El escritor Joseph Roth, autor de «La leyenda del santo bebedor»
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Joseph Roth: la sed del santo bebedor

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Un día de mayo de 1939, un hombre agonizaba en el Hospital Necker de París consumido por el alcohol y sumido en un delírium tremens. Al morir, fue enterrado en el cementerio de Thiais en una peculiar ceremonia a la que asistieron judíos y católicos, comunistas y monárquicos. En su lápida quedó reflejado su procedencia y profesión. «Escritor austríaco muerto en París». Aquel hombre se llamaba Joseph Roth y fue uno de los más grandes escritores del siglo XX.

Poco antes de morir había escrito una novela corta a la que tituló «La leyenda del santo bebedor». En ella escribió «denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte». Una muerte de absentas y borracheras. En otra de sus novelas más celebradas, «La marcha Radetzky», definió mejor que nadie la necesidad de alcohol de aquellos que «beben con sed del alma, que es la sed del bebedor».

Joseph Roth fue el escritor de los exiliados. Nació el 2 de septiembre de 1894 en Brody, un pueblo situado hoy en Ucrania y que por entonces pertenecía a la Galitzia Oriental, una provincia del viejo Imperio Austrohúngaro. Hijo de una familia de comerciantes judíos, vio desmoronarse la milenaria corona de los Habsburgo y cantó el dolor por «la patria perdida» en narraciones como «Fuga sin fin», «La cripta de los Capuchinos» o «El busto del emperador». En este último relato describió el desarraigo de quienes vieron dividirse en naciones aquella Europa cosmopolita bajo el odio de la Gran Guerra. «Hablaba igual de bien prácticamente todas las lenguas europeas, se sentía en casa en la mayoría de los países europeos».

«Mi judaísmo nunca me pareció nada más que un atributo accidental, algo así como mi bigote rubio -que lo mismo podría haber sido negro-. Nunca sufrí por ello. Nunca me enorgullecí de ello», escribió en una carta al también escritor austrohúngaro y judío Stefan Zweig. Su identidad era la de un continente, Europa, que por entonces significaba algo más que un accidente geográfico. Escribió Roth que «bajo el imperio multinacional de los Habsburgo las minorías se encontraban en una casa amplía», una libertad que desapareció cuando la casa era de los magiares o de los checos.

Siendo Judío, asumió posturas asimilacionistas y se alejo del sionismo, se interesó por la religión católica. Supo describir mejor que nadie las amenazas de los años treinta en la «Filial del infierno en la tierra», un ensayo en el que se desgrana la deriva totalitaria del continente. La más lapidaria de sus sentencias sobre el drama del hombre sin patria la plasmo en «La cripta de los Capuchinos». Un aristocrata descendiente de una familia de larga y fiel lealtad al Imperio afirma: «Y ahora, ¿a dónde puedo ir yo, un Trotta?»