literatura

Dostoievski: el escritor ludópata que narró las ansias del «Jugador»

Unas pocas monedas le permitieron ganar diez mil francos. El veneno del juego había sido inoculado. Una obra maestra de literatura universal comenzaba a fraguarse

Fiodor Dostoievski
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antonio muñiz - abc_cultura - Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura

Fiódor Mijailovich Dostoievski era hijo de un médico despótico y brutal que murió asesinado y torturado por un grupo de campesinos siervos cuando él tenía dieciocho años. El crimen fue un estigma para el joven Dostoievski que comenzó a sentir el peso de la culpa por haber deseado esa muerte. Un tema que fue décadas después el asunto central de una de sus novelas más celebradas: «Crimen y castigo», considerada como una de las más grandes de la narrativa universal.

Pero no fue la única obra maestra del escritor ruso, que encontró en sus vivencias y tragedias personales muchos de los argumentos de sus narraciones. Fiódor Mijailovich se estreno en la literatura en 1846, a los veinticinco años, con una novela que le catapulto a una fama efímera. Pero tras la publicación de «Pobres gentes» el escritor sufrió una condena a muerte y la deportación a Siberia. Se encontraba frente al pelotón de fusilamiento cuando le comunicaron que el Zar le había conmutado la pena.

Los casinos de Europa

Llevaba diez años de condena en su exilio siberiano cuando le permiten asentarse en San Petersburgo. Era un escritor cuarentón y poco reconocido que buscaba el éxito y salir de la miseria. Atormentado por la epilepsia y tras la muerte de su primera esposa, Dostoievski inicia un viaje por Europa. Corría el año 1863 cuando se dirige a París en busca de su amante Polina Súslova, una joven rusa dieciséis años más joven que él, a la que conoció en la revista «Tiempo». Pero el desamor llega al corazón del atormentado Fiódor, que se encuentra con que su bella rusa le engaña con un estudiante español.

Fue en ese peregrinaje por el viejo continente cuando se detuvo en la ciudad balneario de Wiesbaden. Un mañana encontró la ruleta del casino y se inició en el juego por matar el tiempo. Unas pocas monedas le permitieron ganar diez mil francos. El veneno del juego había sido inoculado. Una obra maestra de literatura universal comenzaba a fraguarse.

Tras las ganancias iniciales vinieron, irremisibles, las perdidas. La fiebre ludópata le asaltó con especial fuerza en Baden-Baden. Allí juega con la fe del que cree tener el sistema para el triunfo infinito, sin control ni escrúpulos. Gana a veces, pero pierde mucho más de lo que gana y regresa a Wiesbaden en busca del golpe de suerte definitivo. Allí, arruinado comienza a escribir «El Jugador». Nadie como Dostoievski describió la locura del juego.

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