Francis Bacon y sus amantes
«Study for a Portrait of P. L.», de Francis Bacon - SOTHEBY'S

Francis Bacon y sus amantes

Sotheby's subastará el 14 de mayo en Nueva York uno de los retratos más importantes que el pintor hizo de uno de sus amantes, Peter Lacy. Podría superar los 40 millones de dólares

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El cuadro «Study for a Portrait of P.L.», de Francis Bacon (1909-1992), saldrá a la venta el próximo 14 de mayo con un precio estimado de entre 30 y 40 millones de dólares (entre 23 y 30 millones de euros) en una subasta de arte contemporáneo organizada por la casa Sotheby's de Nueva York. Realizado en 1962, no ha sido visto en público desde 1972. Se trata del retrato del que fuera su amante Peter Lacy, pocos meses después de su muerte.

Un tríptico de Bacon se vendió en 2008 por 86 millones de dólares «Es el retrato más importante y emblemático de Lacy jamás creado por Bacon», según destaca la casa de subastas en un comunicado, «y formalmente marca la dirección que su trabajo tomará en las siguientes décadas». En esta obra queda patente la influencia de Picasso en el trabajo de Bacon.

El récord de Bacon en subasta lo ostenta su obra «Triptych, 1976», vendido en Sotheby's en 2008 por 86 millones de dólares, estableciendo entonces el precio más alto pagado por una obra de arte de posguerra.

Sus amantes

La lista de amantes de Francis Bacon fue interminable. Pero sólo unos cuantos dejaron en él una profunda huella. El primero, Eric Hall, un hombre de negocios, banquero y juez de Paz, casado y con hijos, que se convirtió en su mecenas y amante y se arruinó por su culpa. Estuvo con él 15 años.

Después, Peter Lacy, un guapo pianista, con quien mantuvo una relación destructiva y obsesiva: violentas peleas, palizas, celos, cuadros acuchillados... Cuenta el biógrafo de Bacon Michael Peppiatt que Bacon le confesó: «Nunca antes me había enamorado. Estar enamorado de esa forma tan extrema es como tener una enfermedad espantosa. No se lo deseo ni a mi peor enemigo». «No podía vivir con él, ni sin él —dice Peppiatt—. Lacy le estaba esclavizando física y psíquicamente». El día de la inauguración de su histórica exposición en la Tate recibió un telegrama: Lacy había muerto. Su páncreas no soportó tanto alcohol.

El tercero fue George Dyer: de una familia de rateros, alcohólico, estuvo en la cárcel... Bacon era, para él, su salvavidas. Le chantajeaba y, tras una pelea, llegó a llamar a la policía para denunciar que el pintor tenía hachís en su estudio. Se suicidó el día anterior a la inauguración de la gran exposición de Bacon en el Grand Palais de París. Cruelmente, la historia se repetía. Es como si el destino le negara a Bacon la posibilidad de ser feliz al mismo tiempo en el plano profesional y en el sentimental. Cuenta Peppiatt que el pintor sintió un gran remordimiento por la muerte de Dyer: «Me siento tremendamente culpable —confesó—. Todos los que he amado están muertos. O se mataron con el alcohol o se suicidaron. No sé por qué atraigo a este tipo de gente. No hay nada que hacer».

Y después llegó José, un empresario que vivía en Madrid. Se dice que fue el gran amor de su vida. Vino el pintor a Madrid a verle en abril de 1992, desoyendo los consejos de su médico. Hay quien especula con la posibilidad de que viajó para reconciliarse con él tras una ruptura. Durante aquel fatídico viaje murió Francis Bacon. Tras padecer una deficiencia renal y respiratoria, sufrió un ataque cardiaco. El Museo del Prado le dedicó una gran retrospectiva en 2009 coincidiendo con el centenario de su nacimiento.