Sobre una tierra exhausta

Nada más acabar la contienda fratricida, entre los vencedores también hubo quienes repudiaban un vengativo baño de sangre, una vileza moral devastadora para su causa

MADRIDActualizado:

Para los vencedores, de 1939, fue abril el mes de la primavera prometida en un himno de guerra que anunciaba la paz. Abril fue el mes más cruel para quienes recluyeron el cuerpo y el alma en la derrota. Había en el aire de España, para los vencidos, el sabor de una tierra extenuada, el resuello de una nación abierta y de bruces sobre su propio suelo, sobre sus propios sueños. Pero bajo ese mismo cielo de España, para los victoriosos, levantaba el vuelo una muerte gloriosa, una muerte esperanzada, caudalosamente vertida hacia la vida nueva, derramada en mareas de resurrección.

«Sobre las aguas tristes que enlutaron la espuma de sus olas en flor, vendrán todos los muertos al corazón del hombre», escribió Luis Rosales en su espléndido «La voz de los muertos», recogido en el segundo número de «Jerarquía». Una elegante publicación donde se dibujaba ese concepto de eternidad del ser de España que encarnaba para los falangistas la vigencia espiritual del Imperio. «Para el Dios y el César», proclamaba una de sus páginas iniciales. Y, antes de esa invocación, resonaba en una página apergaminada el perpetuo soneto de Hernando de Acuña: «Ya se acerca, Señor, o ya es llegada…».

Reconstruir

En la conciencia de los combatientes falangistas, carlistas, alfonsinos, populistas católicos o de cualquier procedencia fusionada en el partido único, la guerra había proclamado desde el principio, y tensó en su agonía final, el ánimo de una penitencia y el fervor de un acto de salvación. «Adveniat regnum tuum», proclamó en su portada el diario integrista «El Siglo Futuro», poco antes de la sublevación de julio. Los falangistas construyeron el estilo moderno de esta interpretación de la contienda y la victoria. Si José Antonio había proclamado que Falange no era un partido político, sino una forma de ser, quienes le sobrevivieron en la lucha y en el triunfo inculcaron a sus palabras esa misma voluntad de reconstruir España como apariencia, como visibilidad, como escenario.

Los sectores tradicionalistas insistieron en la necesidad de un baño de sangre que permitiera el perdón de aquella nación extraviada en los pecados de la modernidad. Que la sangre fuera la propia, en tantos casos, excluye de la interpretación todo rastro de cinismo. Los mártires de la tradición, enlazados en la memoria del pueblo carlista con las víctimas de tres guerras civiles, adquirían en la liturgia falangista el rango de los caídos por Dios y por la patria. Rafael Sánchez Mazas había escrito, a petición del Jefe Nacional, un texto dedicado a los jóvenes militantes que habían empezado a ser abatidos en las calles españolas a comienzos de 1934. Algunos comentaristas conservadores habían reprochado a José Antonio sus escrúpulos ante la violencia. El sarcasmo golpeó muy hondo en el corazón del fundador de Falange, para el que la vida de un cristiano no podía tener los criterios morales de una fanfarronada, y para el que la vida de un patriota no podía medir sus actos con la perspectiva espantosa del fratricidio.

Víctimas del odio

Mucho molestaría a algunos presuntos católicos de mesa camilla y corazón a oscuras el espíritu con el que se redactó aquel mensaje al que Sánchez Mazas puso el título, el tono y el ritmo de una oración: «Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo». Con fiereza, las palabras rechazaban a quienes pedían matar de espalda y en actos de venganza. Con desprecio, se repudiaba una conducta que lesionara con la inmoralidad de sus actos la causa suprema de España. «Aparta, así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en nombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta».

¿Había guardado el bando vencedor, desde el 18 de julio, ese estilo que no debía ser mera retórica, esa forma que no había de ser gesto vacío? De haber sido así, la primavera habría llegado con sus anchas brisas de regeneración. De haber sido así, la victoria no habría sido más que la redención, la piedad, el perdón y el reencuentro. Para quienes atravesaron la realidad tenebrosa de la matanza, en esas palabras fundacionales podía encontrarse aún algo limpio, el último refugio de un sueño del que no se deseaba abdicar. Para quienes empuñaron aquella idea honesta de recuperación del destino de España, la muerte era un acto de servicio, no el castigo que inflige un Dios silencioso al pueblo que ha dejado de rendirle obediencia. ¿Se poblaba aquella primavera con tanta exigencia y generosidad? ¿O la victoria se empapó de la apetencia de sangre, de rencor impotente, de odio sin escrúpulos? ¿Llegó la primavera como estación total, unitaria y generosa? ¿Fue verdadera resurrección redimida, y no mera supervivencia de los más fuertes, sobre la vejatoria cautividad de los vencidos?

España, en abril de 1939. Si todo el impulso de liberación, de inteligencia cívica, de afán de justicia y de deseo de cumplimiento de un destino histórico que arrancaba de la crisis de 1898 se hubiera esparcido como severa y exigente conciencia nacional, ni siquiera habría sido necesario aquel inmenso sacrificio de toda una generación.

Ejercicio brutal de selección

Pero, realizado aquel acto supremo, cumplida aquella pasión, España no brotaba entera e inocente, sino tras haber sido sometida a un ejercicio brutal de selección. De los mejores vencedores y de los mejores vencidos habría de surgir, sin embargo, un nuevo comienzo. Un nuevo principio en el que lo más limpio de todos se destilaría en la meditación sobre la tragedia, en la solemne evocación de los ausentes, de los asesinados, de los desterrados, de los humillados hasta la raíz de toda nuestra dignidad como nación. Sobre la patria en ruinas, sobre la tierra exhausta, a uno y otro lado de aquel mes de abril, se empezó a pronunciar otra vez el nombre puro, libre, esperanzado y heroico de España.