DOMINGOS CON HISTORIA

Menéndez Pidal y los españoles en la historia

El patriotismo del intelectual coruñés fue el resultado del estudio en las bibliotecas y laboratorios

Ramón Menéndez Pidal, en 1960, durante la firma del acto de cesión del Cantar de Mio Cid a la Biblioteca Nacional.
Ramón Menéndez Pidal, en 1960, durante la firma del acto de cesión del Cantar de Mio Cid a la Biblioteca Nacional. - ABC
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR - Actualizado: Guardado en: Cultura

Acababa de cumplir setenta años Ramón Menéndez Pidal cuando concluyó la guerra civil. La vitalidad de aquel hombre enjuto, de apariencia frágil y con el aire melancólico y sagaz de un profesor de fin de siglo, le permitió atravesar las circunstancias más esperanzadas y tristes de una nación a cuya comprensión y defensa dedicó su inteligencia poderosa y entusiasta corazón. Como tantos españoles de su tiempo -como tantos patriotas de su época-, Menéndez Pidal hubo de mantenerse a una cautelosa distancia de un fanatismo estúpidamente confundido con la integridad del carácter y la firmeza de los principios. Su prudencia nunca fue falta de coraje o palidez de convicciones, sino moderación política, elegancia intelectual y respeto ideológico: todas esas virtudes cívicas gracias a las cuales la cultura jamás precisa del gesto heroico o el ademán violento. El patriotismo de Menéndez Pidal era el resultado de algo muy vinculado a los miembros de aquella generación nacida en los albores de la Restauración: el estudio en las bibliotecas, la investigación en los laboratorios, la docencia en las universidades, el saber divulgado en libros fundamentales que se interrogaban sobre España. Respondía este hombre egregio al compromiso con una labor científica empeñada en que nuestra nación se encontrara a sí misma, se aprendiera en las horas de estudio y se supiera gracias al reposo de una meditación abierta a Europa desde la raíz de nuestra propia historia. Ese amor crítico e insatisfecho a España era la base de una conciencia nacional que nos proporcionó una edad de plata en todos los órdenes de la creación artística y la ciencia.

Formado en la creatividad de un debate apasionado sobre la tradición y el futuro de nuestro pueblo, en el que participaron tantas figuras deseosas de devolverle su prestigio cultural, el autor de «La España del Cid» y de «Idea imperial de Carlos V» enfiló la difícil posguerra decidido a restablecer esa línea de inquietud y elaboración rigurosa de una idea de España. Una idea que solamente podría dignificarse si sobre ella se establecían los fundamentos de la concordia, de la reconciliación y del aprecio por la herencia común, compartida sin mitos ni exclusivismos. Saber lo que España había sido, saber en qué había consistido su historia, despojarla de místicas tendenciosas y de hazañas ficticias, era un propósito que desbordaba en mucho la imprescindible tarea silenciosa de los archivos y la labor disciplinada de una cátedra. Suponía la creación de una moral cívica, de una ética nacional. Cuando hablaban de la historia de España y de su constitución a través de un largo proceso de experiencia colectiva, los hombres como Menéndez Pidal estaban haciendo un sobrio ejercicio de pedagogía patriótica frente a los acaloramientos del nacionalismo.

En 1947, el primer volumen de la monumental «Historia de España» que dirigió Menéndez Pidal fue prologada por una densa y copiosa introducción. «Los españoles en la historia» se reeditó sin cesar desde entonces, en un volumen aparte. De esta manera irrumpía en el debate nacional una cascada de reflexiones sobre nuestro significado en la trayectoria de los países occidentales, siempre con el telón de fondo de dos asuntos esenciales: por un lado, la existencia de una verdadera conciencia española que asomaba a la historia, al menos, desde los tiempos medievales; por otro, la disposición a arrebatar, a la propaganda de partido o al ensayo mercenario, nuestra condición de comunidad consciente vivida a lo largo de los siglos.

Causa cierto rubor que quienes emprenden su formación universitaria en nuestros días sean condenados a la ignorancia de la tarea titánica de Menéndez Pidal. Produce vergüenza que aquel intenso conflicto de perspectivas haya caído en el olvido de los futuros historiadores. Provoca espanto, sobre todo, que aquel esfuerzo por rescatar España de su propia disolución en una guerra civil, se haya despreciado en un clima que tanto favorece a los que niegan la realidad histórica de España envueltos en la bandera del localismo y del afán separador. Que no se extrañen quienes, con su terca indiferencia cultural, han contribuido a la crisis de las humanidades y al desprestigio de la historia, que por ese vacío caiga nuestra convivencia y nuestra fe en la sustancia común de los españoles.

Recomiendo a cualquier lector, en estas horas afligidas de impugnación nacional, que se acerque a las páginas de «Los españoles en la historia» escritas por alguien que disfrutaba de una condición tan ausente en nuestra época, la de sabio. Un sabio formado entre sabios, que escribía aceptando que había de ser juzgado por intelectuales de alta estatura y temible capacidad crítica. Y leamos, al ritmo de una hermosa lengua -porque hasta eso se ha perdido cuando se escribe la historia, como si la belleza y la precisión fueran virtudes opuestas-, las páginas serenas en que se reivindicó a los españoles y su protagonismo colectivo de un largo proyecto nacional. Leamos de nuevo las palabras de Menéndez Pidal, hablándonos de un pueblo que desplegó formas de existencia social, conceptos religiosos, maneras de entenderse a sí mismos, sentido del honor, humanismo cristiano, amor a la libertad y acatamiento al poder ejercido al servicio del bien común. Leamos también el relato de nuestras crisis, de nuestras lamentables épocas de ferocidad e incivismo. Vayamos, sobre todo, a esa desembocadura en la que el valiente profesor afirmaba la necesidad de superar la escisión de los españoles a ocho años del final de la guerra civil: «No es una de las semiespañas enfrentadas la que habrá de prevalecer en partido único poniendo epitafio a la otra. No será una España de la derecha o de la izquierda; será la España total, anhelada por tantos, la que no amputa atrozmente uno de sus brazos, la que aprovecha íntegramente todas sus capacidades para afanarse laboriosa por ocupar un puesto entre los pueblos impulsores de la vida moderna».

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