Gabo muestra su medalla después de la ceremonia del Premio Nobel en 1982
Gabo muestra su medalla después de la ceremonia del Premio Nobel en 1982 - ABC

El día que García Márquez le pidió a Juan Pablo II que intercediera por los desaparecidos de Argentina

El encuentro con el Papa, descrito en unas páginas de las memorias del Nobel de Literatura que no llegaron a publicarse, sale ahora a la luz gracias a la digitalización del archivo del escritor

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A Gabriel García Márquez la muerte de Juan Pablo I le pilló, como a todo el mundo, por sorpresa. Su mandato había durado apenas un mes y el suyo se había convertido en uno de los Papados más breves de la historia. Gabo estaba confuso y, además, molesto con el destino. Ya no podría cumplir su deseo de tener una audiencia con el Sumo Pontífice para hablarle de los desaparecidos durante la dictadura de Argentina, que el colombiano cifraba en más de 10.000. Sin embargo, gracias al cardenal Paulo Evaristo Arns consiguió un encuentro con el nuevo Papa: Juan Pablo II.

Así, un buen día de 1979, el Nobel de Literatura llegó al Vaticano. El lugar le produjo «desolación», tal y como cuenta en una parte inédita de sus memorias que ahora ve la luz gracias a la digitalización de su archivo en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas. «En el aire inmóbil no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros», anota. Después de una larga espera en «un salón pequeño, con poltronas y frisos dorados y terciopelos mustios», apareció en escena el polaco. Su entrada en la sala, filtrada por el sesgo del realismo mágico, fue más o menos así: «De pronto se oyó un carrillón invisible cuyo sonido no podía ser sino de oro, un hombre esclarecido por la luz oblícua de la Navidad inminente, con una túnica deslumbrante y un solideo deslumbrante, abrió de su propia mano la puerta del fondo...».

Arranque de la crónica inédita del encuentro entre Gabo y Juan Pablo II
Arranque de la crónica inédita del encuentro entre Gabo y Juan Pablo II - ABC

Lo primero que le sorprendió del Papa fue su «inquietante parecido» con el novelista checo Milán Kundera, que se materializaba −más allá de su aspecto físico−, en sus gestos y en el timbre de su voz. Lo segundo que no pudo olvidar fue la fuerza con la que le puso la mano en el hombro para acompañarlo al escritorio donde tendrían la entrevista, que duró exactamente los diez minutos que tenían pactados.

La conversación empezó en castellano, pues Juan Pablo II quería pulir su manejo del idioma antes de una inminente visita a México. Cuando Márquez comprobó su destreza en la lengua, no pudo evitar preguntarle por qué la conocía tan bien. «Me contó de entrada que había estudiado el castellano en la escuela secundaria, porque estaba escribiendo una tesis sobre San Juan de la Cruz y quería leerlo en el original», apunta el escritor. Para cuando se dio cuenta, llevaban cinco minutos hablando del poeta místico y ni había mencionado el tema que le había llevado allí. Entonces, le entregó una carta que resumía el drama de los desaparecidos en Argentina y en la que le pedía que le apoyase en su denuncia de aquella dolorosa situación.

«Como estaba escrita en francés, él asentía con la cabeza a medida que leía, diciendo: "Ah oui, ah oui". Aunque era una lectura dramática, no perdió ni un instante su buena sonrisa, y al final me devolvió la carta como si regresara de un viaje que conocía de sobra, y me dijo en un francés fluido: "Esto es idéntico a la Europa oriental"». Fue la única respuesta que obtuvo con respecto al tema, porque ya no tendría tiempo de volver a retomar la conversación. Los diez minutos eran innegociables.

Solo cuando ya todo terminaba, y el Papa tenía problemas con la llave para salir de la estancia, tomó conciencia de la trascendencia de aquel momento. «¡Qué tal que mi mamá supiera −pensé− que estoy encerrado con el Papa en su oficina!», exclama García Márquez hacia el final del relato. Quizá, como escribió, su petición hubiese llegado a buen puerto de haber tenido más tiempo. A pesar de que nada cambió, el encuentro se fijó con cariño en la imaginación del Nobel de Literatura, que decidió rescatarlo del olvido. «A medida que aquel recuerdo se sedimenta en mi memoria lo evoco menos como una derrota sin batalla y más como un recuerdo de la infancia que merece ser contado», termina.