Unamuno, en La flecha en 1934
Unamuno, en La flecha en 1934 - José Suárez

Unamuno, de principio a fin

La edición de sus primeras cartas, que hoy se presentan en Madrid, y un ensayo sobre la Guerra Civil, revisan su figura

MadridActualizado:

Unamuno siempre está de vuelta. Quizás es porque fue un escritor infatigable, de esos que extendieron su producción en todos los géneros, movido por el ansia de comprender el mundo y comprenderse, pues en él la contradicción se resuelve a través del diálogo continuo consigo mismo. «Siempre he vivido en duelo íntimo, alimentando contradictorias posiciones y sintiendo la necesidad de disentir de cualquiera que defendiese una de ellas», proclamó ante un auditorio lleno de estudiantes en Madrid el 4 de junio de 1931. Quizás fue esa posición la que hoy nos sigue llamando hacia su obra y su persona, la que nos hace seguir un camino que se nos antoja interminable, en el mejor sentido de la palabra, pues ni el 80 aniversario de su muerte, que celebrábamos hace apenas dos años, consiguió agotar la ristra de novedades sobre el literato.

Hoy mismo se presenta en la Biblioteca Nacional de España el primer volumen de sus cartas -«Epistolario I (1880-1899)»-, que nos presentan a un autor joven que vuelca en su correspondencia todas sus obsesiones, existenciales y culturales, al tiempo que nos permite rastrear sus primeros proyectos. Y este hito coincide en las librerías con un ensayo sobre su relación con la Guerra Civil, un tema que puede (y debe) explorarse, aunque su muerte se produjo poco después del estallido del conflicto, en el ya lejano 31 de diciembre de 1936. Hablamos de «En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil», un estudio firmado por los mismos autores que han recopilado sus misivas, Colette y Jean-Claude Rabaté, hispanistas franceses que han dedicado la mayor parte de sus trayectorias profesionales al estudio del autor de «Niebla». Dos miradas sobre un individuo, su principio y su fin. Y, en medio, siempre la guerra.

Ostracismo

Si empezamos por ese final, es decir, por sus reacciones ante la Guerra Civil y la división del país, nos encontramos a un hombre cuyas posturas generaron resquemores en ambos bandos, a un anciano que vivió en el abismo los últimos meses de su vida. Su rechazo a la República, que los editores del volumen tildan de «desamor anunciado», se unió a su defensa de la «civilización cristiana», un tópico que por aquel entonces era muy usado por la derecha europea. De hecho, existen unas declaraciones de Unamuno que hablan en los siguientes términos del alzamiento, en el que depositó sus esperanzas de una vuelta al orden: «Insisto en que el sagrado deber del movimiento, que gloriosamente encabeza Franco, es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera».

Sin embargo, tampoco el bando nacional lo acogió, pues ahí está el «venceréis, pero no convenceréis» que le espetó a Millán Astray, fundador de la Legión, en el ya mítico acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. De hecho, el propio Unamuno encontró en esas palabras el motivo de la pérdida de su rectoría y su ostracismo. «Por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó mi rectoría… ¡vitalicia! con elogios me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones», expresó en su momento.

Por tanto, el escritor vivió en tierra de nadie sus últimos años. Tanto Colette como Jean-Claude Rabaté sostienen en el prólogo a este estudio que el objetivo del mismo es «matizar la imagen de Miguel de Unamuno, restituyendo la complejidad de un hombre cuyas posturas dieron lugar a juicios tan opuestos como maniqueos». Esa complejidad lo situó en una difícil posición. De hecho, tal y como recuerda Jean-Claude, él fue el único rector cesado tanto por el bando republicano como por el nacional. «Es la voz de una tercera España que no pudo ser», resume el investigador.

«Guerra incivil»

Con ese desenlace, resulta clarividente volver ahora a su primera novela, «Paz en la guerra», que tanto comentó en sus cartas iniciáticas. En ella, el literato abordaba la última guerra civil del siglo XIX: el sitio carlista de Bilbao. Aunque fue una guerra tremendamente idealizada por él, que entonces tenía diez años y hablaba de que «caían bombas pero no mataban a nadie», nos avanza una línea de pensamiento que recorre la espina dorsal de su filosofía: el juego de contrarios, la dialéctica que tomó de Hegel. Así, al final de la historia, el héroe protagonista, un trasunto del propio Unamuno, termina encontrando la paz en la guerra, un sendero políticamente incorrecto que nunca hallaría en vida.

«Para Unamuno aquella guerra civil del XIX terminó con la paz, con un abrazo entre dos bandos», apunta Jean-Claude Rabaté. Sin embargo -prosigue el estudioso- él fue consciente al final de su vida que lo que empezó en el 36 nunca acabaría bien. En uno de sus últimos textos, «El resentimiento trágico de la vida», el autor realiza un «doloroso examen de conciencia» que le lleva a concluir que aquella guerra «incivil» entre los «hunos» y los «hotros» solo podría resolverse con la victoria de un bando sobre otro, jamás con la paz. Así lo confirma, además, el borrador de una de sus cartas finales. «Ahí podemos leer: Franco dictadura», subraya Rabaté.