El autor, durante la entrevista, en Sevilla
El autor, durante la entrevista, en Sevilla - Rocío Ruz

Antonio Rivero Taravillo: «Cirlot es una especie de William Blake de la literatura española»

El poeta sevillano publica la primera gran biografía de Juan Eduardo Cirlot

SevillaActualizado:

Antonio Rivero Taravillo sostiene rotundo que «no haría biografías por encargo». Las razones que esgrime este poeta y traductor de Yeats y de Shakespeare es que el género biográfico es «de algún modo apéndice de la propia obra. Cuando un escritor se fija en otro no solamente está escribiendo sobre ese otro, sino también de algún modo escribiendo de sí mismo, de su mundo y de sus obsesiones». Por ello, sus dos biografías están dedicadas a dos poetas que le han fascinado y le han dejado huella: Luis Cernuda y Juan Eduardo Cirlot. Esta última acaba de aparecer, editada por Fundación José Manuel Lara, y ganó el premio Antonio Domínguez Ortiz 2016.

Cirlot es un poeta de culto, que este año cumpliría 100 años, una de las voces más singulares y heterodoxas de la literatura española del siglo XX. Nacido en Barcelona, orbitó, aunque siempre en los márgenes, alrededor de las vanguardias en una España dominada por el acomodaticio garcilasismo. Además, fue crítico de arte, compositor atraído por Stravinski y Scriabin, y autor de una obra dominada por el simbolismo y lo visionario.

Su cumbre es el llamado ciclo «Bronwyn», inspirado en la película protagonizada por Charlton Heston «El señor de la guerra» (1965), en la que el deslumbramiento por Rosemary Forsyth (Bronwyn en la cinta) desencadena un largo y complejo poema sobre el eterno femenino cargado de símbolos y referencias a mitos y religiones. Rivero Taravillo no duda en situarlo entre los mejores poemas en lengua española del siglo XX, a la altura de «Piedra de sol», de Octavio Paz.

¿Cuándo descubre a Cirlot y qué le atrajo de él como poeta?

Siempre me habían interesado la Edad Media y la literatura céltica, y fue ver la antología de Cirlot en Cátedra, que tenía una reproducción de un cuadro prerrafaelista, de la dama de Shalott, para sentir un cortocircuito. Lo leí y me di cuenta de la rareza de Cirlot y de su mundo inabarcable. Me pregunté por qué yo desconocía a un autor así, que está tan en sintonía con mi propio mundo, y de esto hace treinta años.

Lo sitúa como uno de los cuatro mejores poetas españoles del siglo XX.

En ese grupo de cabeza está. Por varias cosas. Uno, porque es de los que de verdad tienen un mundo propio e intransferible y porque la expresión va vinculada a un contenido. También porque aborda la poesía de largo aliento, como, por ejemplo, los grandes poemas río como «Piedra de Sol». Cirlot en el ciclo Bronwyn alcanza lo que no se había hecho nunca en español. Por una parte, un conjunto de poemas dedicados a un mismo símbolo; y por otra, la experimentación constante que lo hace siempre estar en la vanguardia, aun cultivando un tema medieval.

El ciclo Bronwyn parte de «El señor de la guerra», una película de cultura popular, pero lo lleva al terreno del simbolismo y la gran tradición literaria europea.

Lógicamente, Cirlot se queda prendado de Bronwyn, que es bellísima, pero no tanto de ella o de la actriz, sino del símbolo y el mundo que representa. Cirlot, que era un gran conocedor de los símbolos y los había incorporado a su obra, ve la película bajo esa luz y todo lo ve bajo un prisma de mitos, antiguas creencias, de correspondencias... Y actúa como una especie de detonante de ese mundo que él tenía. Y no se conforma con evocar épocas pasadas, sino que indaga en lo que más le interesa: el alma o el ánima de uno visto en alguien que es ella, que representa su muerte, y de ahí la vinculación que establece con Hamlet, con la religión musulmana y todas estas correspondencias que son puentes que maneja como nadie.

¿Por qué, entonces, Cirlot es un autor de culto y no está en un lugar preferente del canon?

Sí, sin duda, su postura política le marginó. Ahora bien, él era lo más alejado del mundo de la polis, era alguien replegado a mundos interiores. Sí es verdad que rechazaba el nacionalismo catalán y el secuestro, entre comillas, de la cultura por parte de la izquierda. Tampoco encajaba en ninguna de las familias políticas. Para unos era un revolucionario vanguardista y para otros era un fascista arcaizante y en ningún caso tenía su acomodo. Y eso es lo que hace al genio, porque el genio es aquel que rompe moldes.

¿Influye también que Cirlot fuera de derechas y un escritor catalán que escribía en español?

Sí, sin duda, su postura política le marginó. Ahora bien, él era lo más alejado del mundo de la polis, era alguien replegado a mundos interiores. Sí es verdad que rechazaba el nacionalismo catalán y el secuestro, entre comillas, de la cultura por parte de la izquierda. Tampoco encajaba en ninguna de las familias políticas. Para unos era un revolucionario vanguardista y para otros era un fascista arcaizante y en ningún caso tenía su acomodo. Y eso es lo que hace al genio, porque el genio es aquel que rompe moldes.

En pocas palabras, ¿cómo definiría la obra de Cirlot?

El gran heterodoxo español del siglo XX, porque teniendo una raíz que anhela la ortodoxia, el orden… tiene siempre un pie puesto en el abismo. Es alguien con una capacidad creadora apabullante y que lleva la lengua española a una tensión a la que no se había llevado nunca ni se ha vuelto a llevar más allá después de su muerte.

—¿Cuándo se dio cuenta de que ahí había una biografía?

—Hará unos veinticinco años. Pensé que debería escribirse una biografía y me sorprendió que no la hubiera. Hice un primer borrador que cubrió sus primeros años. Lo dejé, aunque luego he seguido leyendo de forma constante sobre Cirlot y escribiendo algunos artículos. Hace tres o cuatro años pensé que era el momento de escribir la biografía porque seguía sin escribirse. Lo raro es que un sevillano haya escrito la biografía de este barcelonés tan especial.