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La inteligencia visual de Emmet Gowin, en la Fundación Mapfre

Exhibe en la sala Azca dos centenares de imágenes del fotógrafo norteamericano, que repasan cinco décadas de riguroso trabajo

NATIVIDAD PULIDO - Actualizado: Guardado en: Cultura Arte

Es un artista atípico. Nada de ego, nada de pose, nada de divismo. Todo lo contrario. En una época de tanto «ruido» artístico, donde lo que prima es el arte-espectáculo, Emmet Gowin (Danville, Virginia, 1941) nos sorprende con su callado y silencioso trabajo. Destila humildad, contagia paz, felicidad... Así lo pudimos comprobar ayer en la presentación de la más completa retrospectiva de su obra que se ha visto hasta ahora en Europa: cinco décadas de trabajo continuo y apasionado (de 1963 a la actualidad).

Y es que, como comenta Pablo Jiménez, director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, es «un fotógrafo excepcional, tan intenso como discreto». No está reñido. Casi dos centenares de fotografías cuelgan, hasta el 1 de septiembre, en la sala Azca de la Fundación Mapfre (General Perón, 40). La muestra, aunque programada con anterioridad, se enmarca, al coincidir en las fechas, dentro de PHotoEspaña, festival al que se incorpora por vez primera esta fundación. La sala Azca tiene los días contados, pues esta entidad ha adquirido un edificio en el Paseo de Recoletos, vecino al que ya atesora, donde se mostrarán en el futuro las exposiciones de fotografía.

Una voz propia muy poderosa

Pese a que el trabajo de Emmet Gowin parece, a primera vista, fácil y nada extraordinario, explica el comisario de la muestra, Carlos Gollonet, que el fotógrafo tiene una voz propia muy poderosa, al margen de escuelas y movimientos, y sus obras son muy originales. Y decíamos que parece poco extraordinario, porque sus instantáneas parecen sacadas de un viejo y polvoriento álbum familiar. «Pero es la elegancia formal de estas imágenes lo que las hace especiales», advierte el comisario. Los modelos que aperecen en ellas son su entorno más cercano -los Morris, su familia política- y, muy especialmente, su esposa, Edith, que casi monopoliza sus retratos. La retrata obsesivamente a lo largo de toda su carrera. Acaricia con su cámara su cuerpo, su rostro, su pelo, sus ojos... El amor que siente por ella traspasa el objetivo.

Pero si al mirar estas instantáneas familiares parece que lo hacemos a través de una cerradura (nos tornamos en voyeurs que violan la intimidad), Emmet Gowin cambia completamente de registro en otras de sus series: mira el mundo desde lo más alto en sus fotografías aéreas. No hay medias tintas en Gowin: o mira muy de cerca o muy de lejos. Otro de sus grandes amores es la naturaleza, que también se cuela en muchas de sus fotografías. Viaja por Europa y por Asia y le atrapan las ciudades semiabandonadas: los paisajes de Matera (Italia), la ciudad roja de los nabateos, Petra, que le fascinó...

Agudo sentido moral e intelectual

Pero también le interesan los territorios devastados por el hombre: minas de carbón, centrales térmicas... «No denuncia, no emite juicios, tan solo nos transmite la necesidad de respetar la naturaleza», advierte el comisario, quien subraya el «agudo sentido moral e intelectual» de Emmet Gowin, amén de su especial sensibilidad. Están presentes en la muestra unas imágenes muy recientes, de 2012, realizadas para esta exposición. Son fotografías aéreas de un viaje a Andalucía, concretamente de la comarca de Guadix-Baeza. «Para mí es un honor y un privilegio estar en un país tan bello como España. Cuando Carlos (Gollonet) me propuso hacer estas fotos en Andalucía pensé que iba a poder hacerlas en tan poco tiempo, pero en menos de dos horas hice 20 ó 30 fotografías».

Además de una gran inteligencia visual, la curiosidad sin límites de Gowin también le llevó a apasionarse por la biología: los insectos y, especialmente, las mariposas nocturnas, que fotografió casi compulsivamente. También aquí vuelve a aparecer la omnipresente Edith, pero ya solo vemos su silueta.

«Si ves mis fotos, me ves a mí»

Le preguntan a Emmet Gowin por qué esa necesidad de fotografiar su entorno familiar. Cuenta que casi coinciden en el tiempo con la Guerra de Vietnam: «Yo pensaba qué podría ofrecerle a esa gente cuando volviera a casa... Alguien me comentó una vez que podría parecer algo incestuoso retratar a tu familia, pero cuando amas a alguien le prestas toda tu atención. Si hubiera sido una decisión intelectual hacer esas fotografías, hubiera fracasado. Es solo la reafirmación de lo más importante de mi vida, lo más precioso para mí». ¿Y por qué hay tan pocos autorretratos?, le preguntan. «La mejor forma de conocerme es viendo mis fotografías. Si ves mis fotos, me ves a mí».

En 2009 pronunció una conferencia en la Universidad de Princeton (incluida en el catálogo de la muestra). Fue su despedida. Y quiso en ella recordar a todos aquellos fotógrafos a los que debe tanto. Como Anselm Adams (tuvo una visión al ver de pequeño en la consulta deld entista una imagen suya de unos brotes de hierba junto a un árbol quemado), Robert Frank, Cartier-Bresson, Walker Evans o Harry Callahan, que fue su maestro.

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