Fernando Castro Flórez

Las pasiones de Dalí eran poco «embarazosas»

La vidente Pilar Abel no supo predecir que su prueba de la rana con Dalí le saldría ídem. Hoy, un juzgado de Madrid dirimirá el asunto

Fernando Castro Flórez
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Una vidente insolvente (económicamente hablando) y, para más patetismo, pintora dominguera, consiguió, tras dar la brasa durante años, que se hicieran «las pruebas» para demostrar que era hija de Dalí. Todo sonaba a perfectamente verdadero dado que la finalidad declarada era crematística y el padre surrealizante tenía por mote Avida Dollars. El caso era tan urgente y serio que fue tratado con todo lujo de detalles en el programa de Ana Rosa y los estetas de todo signo, incluso los que acumulan caspa en sus chaquetas para poder esquiar en verano, sintieron el morboso placer de asistir al reality show de la exhumación del pintor de los relojes blandos que, como apostilló un señor con cara de crupier jubilado, tenía los bigotes a las diez y diez en punto, como mandan los cánones.

Conviene recordar que en el origen de las visiones dalinianas está el «Juego lúgubre», un cuadro que inquietó a los surrealistas sobre todo por la presencia de aquella figura con los calzoncillos inequívocamente cagados. Dalí, enamorado como un loco de Gala, tuvo que confesar que no era un coprófago y que las imágenes de su obra tenían que ver con el terror que inspira la escatología. Cuando aquella mujer, soñada desde la infancia y destinada a ser su Grádiva, puso la mano en el pintor, este no pudo contener la risa más que nerviosa en la que, como confesó en «Mi vida secreta», no había frivolidad sino fanatismo.

En pleno «recalentamiento» colectivo, con el verano abrasador imponiendo su ley, la comitiva lúgubre encontró en perfecto estado el ataúd de madera recubierto de zinc y el cadáver embalsamado. Para la prueba de ADN se le extrajeron dientes, pelo y dos huesos largos. Mi furor interpretativo me lleva a postular que aquí hay materia para mucho caldo. Pilar Abel actuaba, en pos del 25 por ciento de la herencia suculenta, con un furor -valga el juego con su apellido- cainita, aunque retro-edípico. Todo habría surgido de una amistad que «se convirtió» en amor, tal y como contó, una y otra vez, su madre a la vidente obstinada. La cosa era superlativamente rocambolesca. Dalí dejó cumplido testimonio de sus amoríos inverosímiles desde su niñez extravagante, en la que planificaba noviazgos quincenales con besos y mocos incluidos, como pasó con Dullita, hasta affairs turbulentos con Butxaques, un compañero del cole que no dejaba de ser un cafre con patinete, o aquella historia de locura amorosa que provocó en Lorca en sus años de vanguardismo iniciático.

Las pasiones dalinianas no tienen nada de «embarazosas», aunque a veces entren con vómito incluido en el escenario del ridículo. En los años madrileños, cuando aprendió a juerguear con sus colegas de la Residencia de Estudiantes, quedó abismalmente seducido por los sobacos de las «mujeres elegantes», y en su llegada «triunfal» a París se encaminó sin dilación a los burdeles para experimentar el hechizo de la exuberante decoración interior. El verdadero «Salvador» de la tradición pictórica no era tan perverso polimorfo como pretendía; en realidad su erotismo era fóbico y prefería desplegar su narcisismo para regodearse con su imagen «auto-castrante». El autor de El gran masturbador no parece que tuviera muchos deseos paternales. Al contrario: los hijos le parecían un destino putrefacto. Amanda Lear declaró en una entrevista que Dalí no tenía ninguna relación sexual porque era impotente. Decía que los genios no deben reproducirse: «¿Te imaginas al hijo de Miguel Ángel conduciendo un taxi?».

Esperábamos, con la risita de los malvadillos, el resultado del ADN: la vidente no es la hija del visionario. Me lo temía. A pesar de la «puntualidad bigotuda», el genio seguía casto en su absolutismo pictórico, pompier hasta embalsamado. Cuando resucite este «escatólogo» (pleonasmo encubierto), necesitará muletas nada fetichistas y, lo peor, sin tibia no podrá dar patadas a curitas japoneses cruzando un puente. Cuando vea la que hay liada, las sombras del proceso de entontecimiento colectivo, seguro que, como decía Buñuel en «Mi último suspiro», decide reinstalarse en el frescor sombrío de la tumba. Un monárquico anarquista tan paranoide como Dalí no vería lo que nos pasa sino con la repugnancia y placer con los que descubrió la condición morbosa en un erizo lleno de lombrices. La vidente insiste: en la tumba del museo no está enterrado su padre sino otro. Seguro que Dalí está en Memphis, seducido o abducido por Elvis, que también tiene un puesto en el clan de los rarunos geniales y, de momento, sin descendencia.

FERNANDO CASTRO FLÓREZFERNANDO CASTRO FLÓREZ