El escritor francés Jean d’Ormesson
El escritor francés Jean d’Ormesson - AFP

Muere el escritor francés Jean d’Ormesson a los 92 años

Autor de más de medio centenar de relatos y novelas, premio Luca de Tena en 2002, toda su obra vuelve siempre a sutema esencial: el recuerdo maravillado de un tiempo pasado que nos sirve de introducción a un arte de vivir, con gracia y en gracia

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Ha muerto a los 92 años Jean d’Ormesson, escritor, académico, el más aristócrata, feliz y ecuménico de los grandes maestros de la cultura francesa del último medio siglo.

Nacido en el seno de una familia aristocrática que dio a Francia grandes embajadores, diplomáticos, hombres de Estado, cuyas raíces se pierden en la alta Edad Media más noble, d’Ormesson heredó de su padre, embajador, amigo personal de Leon Blum, uno de los patriarcas del socialismo francés, un gusto casi carnal por el diálogo más cordial y encantador, incluso con sus adversarios. De su madre, aristócrata conservadora de la más rancia alcurnia, heredó una elegancia impecable, estricta, incluso en las situaciones más incómodas.

Jean d’Ormesson había nacido para ser «naturalmente» diplomático o militar, al servicio de Francia. Dejándose llevar por un snobismo de la especie más indolente, eligió profesiones «poco serias» en la vida familiar de su infancia: la literatura y el periodismo. Para triunfar a paso de carga de húsar curtido en las artes nobles pero poco «productivas» de la conversación en los salones del gran mundo, la divagación lírica sobre cuestiones amorosas, la faena esencial de su vida: ser feliz, contra viento y marea.

El Rey Juan Carlos entrega el premio Luca de Tena a Jean d’Ormesson en 2002
El Rey Juan Carlos entrega el premio Luca de Tena a Jean d’Ormesson en 2002-ABC

Incluso alejándose de la tradición masculina de su familia, para «refugiarse» en el vagabundeo más puro, d’Ormesson no pudo escapar a un trabajo noble. Tras su iniciación como cronista de sociedad (Proust había cultivado el género mucho antes que él), en Paris Match, y publicar sus primeras novelas, con un éxito fulgurante, d’Ormesson no consiguió evitar su nombramiento como director del matutino conservador «Le Figaro», en 1974, cargo que ejerció con mucho brío durante tres años, hasta que consideró insoportables las intrusiones políticas del nuevo propietario del periódico, Robert Hersant.

Libre, de nuevo, tras dimitir como director, con elegancia fulminante, Jean d’Ormesson seguiría escribiendo en «Le Figaro», hasta su muerte. Ejerciendo de figura tutelar del conservadurismo liberal con una tolerancia «libre pensadora» muy equilibrada, irónica. Adversario frontal de todas las izquierdas, d’Ormesson fue amigo íntimo de François Mitterrand, como su padre lo había sido de Leon Blum. Defensor impecable de Nicolas Sarkozy y François Fillon, pidió el voto para Emmanuel Macron, en la última elección presidencial.

D’Ormesson cumplía tales tareas cívicas y políticas con una suerte de «resignación cristiana». Cumplido tan ingrato trabajo, el hombre de mundo volvía a sus salones, seduciendo con su ingenio, su talento, su gracia natural y su elegancia, a jóvenes y mayores, chicas y señoronas, sindicalistas y «carcas», hombres, mujeres y niños, ancianos y ancianas, víctimas, siempre, de las buenas artes de la conversación de un maestro único en el arte más difícil: ser feliz.

Toda la obra literaria de Jean d’Ormesson, más de medio centenar de relatos y novelas, vuelve siempre a sus temas esenciales: la elegía, el recuerdo maravillado de un tiempo pasado que nos sirve de introducción a un arte de vivir, con gracia y en gracia.

El amor, la familia, los seres queridos, el tiempo que pasa, tocándolos a todos con su melancólica patina, son el «paisaje» íntimo donde el novelista y hombre de mundo vuelve siempre al principio mismo de toda su obra: vivir para ver y contar, maravillándose a cada instante con los dones y frutos de todas las cosas creadas, contempladas y amadas con la pasión de un niño que descubre el mundo a cada instante.

Ha muerto como vivió: tranquilo, sonriente, rodeado de los suyos, en Neuilly-sur-Seine, una periferia acomodada, intentando convencerlos de la inutilidad del llanto y la gloria de vivir y morir en paz, presto a descubrir nuevos mundos, más allá de la vida.