Antonio Machado, visto por Nieto
Antonio Machado, visto por Nieto - NIETO
Domingos con Historia

La discreta inmortalidad de Machado

En 1975, ninguna ninguna bandera pudo dividir a una España que se celebraba a sí misma en el centenario del escritor que mejor nos habló de nuestros sueños

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A aquellos años setenta, donde el aire de vísperas se conciliaba con la nostalgia, llegó una generación nacida tras el final de la Guerra Civil. Quienes iniciaban el tiempo de su primera madurez se mezclaban con los jóvenes ya más alejados de la sombra de la contienda. Y unos y otros buscaban las razones de una España cuyo carácter siempre se les había descrito con las deformaciones propias de la victoria o de la derrota. Habíamos de emprender el camino de nuestra reconciliación más densa y duradera muy poco más tarde.

Pero España aparecía con el semblante turbio de una empresa frustrada, o con el aire adverso de una tierra encolerizada, de un solar habitado de odio e intransigencia. A nuestras espaldas se cargaba el peso de los asesinados, de los fugitivos, de los desesperados. En nuestra memoria nacional se agrupaba una crónica de fanatismo y desencuentro. Nuestro pasado era el de un país dislocado, absorto en la melancolía de gestas exhaustas y causas perdidas. Nuestro recuerdo colectivo era el de ingenuos soñadores e intelectuales perplejos lanzándole al mundo la pregunta dolorosa que parecía enmarcar el siglo XX: «Dios mío, ¿qué es España?».

Nuestra reciente historia parecía haber respondido del modo más cruel a esa pregunta, separando a los españoles en dos bandos, que pretendieron encarnar en exclusiva las razones de nuestra nación. Quiso hacerse de la Guerra Civil la desembocadura lógica de un destino atormentado, de un conflicto esencial que nos impedía construir un país moderno, y legiones de estudiosos extranjeros se abalanzaron sobre nuestra crisis de los años treinta para presentar al mundo la fascinante peripecia de un pueblo primitivo y bárbaro.

Olvidaban, desde luego, que aquel drama estaba muy lejos de ser nuestro exclusivamente y que, poco después de la Guerra Civil, Europa entera se despeñó en una lucha cuya ferocidad y envergadura supusieron que quedara desplazada para siempre del lugar de potencia económica y hegemonía cultural que había ocupado durante siglos. Pero si la historia se construye con acontecimientos, el recuerdo se fabrica con una textura más borrosa. La retórica de los perdedores y de los vencedores se fundió en una furiosa vanidad de excombatientes, y todos ellos proyectaron sobre los españoles la visión de una España incapaz de gobernarse, sin solvencia cívica para construir un país en democracia, condenada a vivir en esa constante ruina moral sobre la que se arrojaban sin respuesta las preguntas angustiosas formuladas por sucesivas generaciones de patriotas ignorados.

Responsabilidad social

Cuando cualquier europeo occidental adquiría con plenitud y normalidad su conciencia nacional, y la vivía con la serena exigencia de la ciudadanía, los españoles que iban llegando a la edad de la responsabilidad social parecían vivir en un país cuya historia inmediata no les permitía disponer de esa elemental confianza. No era bastante la prosperidad adquirida en los años de dura reconstrucción económica, ni la difícil conquista de derechos sociales, ni la expansión creciente de la exigencia de justicia y libertad. Hacía falta algo más, que debía reunir todos estos factores en un cauce indispensable: la conciencia de ser una nación apasionante, capaz de acuñar su destino fuera de la oscura determinación que una nueva leyenda negra nos había asignado en el pasado siglo. Y eso solo podía llegar de la mano de la cultura, de lo que nos recordaba la relevancia de España en la construcción y defensa de los ideales de la civilización occidental.

Esa respuesta se obtuvo siempre en la poesía de Antonio Machado. En 1975, ninguna trinchera, ninguna bandera, ninguna militancia pudo dividir a una España que se celebraba a sí misma en el centenario del escritor que mejor nos habló de nuestros sueños. A él acudíamos, hartos de triunfalismos épicos y de pesimismos desoladores. A su discreción, a su palabra queda, a su falta de cinismo cruel y a su abundancia de ironía bondadosa. En sus versos hallábamos al hombre que no levanta la voz, que no se da importancia, que nunca rinde las armas de su compasión y jamás depone la fuerza de su integridad. Fue un poeta que, al ser reivindicado muy pronto por los dos bandos de la Guerra Civil, demostró que su herencia solo podía ser la de España entera.

Equipaje moral y literario

Aquella generación que llegaba a las inmediaciones de la democracia, y que muy pronto se entregaría a la empresa compleja y fundacional de la Transición, llevó siempre a Machado en su equipaje moral y literario. Nos sabíamos de memoria sus amargas referencias a las dos Españas, prendidas como una admonición que nos animaba a no cometer errores que volvieran a fracturar nuestra existencia comunitaria. Pero también vivíamos al pie de su insuperable amor a esa nación que, como a todo patriota auténtico, no podía gustarle demasiado por lo que era, sino por lo que podía llegar a ser. A través de sus ojos contemplamos un tiempo malherido, y a través de su palabra meditamos en el paisaje interminable, en el campo infinito de la Castilla que quiso ser metáfora de una nación entera, integradora, abierta, europea, tradicional y moderna para los hombres del 98.

Otros poetas, como García Lorca, nos seducían con el vigor de sus imágenes, con la misteriosa eficacia de su pureza lírica, como Guillén, o con el asombroso caudal de una palabra que parecía reiterar la constante recreación de la naturaleza, como Aleixandre. Antonio Machado nos llegaba al alma de otro modo. De la misma manera que nos llega el sabor del aire espeso, en las últimas horas de la tarde, al admirar cómo se inclina el cielo sobre la tierra inmóvil. Porque así la miraba un poeta nacido cien años atrás, reconociendo en el postrer suspiro del día la fortaleza de aquella nación tendida ante sus ojos. Aquella patria tan extraña, contradictoria, tierna y amarga, caritativa y egoísta, compleja y difícil, aquella España que nos salvó, entre las sombras más áridas del tiempo funesto, un puñado de hombres decentes.