NIETO
La Tercera

El español, lengua global

«El español es nuestro producto más internacional y también el más internacionalizable. Si “lo mejor” de la historia de España es “la creación y desarrollo de la lengua española” -como se ha afirmado, con justificado énfasis- hora es de aprovechar y ganar la promesa de futuro que ello supone»

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«Lengua, empresa y mercado»: este es el título del volumen que, recién presentado, cierra una serie de catorce monografías sobre las plurales dimensiones del español en tanto que lengua de comunicación internacional. Impulsada por Fundación Telefónica a lo largo de diez años, se trata de una investigación que sitúa al español a la cabeza en este campo de estudio, complejo analíticamente y hasta ahora muy poco transitado. Ninguna lengua cuenta con algo comparable, constituyendo un magnífico ejemplo de cómo la sociedad civil —en este caso representada por una gran empresa— acomete lo que en otras circunstancias correspondería al sector público.

Las catorce monografías responden a un trazado lógico. Primero se definen los conceptos fundamentales sobre los que asentar el resto del estudio y se fija el cómputo demográfico —los hablantes del español en el mundo— sobre el que operar. A partir de ahí, paso a paso, se atiende a aquellos ámbitos que mejor revelan los réditos del español, tanto a escala macroeconómica (cuentas nacionales y análisis sectoriales) como a escala microeconómica o empresarial, con volúmenes dedicados a las industrias culturales, a la enseñanza del español como segunda lengua, a los flujos económicos y las migraciones internacionales, a la red y las tecnologías de la información y la comunicación. Concluido ese recorrido, se estudian los aspectos en que el español es más defectivo —considerando también las implicaciones económicas— y donde se plantean los más exigentes desafíos: su menguado estatus como lengua internacional, su lugar marginal en la comunicación científica y su problemático arraigo intergeneracional en Estados Unidos.

La lengua, ¿bien económico? Sí: un activo inmaterial que cabe considerar como un bien público dotado de singulares atributos: no es apropiable en exclusiva por quienes acceden a su uso, no se agota al ser consumido, tampoco se deprecia -sino todo lo contrario- al hacerse masiva su utilización, carece de costes de producción en tanto que lengua materna y genera cuantificables beneficios económicos, muy particularmente en el ámbito de las transacciones comerciales y financieras y en los procesos de internacionalización empresarial, pues la lengua compartida equivale a una moneda única que reduce los costes de casi cualquier intercambio, facilitando una familiaridad cultural que acorta la distancia psicológica entre las partes (el «trato» que lleva al «contrato»). Un valiosísimo bien público, en definitiva, dinamizador de la actividad mercantil y también nutriente fundamental del capital social que cohesiona una comunidad.

El trabajo demuestra con rigor y detalle cómo el español, lengua plurinacional y multiétnica, posee hoy una creciente capacidad de crear valor económico, ganando posiciones como «lengua de negocios». Con un horizonte desde esta perspectiva, especialmente promisorio, dada la creciente apertura de la economía española y de las mejores economías de la región de América Latina, con excelente posicionamiento tanto en la cuenca atlántica como en la del Pacífico, y dado el peso de la población hispana en Estados Unidos.

El español puede desempeñar por ello un papel clave en el peso de la comunidad iberoamericana en el orden internacional que presidirá el tiempo que viene. Sus credenciales son, desde luego, estimulantes: segunda lengua de comunicación universal, tras el inglés, la segunda lengua adquirida en los países de lengua no inglesa, ocupando también la segunda plaza en la red tanto por número de usuarios como por páginas web. En conjunto, un lugar privilegiado si se acierta a hacerlo valer, y tanto en el terreno cultural como en el económico y, quizá también, en el geopolítico. En el primero, el cultural, la lengua común —y todas las expresiones culturales que lleva consigo— ha de constituir el eje vertebrador por excelencia. En el económico, dada su capacidad dinamizadora de intercambios y oportunidades de inversión, puede constituir una eficaz palanca para conseguir avances de las economías que hablan español en el mercado mundial. En fin, cohesión lingüística, cultura compartida y economía pujante: óptima combinación para hacerse notar en el orden geopolítico.

En todo caso, la economía de la lengua acabará siempre por remitir a la economía que en esa lengua se produce, que en esa lengua se ofrece, que en esa lengua se intercambia. Debe huirse de la autocomplacencia. El español dispone hoy de no pocas bazas para, como lengua románica universalizable, acompañar durante largo tiempo -acompañar, no rivalizar- a la lingua franca, a la lengua sajona ya universalizada, el inglés. Pero a condición de no depender tanto del crecimiento «natural» demográfico como de la calidad institucional de los países hispanohablantes, de la competitividad de sus respectivos tejidos productivos y de la reputación social de sus empresas.

Ítem más: esta lengua global que es el español, con tanta fortuna en su devenir histórico, pues su expansión durante siglos se ha hecho sin especiales apoyaturas administrativas de promoción, una lengua crecientemente americana dadas sus ganancias al norte y al sur del continente, se merece una política de altura con doble planteamiento. Por una parte, que el español sea considerado como bien preferente a todos los efectos, también por los ministerios de Economía y Hacienda, y que su proyección internacional sea una tarea a largo plazo, con un Instituto Cervantes muy reforzado y con las prioridades que ello comporta en el campo de la enseñanza del idioma, en la elección de las lenguas de trabajo en foros internacionales y en el apoyo, claro está, a todos los procesos de creación cultural; una política que trascienda las alternancias gubernamentales y los ciclos políticos, ganando potencia y continuidad. Vigorosas políticas públicas, en suma, para un cometido que es alta responsabilidad pública.

Por otra parte, que para esa política de impulso internacional se articule una estrategia compartida por España y todos los países que son también titulares de esta propiedad mancomunada que acredita la oficialidad multinacional del español.

Seamos consecuentes, dicho de otro modo. El español es nuestro producto más internacional y también el más internacionalizable. Si «lo mejor» de la historia de España es «la creación y desarrollo de la lengua española» -como se ha afirmado, con justificado énfasis- hora es de aprovechar y ganar la promesa de futuro que ello supone.

*José Luis García Delgado es codirector de la investigación valor económico del español.