Arte

Un museo del siglo XXI para el buque insignia de Enrique VIII

Día 30/05/2013 - 17.21h

Porthsmout abre, en un alarde de ciencia e innovación sin coste para el Gobierno, el centro con los restos del «Mary Rose»

Cuando se hundió en la tarde del 19 de julio de 1545 en el estrecho de Solent, al sur de Inglaterra, lloró una nación orgullosa de su poderío naval. El rey Enrique VIII, que había mandado construir el «Mary Rose» en 1510, lo vio irse a pique en la segunda batalla naval de su reinado desde el castillo de Southsea, en Portsmouth. A su lado estaba la mujer y futura viuda de Sir George Carew, el comandante del navío.

El «Mary Rose» fue el primer buque de la Armada británica armado con cañones de bronce. Y, 500 años después, los historiadores no saben si se hundió al realizar un bordo debido al sobrepeso o si se fue a pique tras lanzar la primera salva de cañonazos contra la flota francesa.

Llevaba 415 tripulantes a bordo, incluidos 185 soldados, 200 marineros y 30 artilleros. En honor a estos hombres, los muelles de Portsmouth en los que se construyó el buque reabrirán este viernes al público el museo Mary Rose, cerrado desde 2009, tras una inversión de unos 40 millones de euros: nueve destinados a la conservación del casco y unos treinta para el nuevo edificio.

El 65% de la financiación proviene del Fondo para el Patrimonio de la Lotería Nacional, y el resto de donaciones y patrocinios privados. En un alarde de orgullo marino y submarino, Portsmouth reflota una de las grandes estrellas de sus Muelles Históricos sin una libra del gobierno. Por el camino, el proyecto ha aportado a la ciencia nuevas técnicas de tratamiento de la madera y descubierto bacterias que no se conocían.

Únicos restos

Los restos del «Mary Rose» son los únicos de un buque del siglo XVI expuestos en el mundo. Y reposan ahora dentro de un nuevo envoltorio de madera con forma elíptica hecho a medida. «Hemos construido el museo desde dentro hacia fuera, a partir del casco», explican desde el equipo de Wilkinson Eyre arquitectos. La madera exterior del edificio está arañada por inscripciones y grafiti como los que usaban los tripulantes del buque, analfabetos, para marcar sus pertenencias. A su lado, puede visitarse el HMS Victory, el buque insignia del almirante Nelson en Trafalgar. La semana pasada, además, permanecía fondeado ahí mismo uno de los destructores de la Clase 45, el navío más moderno de la Armada británica.

Enterrado en el fango

El buque insignia del rey Tudor cayó al fondo del estrecho sobre el lado de estribor, que permaneció así enterrado en el copioso fango que caracteriza las aguas de Solent. Así, esa parte del casco y todo lo que contenía quedó protegida de la erosión y las bacterias más dañinas. Aunque especialistas venecianos ya lograron acceder al pecio en los años posteriores al hundimiento, el buque permaneció olvidado hasta su «descubrimiento» en 1836 por dos pioneros del submarinismo, John y Charles Deane.

El «Mary Rose» fue alzado de las aguas en octubre 1982. La proeza arqueológica fue seguida por 60 millones de personas por televisión, e incrementó el orgullo marino de un país que había derrotado a la dictadura argentina meses antes en las Malvinas.

La Pompeya inglesa

Del pecio se rescataron unos 19.000 objetos. «El Mary Rose es la Pompeya inglesa, preservada por el agua, y no el fuego; toda la vida en la era de los Tudor está ahí», ha dicho el historiador David Starkey. A partir de este viernes, zapatos, peines, violines, utensilios de cocina y medicina y hasta el esqueleto casi completo del terrier macho que apareció junto a la cabina del carpintero serán expuestos frente al casco que los protegió.

El espacio expositivo está distribuido en tres niveles -los mismos del barco- en los que los visitantes podrán ver, a un lado, los restos de madera del casco y, enfrente, los objetos correspondientes. «Hubo que construir los vanos y puertas en función de los objetos que debían pasar por ahí, instalar rampas y andamios, y hasta construir nuestro propio trolley hidráulico para transportar los cañones», nos explica Nick Butterley, coordinador de exposiciones.

Rociado con agua

Además del recorrido histórico por una de las eras más «sexy» de la Historia de Inglaterra, el nuevo museo constituye un hito científico por el complejo reto de secar una criatura de los mares. Desde que salió, sujetaron el casco con una estructura de titanio y lo rociaron con agua -primero salada y luego fresca- durante doce años para reducir su temperatura a entre 2 y cinco grados. «Era imprescindible para matar las bacterias y microbios, no es tan simple, se hacen inmunes a los productos químicos», explica Eleonore Schofield, responsable de la preservación. A partir de 1994, tuvieron que rociarlo con dos soluciones diferentes de polietilenglicol (conocidas como PEG 200 y PEG 2000) para sellar una madera en la que podían meterse los dedos cuando emergió.

El casco está conservado ahora dentro de una «caja de calor». Dentro, unos tubos insertan aire caliente para secarlo. El museo estima que hasta dentro de 4-5 años, cuando la temperatura y la humedad estén controladas, el medio millón de visitantes que esperan cada año no podrán contemplarlo sin la cristalera actual.

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El museo amplía y flexibiliza las condiciones de acceso y adquisición de entradas, tanto para visitantes individuales como en grupo

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