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Giacometti, un paso adelante en los «terrenos de juego» de la escultura

Día 10/06/2013 - 15.01h
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La Fundación Mapfre exhibe, del 13 de junio al 4 de agosto, dos centenares de obras del artista suizo

© Jacques-André Boiffard / Colección Fotostiftung Schweiz, Winterthur
© Alberto GiacomettiStiftung, Zúrich
© Alberto Giacometti Estate / VEGAP (Spain), 2013
© National Gallery of Art, Washington
© Alberto Giacometti Estate / VEGAP (Spain), 2013
© Kunsthaus Zürich, Alberto GiacomettiStiftung, Zúrich
© Alberto Giacometti Estate / VEGAP (Spain), 2013
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Un hombre pasea por las calles de París parapetado bajo su gabardina. Jarrea en la ciudad. Apenas reconocemos a Alberto Giacometti en esta genial fotografía tomada por Cartier-Bresson. El artista suizo parece metamorfoseado en uno de sus célebres y cotizadísimos «hombres que caminan» de bronce. Uno de ellos se vendió en 2010 por 104,3 millones de dólares: fue entonces la obra más cara de la Historia en subasta. La fotografía cuelga en las salas de la Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23), donde, del 13 de junio al 4 de agosto, podemos visitar la exposición «Giacometti. Terrenos de juego. De las maquetas surrealistas a la Chase Manhattan Plaza».

No es una retrospectiva. La Fundación Mapfre, en colaboración con la Kunsthalle de Hamburgo, ha apostado por una exposición de tesis: nos cuenta, a través de dos centenares de obras, cómo concebía Giacometti la escultura, la relación que tienen sus piezas en el espacio entre sí y consigo mismo... En definitiva, cuál era el proceso mental y emocional del trabajo en su taller.

Testigos del montaje

Visitamos la exposición en sus últimos días de montaje. Toca madrugón para ver salir de su embalaje a uno de esos míticos hombres caminando. Un operario subido a una escalera se afana en abrir la caja. El hombre de bronce tiene prisa por salir. Parece impaciente por ver su nueva casa durante las próximas semanas. Primero aparecen los pies, después asoma la cabeza, finalmente el cuerpo. La pieza, que ha cedido la Fundación Maeght de Saint-Paul-de-Vence, es muy frágil. Un especialista, linterna en mano, le hace un rápido chequeo para ver su estado. Si se lo hacen a las estrellas de fútbol cuando son fichadas por un club, por qué no a estas otras estrellas. El caché de unas y otras se parece: tiene muchos ceros.

Testigo de excepción de todo este operativo, «Gran mujer II». Préstamo de la Kunsthaus de Zúrich, ya está instalada en la primera planta, al final del recorrido. Luce erguida, hierática, distante, como una diosa. «El hombre que camina I» parece dirigirse hacia ella. No es gratuito. Giacometti meditaba obsesivamente hasta el último detalle de cómo se relacionaban sus esculturas en el espacio. Todo tenía, para él, su sitio exacto. Cuentan que hasta cuando estaba en un café, la taza, el cenicero y la cajetilla de cigarros que había sobre la mesa debían estar en el lugar preciso.

Proyecto para el Chase Manhattan Bank

Annabelle Görgen-Lammers, comisaria de la muestra con Pablo Jiménez, director general del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, supervisa la instalación de la pieza. Nos cuenta que ambas obras, además de una «Gran cabeza», que no ha podido viajar a Madrid, formaban parte de un proyecto de escultura pública que finalmente se frustró y cuya maqueta luce en la sala. Giacometti (1901-1966) soñó con crear una gran escultura en el espacio público.

Le escribió su padre en 1929: «Llegará el día en que se puedan hacer cosas grandes al aire libre, en el que cada cual tendrá su oportunidad si es digno de ella». Él la tuvo, pero las cosas se torcieron. Recibió en 1958 el encargo de diseñar la plaza de la explanada del Chase Manhattan Bank en Nueva York. «Siempre he querido saber cómo de grande podía llegar a ser. Acepté para poder solventar el tema de una vez por todas».

Su «santísima trinidad»

Quiso incluir en ese proyecto los tres grandes temas que forman la «santísima trinidad» de su pensamiento a partir de 1945: una gran cabeza, una mujer grande de pie y un hombre caminando. La primera simboliza la conciencia que mira. «El ser humano vivo –decía el artista– se diferencia de los muertos únicamente por la mirada». Su mujer, Annette, y su hermano Diego son sus principales modelos. La gran mujer –variante de las mujeres que presentó en la Bienal de Venecia de 1956; todas ellas asociadas a los árboles– es una imagen de culto dispuesta a ser idolatrada, el mito de la vida. En contraposición, el hombre que camina es el propio Giacometti. Metáfora de esa búsqueda continua de la perfección vital, avanzando continuamente. «Me di cuenta de que nunca podría hacer otra cosa que una mujer inmóvil y un hombre caminando».

Pero, tras muchos intentos, el proyecto del Chase Manhattan Bank no satisfizo al cliente y fue cancelado. Las tres piezas, sin embargo, cobraron vida. Cuentan que Giacometti no se dio por vencido y que le vieron, de noche, en la Chase Manhattan Plaza colocando a su mujer, al arquitecto y a un amigo en las posiciones en que podrían ir sus esculturas. Murió en 1966 sin ver realizado su sueño. En ese lugar se alza hoy una escultura de Dubuffet y un jardín japonés diseñado por Isamu Noguchi.

Figuras filiformes

Pregunta constante sobre Giacometti es por qué estilizaba tanto sus figuras. Hay quien atribuye sus célebres esculturas filiformes a que su estudio era muy pequeño (18 metros cuadrados), pero con una gran altura (cuatro metros y medio). El artista lo explica así: «Después de 1945 me juré que no dejaría que mis estatuas menguaran de tamaño sin parar, que no serían más delgadas que un pulgar. Pero sucedió lo siguiente: podía mantener la altura, pero iban adelgazando, adelganzando... se volvían flacas y larguiruchas».

La muestra, que reúne préstamos de 32  importantes colecciones, como el MoMA, la Tate, el Pompidou, la National Gallery de Washington y la Fundación Giacometti de Zúrich, comienza con sus primeras esculturas, que tienen una gran influencia del arte tribal de África y Oceanía; sus esculturas planas, que tanto entusiasmaron a los surrealistas... Entre los objetos poéticos de su etapa surrealista, «Mano aprisionada» y «Mujer cuchara». Giacometti experimentó interrelacionando sus esculturas sobre planchas de bronce: «El bosque», «El claro»...

También están presentes sus tableros de juego, adorados por los surrealistas («Se acabó el juego», de la National Gallery de Washington), las jaulas, que tanto recuerdan a Bacon; proyectos que nunca llegaron a realizarse («Maqueta para una plaza», de la Colección Peggy Guggenheim de Venecia)... No falta su texto programático «El sueño, el Sphinx y la muerte de T.»: «El tiempo se hacía horizontal y circular, era espacio al mismo tiempo, e intenté dibujarlo...» Giacometti nunca dejó de soñar.

Su taller (físico y mental)

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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