Francisco de Aguilera y Becerril, conde de Villalobos
Francisco de Aguilera y Becerril, conde de Villalobos - Ángel martínz Levas

El conde de Villalobos, el noble madrileño que nos puso el chándal

El Museo Cerralbo de Madrid expone el legado de Francisco de Aguilera y Becerril, precursor de la Educación Física en España

MadridActualizado:

La historia del XIII conde de Villalobos, como la de casi todos los pioneros, fue un quiero y no puedo. Un sendero de ilusión y espinas interrumpido antes de lo esperado. A mediados del siglo XIX, lo más parecido a la gimnasia tal y como la conocemos eran los ejercicios que hacían los trapecistas en El Retiro o el Circo Price. Fue este noble madrileño, al que no dejaron heredar, quien sacó al deporte de la escena lúdica para convertirlo en un hábito de vida saludable.

Fotos: Javier Rodríguez Barrera
Fotos: Javier Rodríguez Barrera

Su legado estará expuesto hasta el 11 de febrero en el Museo Cerralbo de Madrid, fundado por su hijo a finales del siglo XIX. Él no tuvo los problemas familiares de su padre, a quien le hubiera gustado ser torero. Los críticos de la época decían que, por su buena condición física, tenía posibilidades para hacer carrera, pero en casa le quitaron la idea. «Era algo totalmente inadmisible, no estaba bien visto y su familia se lo impidió», explica Cecilia Casas, conservadora del museo y comisaria técnica de la exposición «El conde de Villalobos. Los orígenes de la gimnasia en España». «La nobleza y las grandes familias aristocráticas del siglo XIX tenían una función social muy delimitada. Su función era ocupar puestos representativos en el Ejército o en el Gobierno y gestionar sus tierras. Nunca realizar trabajos fuera de esas labores».

Por esta razón no está muy claro de dónde le vino la afición por el deporte. Se cree que pudo ser a través de la lectura. O quizá viendo algún número de funambulismo en su tiempo de ocio. «Él era un personaje adelantado a su tiempo, porque tenía unos intereses filantrópicos fortísimos. Fue casi como un enlace entre los ilustrados y la Institución Libre de Enseñanza. Una persona que tenía puesto el ojo en el progreso del país y de la sociedad», sigue Casas. «Tenía unas capacidades intelectuales muy altas por lo que hemos estado estudiando en la documentación. Leyó libros en muchísimos idiomas, era un hombre autodidacta, sus notas eran excelentes».

Entonces, ¿cómo un hombre tan metido en los libros se interesó por los límites y beneficios del esfuerzo físico? «Él practica funambulismo y es posible, aunque esto es una hipótesis, que estuviera metido en alguna compañía», apunta el profesor Ángel Mayoral, comisario científico de la exposición y uno de los que mejor conoce la figura del conde.

Entre sus principales logros está el gimnasio civil que abrió en Madrid en a finales de 1841, cuando tenía apenas 24 años. «Ese gimnasio empieza a funcionar el 10 de octubre», explica Mayora. «Hemos encontrado documentos en los que el gimnasio empieza como una iniciativa privada por un sistema de acciones. Es decir, que tú podías suscribir una acción y el gimnasio te “pagaba” con ejercicios, con clases. ¿Qué debió ocurrir? Pues que no funcionó. Algo normal porque en aquella época en España a muy poca gente le daba por hacer ejercicio».

Cambio de paradigma

En Europa (en Francia principalmente, que es por donde viajó el conde para empaparse de esta tendencia) ya había gimnasios como los de hoy. Pero en España no hubo público y el gimnasio acabó cerrando. Eran tiempos en los que gimnasia se escribía con «g» o con «j», según el día. Tiempos en los que España estaba a otras cosas todavía.

El conde tuvo la mala suerte de morir joven. Falleció mientras se celebraba la Exposición Universal de París de 1867, donde llevó algunas máquinas que había diseñado para mejorar la forma física. Ese fue su principal legado: un cambio de paradigma. El deporte (la educación física) dejó de ser una práctica de funambulistas para convertirse en un hábito necesario. A París llevó aparatos, como el toraxómetro, que podrían ser el antecedente de las espirometrías actuales. «Él analizaba tanto a los alumnos como a sus pacientes. Estudiaba su capacidad vital, su capacidad aeróbica o el número de respiraciones por minuto», concluye Cecilia Casas.

Se sabe que Francisco de Aguilera y Becerril (su nombre de andar por casa) murió de repente y de madrugada. Lo que no se sabe es qué pasó con sus principales invenciones, muchas de las cuales se conocen solamente por bocetos y apuntes del conde. No está claro si esas máquinas se vendieron en París, si regresaron o si se perdieron. El caso es que su legado sirvió para que hoy, quien mas quien menos, guarde un chándal en el armario.