La huella de España en EE.UU.

Bernardo de Gálvez: Yo solo

Gobernador de Luisiana, logró liberar el Misisipi y el Golfo de México

Bernardo de Gálvez: Yo solo
BORJA CARDELÚS - Actualizado: Guardado en: Cultura

La declaración de guerra a Inglaterra por parte de España es una campanada cuyo retumbo aún no se ha extinguido sobre el escenario del teatro americano, donde se ventila la Independencia de las Trece Colonias, cuando hay alguien que, al margen de rumores, pasa a la acción, porque lleva tiempo adiestrando sus tropas, tiene un plan y se aplica a su ejecución sin dilación alguna. Se trata del gobernador de Luisiana, el malagueño de 33 años Bernardo de Gálvez.

Desplegando las banderas española y norteamericana remonta el Misisipi en busca de los fuertes ingleses que defienden la ribera oriental del río. Al amanecer ataca el de Bute de Manchac y lo toma sin una sola baja. A continuación se dirige al de Baton Rouge y lo rinde, obligando al coronel Dickson a incluir en la capitulación la entrega del fuerte de Panmure, en Natchez. En tres semanas ha tomado tres fuertes y hecho mil prisioneros, y regresa a la base de Nueva Orleans para dar un respiro a sus tropas y allegar refuerzos. Pero los éxitos del jovencísimo Gálvez ya están despertando recelos en los superiores locales Navarro, gobernador de Cuba, y Bonet, jefe de la Armada de las Antillas, que escatiman los refuerzos pedidos. En España, ayer y hoy la parte más difícil de un sonado triunfo es sobrevivir a las envidias que genera. Pero Gálvez decide pese a todo continuar su campaña del río con las fuerzas a su disposición, y las dirige ahora contra una plaza de fuste, Mobile.

400 muertos

Pero, al arribar, una desaforada tempestad desbarata su flotilla y causa la muerte de 400 hombres. Para cualquier otro es el momento de abandonar la empresa, mas para los ánimos superiores las adversidades son meros obstáculos que acrecen su gloria. Bernardo de Gálvez ordena construir escaleras con los restos del naufragio y con ellas asalta las murallas de Mobile, mientras su afinada artillería golpea sin descanso. Los españoles, «cansados, sin ropa adecuada y rescatados de un naufragio», obtienen una pronta victoria.

Solo queda Pensacola, ciudad habitada, la joya de la corona inglesa en el Misisipi, la llave del río y del Golfo de México. Imposible tomarla sin fuerzas frescas y adicionales, toda vez que defienden la plaza los formidables cañones de Barrancas Coloradas. Las pide Gálvez y las niegan Navarro y su camarilla de oficiales veteranos, que asisten con resquemor creciente a la fulgurante progresión del jovencísimo gobernador de Luisiana. Qué decir cuando al llegar Gálvez a La Habana para demandar en persona los refuerzos se conoce su ascenso por Carlos III a mariscal de campo y su nombramiento como jefe supremo de las fuerzas españolas en Norteamérica.

No basta eso para que le sigan escatimando los refuerzos, porque a estas alturas, según es habitual, la envidia se ha trocado en odio ciego, y ni siquiera los apremios de Carlos III, presionado por Washington, que concede importancia fundamental a la campaña del Misisipi, doblegan la enconada voluntad de Navarro. A regañadientes acaba por ceder, pero solo en parte, con el pretexto de que Cuba no puede reducir los efectivos de su defensa.

Estrecho pasaje marítimo

Gálvez, para quien cada día es de oro, parte hacia Pensacola llevando detrás una parte de la Armada antillana, al mando del almirante Calvo de Irazábal. El arribo se produce sin novedad, pero la ciudad cuenta con un invencible aliado, la Naturaleza. Para acceder a Pensacola es preciso cruzar un estrecho pasaje marítimo, defendido por la famosa batería de cañones de Barrancas Coloradas.

Gálvez pide a Calvo que la flota cruce el angosto paso, pero este se niega, pretextando que hacerlo supone convertirse en fácil blanco de los cañones ingleses. La tensión alcanza su cota máxima. Gálvez desliza por escrito la insinuación de cobardía, y Calvo le contesta llamándole «arribista mimado y traidor», amenazándole con colgarle del palo mayor, lo que hubiera hecho de no ser Gálvez sobrino del poderoso ministro de Indias, don José de Gálvez.

Es la hora de la hazaña de Bernardo de Gálvez, la que le hará añadir a su escudo de armas el lema «Yo Solo». Embarca en su bergantín Galveztown, iza su pendón para que sepan los ingleses quién va en él, dispara una desafiante salva y atraviesa el peligroso estrecho. Los cañones ingleses se vacían sobre él, pero logra pasar indemne. El resto de la humillada flota no tiene otro remedio que seguirle y Gálvez instala su bien preparada artillería a distancia de tiro de Pensacola. Humanitariamente, evita disparar sobre la ciudad y solo lo hará contra las instalaciones militares. Al cabo de semanas de bombardeos estalla un polvorín, las defensas se derrumban y el general Campbell iza bandera blanca. Bernardo de Gálvez había logrado liberar el Misisipi y el Golfo de México y ponerlo a favor de las tropas de Washington, en una de las batallas más relevantes de la guerra de Independencia americana.

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