Gerónimo, el jefe guerrero de los apaches bendohoke, en la imagen cedida por el Museo J. Paul Getty
Gerónimo, el jefe guerrero de los apaches bendohoke, en la imagen cedida por el Museo J. Paul Getty - Rinehart y Muhr

Regreso al mundo perdido de los indígenas de Norteamérica

El Museo de América saca del olvido la cultura de los pueblos que habitaban EE.UU. en una exposición que incluye retratos de los jefes tribales cedidas por el J. Paul Getty de Los Ángeles

MadridActualizado:

Para buena parte de los pueblos nativos de Norteamérica, todo cuanto los rodeaba, ya sea animado o inanimado, estaba dotado de espíritu. Y algunas tribus veían en el final de la vida una marcha al encuentro del Gran Espíritu, o Gran Misterio, donde se alcanzaría de nuevo el equilibrio con la naturaleza. El Museo de América, en Madrid, se ha valido de esa concepción de la vida y la muerte para el título de una exposición temporal que rescata del olvido las civilizaciones que poblaban los Bosques Orientales, las Grandes Llanuras y el Suroeste de lo que hoy es Estados Unidos y que se desvanecieron con la imposición del hombre blanco.

«Al encuentro del Gran Espíritu. El Congreso Indio de 1898», que se puede visitar hasta el próximo 4 de marzo, muestra a través de objetos de la colección etnográfica del propio museo, del Museo Arqueológico Nacional y de préstamos privados, la vida cotidiana y cermonial de esas culturas, a las que pone rostro gracias a fotografías cedidas por el Museo J. Paul Getty de Los Ángeles.

Una camisa de un guerrero de las Grandes Llanuras del siglo XVIII, adornada con púas de puercoespín y pelos posiblemente humanos; un manto de piel de búfalo de más de dos metros de largo y decorado con motivos simbólicos, así como un tocado de jefe con cuernos también de búfalo, son algunas de las piezas más valiosas de los fondos del Museo de América que se muestran desde ayer. También se puede admirar un espectacular tocado ceremonial siux de principios del siglo XX, elaborado con plumas de águila y con armiño, en este caso de la colección Ana y Bertramd de Montauzon.

La muestra combina objetos para el día a día con otros destinados a ocasiones especiales. Así, se presentan desde un carcaj de piel de nutria para llevar flechas o una cuna de juguete cheyenne, hasta una cazoleta y dos tubos de pipa ceremonial, y una falda para la llamada «ceremonia del amanecer», el rito del paso a la pubertad de las niñas apaches.

Junto a estas piezas, la muestra intercala las fotografías procedentes del Museo J. Paul Getty. Buena parte de las imágenes, algunas de las cuales se ven por primera vez en España, son retratos que hicieron Frank Rinehart y Adolph Muhr durante la Exposición Internacional de la Trans-Mississippi, que se organizó en 1898 en Omaha (Nebraska) e incluía lo que se llamó un Congreso Indio. Allí fueron llevados unos 530 indígenas en representación de una treintena de tribus, en un principio con la finalidad de acercar al público las costumbres de aquellas gentes, aunque se acabaron exhibiendo en una especie de atracción de feria.

El Congreso Indio se convirtió en «en una forma de manifestar el control sobre el oeste de Estados Unidos» que tenían los nuevos pobladores y su «dominio sobre el territorio y las comunidades que allí vivían», explica la comisaria de la muestra inaugurada ayer, Beatriz Robledo, conservadora del Museo de América. De hecho, continúa, el enfoque etnográfico inicial dio paso a un espectáculo en el que los nativos eran exhibidos como parte de la exposición, junto a los adelantos tecnológicos de la época, sin que faltaran batallas fingidas ni danzas tradicionales. El mismísimo Buffalo Bill, que años antes había estrenado su «Wild West Show» en Omaha, actuó en la ciudad en esos días.

Entre los personajes de las fotos de Rinehart y Muhr figura el célebre Gerónimo, jefe guerrero de los apache bendokohe, entonces ya «prisionero de guerra», explica la comisaria. Otros retratados son menos conocidos, como el cheyenne Tres Dedos, el pies negros jefe Montaña, el aparajó Pequeño Pájaro o el siux Temeroso del Águila. Beatriz Robledo reseña que, en estos posados, los retratados aparecen «rígidos» y «estereotipados», y denotan «la tristeza de un pueblo dominado».

Exposición «Al encuentro del Gran Espíritu», en el Museo de América
Exposición «Al encuentro del Gran Espíritu», en el Museo de América-De San Bernardo

La exposición también incluye fotos de Edward Curtis a los nativos, tomadas en su propio contexto, como la de unos cheyennes en la Danza del Sol u otra en la que tres jóvenes hopi observan una danza desde lo alto de una construcción de adobe.

La literatura, el cine y hasta los juegos han acuñado estereotipos que no siempre se corresponden a la realidad. Según Robledo, «en estas áreas no todos eran nómadas», sino que había pueblos sedentarios con construcciones estables y una cerámica desarrollada, por ejemplo.

La reintroducción del caballo por los españoles, por otra parte, cambió su forma de vida, porque daba a los nativos ventaja en la caza y contra los enemigos, y facilitaba los desplazamientos.

Aculturación

La expansión del territorio de EE.UU. hacia el Pacífico hizo que las comunidades indígenas se vieran desplazadas y que muchos de ellos fueran confinados en reservas. De este modo, perdían «las referencias para sus propias creencias» y se produjo una «ruptura cultural», apunta Robledo. «Con el proceso de aculturación de estas comunidades -añade-, pierden la memoria histórica de sus propias tradiciones», lo que a su vez dificulta reconocer el significado simbólico de los motivos decorativos de los objetos que se conservan. Además, por las migraciones resulta complicado en muchas ocasiones saber a qué cultura corresponden las piezas, indica.

El modelo colonizador de los anglosajones en América fue distinto al español, en el que el mestizaje era habitual, señala la comisaria. La exposición en el Museo de América, explica, busca «que el público reflexione sobre lo que significaba para estas comunidades perder la referencia de su territorio».