Gregorio Marañón fotografiado ayer en Madrid
Gregorio Marañón fotografiado ayer en Madrid - Maya Balanya

Gregorio Marañón«La situación de Cataluña adolece de desmemoria histórica, la justificación de la ruptura es mítica»

El autor ha sido galardonado con el premio Mariano de Cavia por su artículo «La desmemoria que no cesa», una reflexión sobre la memoria histórica publicada en «El País»

Actualizado:

Gregorio Marañón y Bertrán de Lis (Madrid, 1942) tiene un currículo inabarcable, una colección de cargos que bailan entre la realidad empresarial, la cultural y la mediática, mundos distintos en los que tiene un gran peso y destila su ADN humanista. Para más inri, como si tuviera la capacidad de desdoblarse en varios individuos, escribe, una faceta que se ve ahora distinguida con el premio Mariano de Cavia por su artículo «La desmemoria que no cesa», una reflexión sobre la memoria histórica y la necesidad de recuperar el conseso de la Transición publicada en el diario «El País» el 28 de diciembre de 2017. «Es el premio más relevante que un artículo puede recibir en España», comenta con orgullo tras conocer la buena nueva.

El artículo premiado habla de esa memoria histórica que en España brilla por su ausencia. ¿Cree que esa imposibilidad de un consenso sobre el pasado es el gran problema de este país?

La Ley de Memoria Histórica es una de las leyes que más se discuten y peor se conocen. Su exposición de motivos es ejemplar. Cito, de memoria, «es la hora de honrar y recuperar para siempre a todos los que padecieron por motivos políticos, ideológicos o por sus creencias religiosas... Y, desde luego, a quienes perdieron la vida o su libertad». La Ley también insta a los poderes públicos a procurar el conocimiento de nuestra historia y fomentar el espíritu democrático. Otra cosa es cuando una buena ley es utilizada torticeramente, conculcando, con sectarismo, los propósitos que la inspiraron.

En este sentido, ¿cree que esta ley ha ayudado a que el problema esté más cerca de la solución o a que se agrave?

Mientras no seamos capaces de considerar nuestra historia como una historia común en la que los asesinos sean asesinos para todos y sus víctimas sean las víctimas de todos, nuestra convivencia civil tendrá una herida importante abierta, que la Ley de Memoria Histórica ciertamente no ha sido capaz de cerrar aún.

¿Por qué cree que sigue siendo necesario defender los logros de la Transición?

La Transición debe abordarse como un hecho histórico capital, con sus inmensos logros y, por supuesto, también con sus deficiencias. Pero lo esencial fue que las dos Españas se reconciliaron tras cuarenta años de dictadura y una terrible guerra civil; que se recuperaron en democracia todas las libertades; y que terminó un largo aislacionismo incorporándonos a Europa. No reconocer esto es, en el mejor de los casos, ignorancia y, en el peor, un negacionismo de muy peligrosa deriva.

¿Encuentra conexiones entre el problema de la desmemoria y la situación catalana?

La situación de Cataluña, desde luego, adolece de desmemoria histórica. La justificación de la ruptura es mítica, y el intento de llevarla a cabo olvida los debates y los hechos que tuvieron lugar en el siglo XX. Y sí, en cierta medida, es un fracaso de todos, aunque la responsabilidad de este fracaso se debe imputar a los autores del intento de romper nuestro Estado de Derecho.

¿Es posible todavía reconstruir los puentes destruidos con Cataluña?   

Los principales puentes destruidos son internos, los de la propia Cataluña, los que antes unían a los ciudadanos catalanes, hoy enfrentados entre sí. Desde mi optimismo histórico y vital, estoy convencido de que esos puentes se pueden y deben reconstruir..., pero llevará tiempo, y, por supuesto, requerirá recuperar ese espíritu de consenso que hizo posible la Transición, un consenso, hoy como entonces, que se fundamente en unos principios democráticos firmes.

¿Qué banda sonora le vendría bien a este presente?

Estoy convencido de que si el proceso de unificación europeo no se hubiera estancado hace tiempo, la cuestión catalana no se habría planteado. Por ello, en estos momentos elijo como música inspiradora la cantata de Beethoven que empieza con el verso «Europa levántate».

No puedo resistirme a preguntarle, como presidente del Teatro Real, por la polémica nacida por la fusión del Real y la Zarzuela, que tiene muchos detractores. Desde el punto de vista periodístico, ¿en qué medida cree que el hecho de que se publiquen este tipo de polémicas enriquece la vida pública y política de España?

La unión del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela en una misma institución lírica figura en la escritura constituyente de nuestra Fundación, creada en 1995 bajo el Gobierno de Felipe González. Es un proyecto que el actual Ministerio de Educación y Cultura, con inmenso acierto, ha decidido llevar a cabo, y así lo ha aprobado el Gobierno con un Real Decreto. La Fundación es una institución pública, la mayoría de sus patronos los nombra el Ministerio, así como a su Presidente, y los restantes la Comunidad de Madrid; sus cuentas está sometidas a la Intervención General del Estado y al Tribunal de Cuentas; su política de personal a las normas administrativas dictadas por el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas; y el director general es un alto funcionario en comisión de servicios. ¿Cabe alguna duda de su carácter público?

Juntos los dos Teatros vamos a garantizar mejor la búsqueda constante de la excelencia artística, la difusión nacional e internacional del género de la zarzuela, la cooperación de todas las Comunidades Autónomas en la difusión del género lírico español, la difusión audiovisual de la zarzuela, y la generación de recursos económicos, tal como se establece en el Estatuto del Teatro de la Zarzuela. Para ello contamos con todos los trabajadores que quieran sumarse a este proyecto respetando sus condiciones laborales, como se ha dicho por el Secretario de Estado de Cultura, en el Real Decreto, y por nosotros mismos, tantas veces.

Sobre esto, que parece tan elemental, se ha articulado una polémica –lamento decirlo– con tantas mentiras e infamias, que los que las difunden sólo se descalifican a sí mismos. Creo, y lo he demostrado siempre, en el diálogo, y respeto la polémica que merece este nombre. Y, como ejemplo, en estos momentos ya se está negociando con la Orquesta de la Comunidad de Madrid un nuevo convenio que prorrogue y amplíe su colaboración a largo plazo. Y así se irá haciendo con todos los que quieran participar en este proyecto tan ilusionante.

En definitiva, un debate público sobre cualquier cuestión siempre es enriquecedor, con la única condición de que se respeten las opiniones contrarias y no se falte a la verdad. Por supuesto, los medios, en cumplimiento de su función social, hacen bien en recoger este tipo de polémicas.

En estos tiempos de posverdad, de mentiras públicas y publicadas que pueden cambiar votos y el rumbo de un país, ¿qué papel juega el periodismo?

El periodismo constituye una referencia esencial para los ciudadanos. Los medios de comunicación, con su opinión y la información contrastada, son columna vertebral de la democracia, y más en esta sociedad en la que las redes pueden difundir en un instante, escudadas en el anonimato, mentiras e informaciones que afectan al curso de las cosas. Nunca he comprendido el vacío legal que existe respecto a las redes ni que los poderes públicos no tengan una política establecida de ayuda a los medios, blindada ante la tentación de pretender obtener algo a cambio, pues no es cuestión de partidos políticos sino de Estado.

¿Pierde pie el periodismo en un país con problemas serios en la educación?  

Todos perdemos pie si el sistema educativo falla.

Parece que vivimos también el tiempo de las sensibilidades heridas, de la piel fina... ¿Cree que en este sentido se está recortando la libertad de expresión?

No creo que se esté recortando la libertad de expresión. Si alguna vez así fuera, el periodismo dejaría de ser periodismo y perderíamos todos.