Fosas comunes de soldados españoles: la herida abierta de la Guerra de Cuba

Un enterramiento colectivo con 102 repatriados que fallecieron tras regresar enfermos en 1898 permanece olvidado en Puerto Real (Cádiz)

MADRIDActualizado:

Una fosa común con 102 soldados españoles olvidada en Puerto Real, Cádiz, es una de las pocas heridas de la Guerra de Cuba que España mantiene abiertas. Sus cadáveres fueron arrojados en una zanja junto al cementerio de San Roque, apenas unos días después de regresar moribundos a la patria, a finales de 1898, tras la pérdida de nuestras últimas colonias en ultramar.

«Este enterramiento colectivo es el ejemplo más claro de que la desinformación por parte del Gobierno con respecto a los repatriados de Cuba fue total. De los 104 soldados que murieron en el lazareto del Fuerte de San Luis, 102 terminaron en esa fosa común sin que ninguna de sus familias recibiera información alguna de que su padre, hijo o hermano había regresado enfermo a Puerto Real. Allí fueron lanzados sin más», explica el historiador gaditano Manuel Izco, autor de «Soldados en el olvido».

Para Guillermo Cervera Govantes –bisnieto del famoso almirante Cervera, héroe de la Guerra de Cuba y ministro de la Marina entre 1892 y 1893– estamos ante la punta del iceberg del drama que vivieron los 158.492 repatriados que, según el estudio de Jordi Maluquer de Montes, recibió España entre 1895 y 1899. «Los de Puerto Real fueron los peor parados. Al Estado le fue materialmente imposible atenderlos a todos. El país estaba arruinado, era una nación moral y materialmente vencida. La mala conciencia por provocar semejante desastre llevó a las autoridades a abandonar a su suerte a estos soldados al llegar a casa», cuenta a ABC este capitán de fragata retirado, que se puso en contacto con Izco para intentar sacar del olvido a estas víctimas y que se les coloque (de momento sin éxito) un monumento funerario próximo a la fosa.

«Espectros»

Cádiz fue uno de los primeros lugares de España en conocer la magnitud humana del desastre. Su puerto fue de los que más barcos recibió, con todos aquellos militares exhaustos y agonizantes. «Héroes enfermos que marchitaron infructuosamente su juventud por la patria», aseguraba entonces «Blanco y Negro». También atracaron en Vigo, Santander, Cartagena, Barcelona, Málaga, Valencia o La Coruña. «La Ilustración Americana y Española» calificaba a los pasajeros del vapor que llegó a esta última ciudad el 23 de agosto de 1898 de «espectros». «Sus cuerpos flácidos y escuetos cubiertos con andrajos les daban un aspecto repugnante hasta el horror y tristísimo hasta hacer derramar las lágrimas», comentaba el diario. Habían muerto 96 pasajeros durante el viaje. El 85% de ellos, a causa de tres enfermedades: disentería, diarrea crónica y paludismo.

«A través de los archivos de la Guardia Civil descubrí que mucha gente se enteró del paradero de sus familiares tarde y mal. Hubo incluso peticiones de pensiones por parte de viudas hasta 1910, cuyos maridos no habían regresado de Cuba. Muchas madres se enteraron años después de que sus hijos habían muerto de fiebre amarilla. Otros familiares tampoco pudieron cobrar la pensión porque nunca supieron qué les había pasado a sus parientes. El Gobierno tuvo mucho interés de que esto no trascendiera a la opinión pública y echó tierra encima», defiende el arqueólogo aragonés Javier Navarro, que ha conseguido identificar a los más de 58.000 muertos que produjo la guerra tras una investigación de diez años que publicará en 2019. Y revela que más de cincuenta familias se han puesto en contacto con su asociación, «Regreso con Honor», en búsqueda de información sobre el paradero de aquellos abuelos y bisabuelos que se marcharon a luchar a Cuba y nunca más volvieron a saber de ellos.

Según la información del Archivo Histórico Nacional, entre febrero de 1896 y noviembre de 1898, se contabilizaron 10.995 soldados repatriados inútiles y 33.808 enfermos. Siguieron llegando hasta bien entrado 1899, en un viaje de regreso que era una auténtica tortura. Se le llamó «La flota silenciosa». Dos semanas de travesía apretados en los barcos de la Compañía Transatlántica sin apenas comida ni bebida, mezclados sanos y enfermos y sin apenas asistencia sanitaria. La realidad de la guerra no podía ocultarse en sus cuerpos demacrados. Ya no había representantes políticos dándoles la bienvenida en el puerto. La sociedad pasó de la orgullosa exaltación patriótica de las despedidas a la más absoluta tristeza. «Lo que nosotros vimos no eran cien soldados, sino cien cadáveres en el más lastimoso estado», relataba desde Jaén «El Diario Católico» el 29 de septiembre de 1898.

Cádiz: 15 muertos al día

La mayoría de ellos iban a parar a los lazaretos, donde intentarían conservar la vida durante las terribles cuarentenas. El objetivo: evitar la extensión de las epidemias por tierra firme. «En los libros de sepultura del cementerio de Puerto Real y en los certificados de defunción del registro civil pude comprobar que, algunos días, morían 14 o 15 personas en el lazareto del Fuerte de San Luis. A veces fallecían dos soldados en la misma cama en menos de 24 horas. Llegaba uno, moría, colocaban rápidamente a otro en su lugar, y fallecía también. La mortalidad en las primeras semanas fue tremenda. Tuvo que ser algo esperpéntico, con decenas de chavales muriendo en cuestión de horas tras llegar de Cuba», explica el historiador gaditano, que ha averiguado los nombres y las causas de defunción de todos los cadáveres enterrados en la fosa común, la mayoría menores de 23 años que sucumbieron a la disentería y al «catarro intestinal». Los restantes, a causa de otras enfermedades traídas de Cuba, como el paludismo, la caquexia o la disentería.

Los supervivientes sufrieron otro calvario: el de su reinserción social y laboral en una España en ruinas. «Muchos llegaron inválidos, sin posibilidad de recuperar sus trabajos en el campo. Volvían a la pobreza y el Gobierno no supo darles respuesta», afirma Navarro sobre los jóvenes españoles de clase baja que nutrieron el Ejército, al no disponer de las 1.500 pesetas que costaba librarse de ir a la guerra. Esto perjudicó a las economías familiares más pobres, cuyos repatriados tuvieron que soportar duras condiciones de vida: niveles de empleo enfermizos, salarios deficientes y problemas de vivienda, alimentación, sanidad y educación. Muchos se vieron abocados a la indigencia, según defienden Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox en «1818-1996. El Desafío a la Modernidad», donde hablan, incluso, de las leyes dictadas para evitar que estos pidieran limosna en las calles.

Un infierno que ya anticipó el escritor Vicente Blasco Ibáñez en su artículo «El rebaño gris», publicado dos semanas después de comenzar la guerra: «Si quedan inválidos, pueden aprender a tocar la guitarra para pedir caridad a cualquiera de esas familias enriquecidas en Cuba. Es posible que les arrojen dos céntimos desde sus carruajes». Y lo constató en otro texto de enero de 1899: «Esos infelices españoles son las únicas víctimas de las locuras patrioteras y de los errores gubernamentales, pues continúan siendo víctimas al poner el pie en la Península. Pero no por desdichas nacionales inevitables, sino por olvidos voluntarios».