El Dylan actual
El Dylan actual - reuters

El Dylan del siglo XXI contra el Bob del XX

Actualizado:

Memorable escena. En la primavera de 1966, Bob Dylan, que cumple 25 años, llega a Inglaterra deseoso de colgar la guitarra de palo y desatar una tormenta de electricidad que lo libere de la etiqueta de cantautor profético-político. Para acometer la operación lo secundan «The Hawks», los futuros «The Band». En el concierto de Manchester, un espectador folky indignado lo insulta: «¡Judas!» Dylan se revuelve: «No te creo. Eres un mentiroso». Luego se gira y da una orden imperiosa a sus desarrapados: «¡Tocad jodidamente alto!» Como gatos erizados descargan su buena nueva: «Like a Rolling Stone».

Dos meses después, Dylan se cae de su moto Triumph en un camino rural de Woodstock. Quiere dedicarse a criar a sus hijos y exagera los daños del accidente para apearse del pedestal y de la gasolina anfetamínico-farlopera que lo consumía. No volverá a una gira larga hasta 1974. El Dylan del siglo XXI, de 74 años, es un avezado hombre de negocios, que exprime sus archivos con discos que llama «Las series de contrabando». El próximo mes publica la duodécima entrega, «The Cutting Edge» (La Vanguardia). Esta vez el viejo ha abierto el auténtico baúl del tesoro: todas sus grabaciones de estudio de entre 1965-1966, cuando reinventó y afiló el rock con acontecimientos culturales tan relevantes como «Highway 61 revisited» y «Blonde on blonde».

Edición limitada

Habrá una edición limitada de solo 5.000 ejemplares con todo: los 379 cortes que grabó entonces. Otra de seis cedés y la terrenal, el disco doble. La maquinaria comercial del universo Dylan es pintoresca. Este verano, un pequeño grupo de periodistas de todo el mundo fuimos invitados en un club-caverna cercano a la hoy anodina Carnaby Street para escuchar en primicia el disco. Una estampa surrealista: un mánager de Dylan pinchaba los temas con su teléfono móvil, en medio de un inmenso secretismo y exigencias de no contar nada hasta el otoño. En un curioso bucle, la reedición del mejor Dylan, el genio rompedor de hace 49 años, se mide con su yo actual: un improbable crooner, que revisita el cancionero de Sinatra y que esta semana se encierra de miércoles a domingo en el Royal Albert Hall de Londres.

Uno de sus discos de archivo, publicado hace lustros, recogió la música urgente de Dylan en el coliseo de Kensington en 1966. Pero el miércoles, en la primera de sus cinco noches en el Royal Albert con el papel vendido (5.000 espectadores por velada), todo es diferente. Dylan viste con su particular etiqueta, la de un tahúr de los vapores de ruedas de la Lusiana fluvial. Es menudo y se mueve con curiosos pasitos chaplinescos (se habla de una artrosis). Solo toca la armónica y el piano de cola, ambos con brillo y energía, y ejerce mayormente de singular crooner, plantado retador ante el micro con las piernas en arco. Asumiendo que su garganta rasca desde hace años, hoy anda bien de voz. Un milagrillo para un exfumador que con su «Gira de nunca acabar» se casca casi 90 conciertos cada año. En Estados Unidos, el gitano errante llega a tocar hasta las explanadas de párkings de la América profunda.

El público londinense es respetuoso, mezcla de coetáneos y jóvenes, el que se merece el mayor artista del siglo XX en activo. Su quinteto avanza engrasado con un gran coche americano de los 50, elegante, preciso, nunca una nota de más y con los punteos matemáticos del enorme Charlie Sexton. Sobre un escenario espartano, de luces blancas y escasas, semejan una panda de músicos errantes animando las melancolías de un salón del Oeste. Su atemporalidad los vuelve inesperadamente modernos.

Las mismas canciones que en París

Pero el concierto –excelente si hablásemos de otro– plantea un problema: Dylan huye de Dylan. De las 20 canciones, las mismas de la semana pasada en París y en idéntico orden, siete son de su disco de versiones de Sinatra y media docena de «Tempest», su álbum de 2012. Ir a ver a Bob Dylan y quedarse sin «Like a Rolling Stone» o «All Along de Watchtower» para a cambio mecerse con tonadas del Broadway de Irving Berlin supone exigir mucho a la parroquia dylaniana (aunque las ataque con sentimiento y solvencia).

Hace dos años, Dylan confesaba en una rara entrevista en la cadena CBS que nunca volvió a disfrutar de su asombroso brote de creatividad de los sesenta, su epifanía: «Lo tuve, pero ya no lo tengo. No sé cómo pude escribir aquellas canciones. Se escribieron de un modo casi mágico. Ahora puedo hacer otras cosas, pero ya no aquello».

Dylan siglo XXI sabe que no puede medirse con el Bob del siglo XX. Volver a interpretar con su voz mellada y con idénticos arreglos sus lejanas obras maestras sería una derrota inapelable, el pasatiempo estéril de una gloria de casino de Las Vegas. Así que busca un cancionero adaptado a su biología actual. Cuando se atreve con «Blowin’ in the wind», lo hace con violín al fondo y sentado ante su majestuoso piano de cola, sabedor de que sería ridículo acercarse a la canción como lo que fue en origen, la alerta de un joven airado.

A las puertas del Royal Albert, vendedores callejeros vocean camisetas de Bob a diez libras (la mitad que en su tienda oficial). Sobra decir que la foto serigrafiada no muestra al crooner del Misisipi, sino al gato eléctrico del siglo pasado. Un alquimista sin corsés, que metió en su batidora a Rimbaud, la Biblia y hasta a Von Clausewitz, que embadurnó al folk con el rock y el country, que declaró una revolución unipersonal para liquidar al sinatrismo, paradójico refugio hoy de su grato otoño. Dylan se retira con su enigma a cuestas y solo un rácano «thank you». ¿Valió la pena? Con todo, volveríamos mañana.