falso colgado en museos?

–Sí, en algunos casos hasta el 50%.

-Denos más pistas. ¿En España o en el extranjero?

–En España, tanto porcentaje no creo. El Louvre hizo el año pasado un simposio para discutir obras en museos franceses. Veíamos determinadas cosas... Hay que rebajar esta tensión absurda: hay que ver a Goya desde un punto de vista histórico-artístico puro y duro. No puede ser ya una figura (y lo sigue siendo) como si estuviera vivo y perteneciera a un bando o a otro. Nuestro trabajo es conservar y clasificar correctamente los bienes del Estado, saber lo que tenemos.

Hablemos de «El Coloso». Imagino que ha leído los informes contrarios al suyo de Nigel Glendinning, Jesusa Vega, Carlos Fodarada...

–Por encima...

¿Y eso? ¿No le interesaban?

–Es que leo muy rápido. No tengo ningún problema con ellos. A Jesusa le tengo mucho respeto y cariño. La conozco desde hace mucho. Soy mayor que ella y eso te hace ver a las personas con cariño. A Fodarada no lo conozco.

Pese a leerlos solo por encima, ¿no dicen nada en sus informes que le haya hecho cambiar de opinión?

–Es que es muy difícil cambiar una vez que has pasado una puerta. Es como perder la fe. Volver para atrás después de haber visto, racionalmente, las cuestiones... es complicado.

¿Ni siquiera tiene una pequeña duda?

-Sobre la autoría sí.

Es cierto que no dijo tajantemente que sea obra de Asensio Juliá.

–No. Habría que encontrar un inventario que está perdido.

Pero que no es de Goya no tiene la menor duda...

–Ninguna. El autor es un pintor que ha visto cosas de Goya y lo está intentando imitar. Pero ahí está la línea que separa lo que es de un artista y lo que es una imitación.

También planea la sombra de la duda sobre «La lechera de Burdeos»... ¿Qué pone hoy en su cartela?

–Pone Goya.

¿Y está de acuerdo?

–No voy a dar opiniones ni a favor ni en contra. Si me pregunta sobre mis cuadros favoritos de Goya, ése no está entre ellos.

O sea, que se halla al menos entre los cuadros de Goya...

–Ya le he contestado.

Tampoco se salvan de la sombra de la duda las pinturas negras. Juan José Junquera hizo un estudio en el que dice que no son de Goya, sino de su hijo Javier... ¿Qué opina al respecto?

–Junquera es amigo mío desde hace muchísimo tiempo. He vuelto a releer su artículo en la revista «Archivo Español de Arte» y es buenísimo en el terreno de la investigación de archivos, sobre la Casa (la Quinta del Sordo)...

¿Es fundada, para usted, la sospecha que planea sobre las pinturas negras?

–Es que lo estamos estudiando ahora. Su estado de conservación es tan malo, con repintes... Vamos a hacer un esfuerzo en entrar a ver si podemos lograr definir entre el original y la copia. En esas pinturas veo la cabeza de Goya (el pensamiento) detrás de muchas cosas; la mano también. Parte del problema que tenemos que deslindar es dónde está él, qué fue arreglado, qué terminado... No sabemos si la casa tenía dos pisos... Hay mucho estudio todavía por hacer.

¿Cabe la posibilidad de que las pinturas negras se caigan del catálogo de Goya? Son casi un dogma de fe...

–Todos son dogmas en arte. Responden a los criterios de cada periodo histórico, que valora las cosas de acuerdo a sus preocupaciones o a sus motivaciones. Las pinturas negras son un icono de determinados movimientos artísticos de principios del siglo XX, del Goya de la modernidad... Dudar de ellas es como meter el dedo en el infierno.

Si se ha montado todo esto con «El Coloso», la que se le viene encima si caen las pintura negras...

–No cambiaría nada para nosotros. Están los Disparates, que son impresionantes; el Álbum de dibujos y los retratos de Burdeos, el Álbum de Bordes Negros... Nada cambia.

¿Se atreve a pronunciarse entonces?

–Vemos aquí dentro la mano de Goya. Pues vamos a buscarla. Pudieron intervenir para arrancarlas, para venderlas... Sacaron a la venta todo lo que había en la casa.

¿Cuántas peticiones de atribuciones de obras de Goya le llegan al museo?

-Una diaria. Habremos visto unas 8.000.

¿Y cuántas eran de Goya?

–Tres o cuatro. Vienen de todo el mundo.

¿Le tiembla la mano al retirar la autoría de un Goya?

–No. Es una sensación de alegría, porque se hace justicia al artista. Pero no es descatalogar... Yo soy solo la cara visible de todo eso, pero aquí dentro todos estamos en la misma línea. No es si tiembla la mano... Es hacer justicia a un artista que está al nivel de los grandes: Leonardo, Miguel Ángel, Rafael, Rembrandt, Poussin...

¿En la cátedra va a a soltar alguna bomba? Más que nada para estar atentos...

–No, no. Bueno, en la última clase, que aún no tengo diseñada del todo, no sé hasta dónde llegaré. No quiero poner en un brete a otros museos...

O sea, que cabe la posibilidad de que estalle la bomba...

–Veré cómo va la cátedra.

¿Se atrevería a cuestionar, a desmontar la autoría de Goya de una obra, pongamos del Louvre?

–Lo estoy pensando. Tengo que tener fuerza institucional para hacer eso. Creo que ha llegado el momento de decir basta. Basta al Goya pendenciero y charlatán. Basta al Goya moderno. Basta al Goya mal pintor... Alguien que hace los dibujos del Álbum de Sanlúcar, los dibujos del Álbum de Madrid, alguien que dibuja de esa forma con el pincel, no puede hacer malas pinturas. Busquemos entre todos dónde está Goya, quién es Goya. La documentación, las obras seguras, tienen que servir de base para lo demás que está en el aire. Es importante que la gente que va a venir a esta cátedra desmitifique esa historiografía absurda que se ha ido creando, por muchos motivos... Hay otra forma más racional, serena, histórico-artística de aproximarse a Goya...

Entre el millar de obras de Goya que tiene el Prado...

–No son tantas...

¿Cuántas estarían en la zona roja de peligro?

–Hay algún retrato que ya no se expone, como el de Cornelio Vandergoten, director de la Real Fábrica de Tapices; o el del arzobispo Joaquín Company, que es una copia... También hay varios retratos de Floridablanca. Se exhibe el original, los otros dos son copias... Y el retrato del Infante don Luis es clarísimamente de Esteve.

Todos ellos ya están descatalogados, ¿no?

–No, el retrato del Infante don Luis sigue poniendo Goya en la cartela. Es, llámalo dejadez... Hace tiempo que «La degollación» y «La hoguera» están fuera, también «La corrida de toros»... No entiendo por qué se puede descatalogar la «Infanta Margarita», atribuida a Velázquez, sin problema y con Goya todo sea tan complicado... Me da mucha envidia.

¿Por qué cuesta tanto a los museos retirar atribuciones?

–No lo entiendo. Estamos aquí para hacer justicia a los artistas, para entenderlos y enseñarlos a los demás.

Despierta tanta pasión Goya que tiene hasta páginas webdedicadas a él. Como laverdadsobregoya... ¿Las sigue?

–No tengo tiempo. Hay muchas, y en ellas salgo como el demonio...

Pero no pasa con otros artistas. ¿Por qué esa pasión por Goya?

–Yo lo atribuyo al mercado y, sobre todo, a un pequeño mercado que lleva a cabo estafas y el timo de la estampita. Convencen a alguien para que compre una obra, le llenan de certificados... La compra y quiere venderla después por mucho más... y no lo consigue.

¿Llegó usted a parar alguna subasta al ver que vendían Goyas falsos?

–Nunca. No podemos intervenir.

¿Se ha echado atrás en alguna atribución de Goya? ¿Ha rectificado?

–Sí, esto es un ir y venir. No siempre está claro. Hay unas series de cuadros pequeños, «Los juegos de niños». Yo pensé que una podía ser de Goya. Di marcha atrás, no recuerdo ahora por qué. También creí durante un tiempo... Bueno, no voy a hablar de ese cuadro...

No se corte...

–Durante muchísimos años vi ingenuamente –ni me interesaba entonces Goya– al «Marianito» colgando en el Prado. Llega un momento en que lo ves...

Se refiere al que es propiedad del duque de Alburquerque, ¿no? ¿No le parece de Goya?

–A mí no me lo parece.

No lo compró el Prado, donde estuvo muchos años colgado y tampoco la Academia de Bellas Artes, que se interesó por él...

–No lo sabía. Hay un retrato de Marianito fantástico, que estuvo en la muestra «Goya en tiempos de guerra». Es una obra maestra. Es la perfección del retrato infantil. Su estado de conservación es además muy bueno. Está en una colección privada en España.

Y luego está el que sacó a subasta Sotheby’s, que quedó sin vender...

–Es una obra delicadísima, maravillosa, de su etapa final... Una obra egregia. El último Goya conjuga el romanticismo y la armonía del retrato renacentista.

[Después de la entrevista se ha sabido que el Museo Meadows de Dallas ha comprado el cuadro, pero el precio no ha trascendido]

Sin embargo, ese Marianito no se vendió. Pedían 6 millones de dólares.

–Era muy caro... Pero es una obra maravillosa para el Prado. Fui a Londres a verlo, no lo había visto nunca. Una obra del periodo de Burdeos siempre es de un interés enorme, porque hay poquísimas.

¿El Prado llegó a pujar por él?

–No, pero me gustaría que estuviese en el museo.

¿Algún Goya al que siempre vuelve?

–La cabeza del hombre central del «3 de Mayo», al que están fusilando... Esa cabeza me parece un tour de force..

Ya de niña tenía pesadillas con este cuadro...

–Pero era con los muertos de la parte de abajo del cuadro, los únicos a los que llegaban a ver mis ojos.

Habrá exposiciones de Goya en el Prado en los próximos años. El museo siempre vuelve a Goya...

–Sí, claro, es una de nuestras figuras supremas. Vamos a montar las salas de Goya en otro sitio durante un periodo de obras y vamos a incorporar algunas cosas.

¿Habrá pronto un catálogo razonado de Goya?

–No. Es inconmensurable: hay que ir por partes... No lo veo necesario.

Lleva 33 años en el museo. ¿Ha pensado en la jubilación o no entra en sus planes de momento?

–No. Seguiré trabajando. No pienso aún en marcharme.

¿Le afectan las críticas?

–Nada.

¿A qué atribuye ese sambenito de «mala» que siempre la acompaña?

–No sé de dónde me viene esa fama. Tácito decía de un romano de la época que era adorado por los buenos y aborrecido por los malos.

Pues no desmentiremos a Tácito...

–Exactamente.

El arte no es una ciencia exacta. En una entrevista recordaba usted que Roberto Longhi decía que hay que poner en tela de juicio hasta que la Capilla Sixtina sea de Miguel Ángel.

–Al parecer, es lo que Longhi decía a sus alumnos: que, como historiadores, debían tener espíritu crítico y poner en tela de juicio todo. La Historia del Arte no es ciencia, pero buscamos la verdad, como los científicos. Hay que actuar de esa manera, como Descartes y su duda metódica. Es la única forma de avanzar.