Un ensayo de «Street Scene»
Un ensayo de «Street Scene» - Javier del Real

«Street Scene», frontera sin muro

La obra habla del amor imposible, de desahucios y precariedad laboral, en un barrio deprimido de Nueva York

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Hay a quien le preocupa la correcta definición de los géneros y encuentra incómoda la anomalía. Sucede con «Street Scene», musical, ópera estadounidense, ópera de Broadway, ópera popular… una obra cuya gracia más inmediata podría ser la simultaneidad de clase. No lo apreciaron así los espectadores que en la primera representación de ayer en el Teatro Real se marcharon durante el descanso. El dato es curioso, con independencia de que los estrenos sean habitualmente problemáticos y cojan con el pie cambiado, en este caso ante la novedad de una obra que ha tenido poco recorrido en España excepto algunas representaciones previas en el Liceo.

Se hace necesario recordar la cercana reposición, también en el Real, de «Dead man walking» para concluir, en primer lugar, que, efectivamente, son muchas las óperas americanas que se han programado en este teatro. También este detalle parece perturbar a quienes aspirarían a una mayor presencia de otros repertorios, obviando que en la América operística sucedieron y suceden cosas importantes, lo cual no niega que en otros lugares también ocurran, no tanto en España donde se prueba y erra sin acabar de consolidar obras potentes. «Street Scene» sí lo es y de ahí las consecuencias que se derivaron desde su estreno en 1946.

Un aspecto interesante es que tanto esta obra como «Dead man walking» dan cuenta de un ámbito creativo donde se pone en valor lo cotidiano, la pulsión del presente y, en definitiva, se agita a los espectadores entendidos como ciudadanos. Sobre el escenario y así lo refleja estupendamente la propuesta escénica dirigida por John Fulljames, se palpa la realidad y apenas se divaga. En la vieja Europa operística, la historia pesa como una especie de adormidera que narcotiza bajo los efluvios de la autocomplacencia, cuando no es objeto de melancolía. En ámbitos geográficos distintos como el americano se sigue viviendo con otro pálpito y está muy activo un arte que documenta la vida corriente.

«Street Scene» habla del amor imposible, de desahucios y precariedad laboral, en un barrio deprimido de Nueva York. Parte de la obra del premio Pulitzer Elmer Rice, puesta en música por el europeo Kurt Weill, inmigrante comprometido, obligado a abandonar Europa, pero fabricante emocional de la literalidad americana. La misma que ahora se presenta sobre el escenario del Real, cruda como ese edificio cuyo esqueleto queda a la vista convertido en un enjambre de existencias. La impresión de obra coral es inevitable. La fomenta un reparto que destaca por su buena caracterización, ya sea la sufriente Anna Maurrant que asume Patricia Racette, ya su rudo marido a cargo de Paulo Szot, la hija Mary Bevan o los pequeños de la Jorcam. Son muchos más en una muy larga relación a la que da apoyo musical el director Tim Murray con una versión consistente y de innegable oficio y continuidad.

Precisamente, el mérito escénico y musical de esta propuesta es la potente coherencia narrativa, la gestualidad y el sentido coreográfico de la escena, con apoteosis en el número que descubre al fondo la silueta iluminada de Nueva York, el control, la gestión de los gestos equilibrando esa balanza de géneros sobre la que se edifica la obra… Incluso la muy interesante experiencia de un teatro musical distinto que a veces por su naturaleza, es verdad, produce extrañeza al contemplarlo sobre el escenario del Real. Sentirlo, invita a reflexionar sobre una realidad artística siempre instructiva y moralizante.