domingos con historia

Joan Peiró, la dignidad de un obrero español

Pudo unirse al régimen y salvar la vida, pero prefirió perderla y ganar la honra

Joan Peiró, sindicalista español
Joan Peiró, sindicalista español - nieto
fernando garcía de cortázar - Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura

En julio de 1942, un antiguo ministro de la República en guerra, representante de los sectores moderados de la CNT, fue fusilado en Valencia. Había sido entregado por la Gestapo a la policía franquista en 1940 y condenado a muerte un año después. Antes de que pudiera cumplirse la sentencia, dirigentes del sindicalismo vertical intentaron persuadirle de que se uniera al régimen, como lo hizo su compañero de gabinete y militancia Juan López y algunos cuadros menores del anarcosindicalismo más combativo contra la FAI. Joan Peiró no aceptó la propuesta y pagó con la muerte su sentido insobornable de lealtad. Aquella madrugada moría un hombre honesto, un obrero que nunca se lucró con su condición de dirigente de un poderoso sindicato, un español que se jugó la vida denunciando a los extremistas de su propia organización y que se enfrentó a un riesgo manifiesto cuando censuró los desmanes provocados contra indefensos ciudadanos en la retaguardia. Cuando tantos callaban, él siempre habló. Cuando algunos trataron de salvar la piel cambiando de indumentaria ideológica, él quiso ofrecer ese sacrificio a la coherencia de una vida que ni siquiera la amenaza de morir podía malograr.

Joan Peiró pertenece a esa generación de sindicalistas, salidos de los espacios más humildes de la clase obrera, duros negociadores en su lugar de trabajo –porque nunca se «profesionalizaron» para abandonarlo–, ambiciosos en la adquisición de saber y en la voluntad de construir redes culturales al servicio de los trabajadores. La revista en la que escribió con más asiduidad, precisamente en los momentos de mayor conflicto con los sectores insurreccionales de la FAI, fue «Cultura libertaria».

Sin violencia

De su promoción formaban parte Salvador Seguí y Angel Pestaña, el primero asesinado por pistoleros de la patronal catalana, y el segundo con una salud gravemente quebrantada por otro atentado. Curiosamente, la violencia de sus adversarios no se dirigió contra los núcleos más radicales de la CNT, sino contra aquellos que defendían posiciones más sensatas. Sectores que podían ser de extraordinaria inflexibilidad en el conflicto laboral, pero que despreciaron siempre el asesinato o los levantamientos armados como formas de lucha sindical.

Aprendió a leer a los quince años de edad, cuando empezaba su militancia en las agrupaciones de los trabajadores del vidrio. Como dirigente de la CNT, en cuya fundación había participado, defendió la modernización de las estructuras sindicales a través de sindicatos de ramo que superaran las viejas asociaciones de oficio. La combinación entre la acción directa –que no implicaba violencia alguna, sino negociación sin intermediarios con la dirección de las empresas– y la adaptación de la CNT a las condiciones de la organización industrial moderna, permitieron que el sindicalismo independiente de cualquier partido político pudiera desarrollarse como una opción singular en el panorama del movimiento obrero de Europa.

El «anarquismo» de Peiró era, en realidad, al igual que el de Pestaña, un rechazo de la injerencia política en la defensa de los derechos de los trabajadores. Una autonomía que defendió con tanta energía frente al socialismo marxista como frente a la progresiva contaminación de la CNT por los anarquistas radicales de la FAI. Denunció, incansable, la estrategia insurreccional, justificada cínicamente como «gimnasia revolucionaria», que destruía toda una tradición de conflictos sociales para entregarlos al callejón sin salida de la violencia.

Como a Peiró no podía acusársele precisamente de falta de conciencia de clase o de inhibición en la lucha obrera, ni de pereza por superar el sistema capitalista, sus acusaciones fueron recibidas con especial agresividad por los nuevos caudillos del anarquismo peninsular. Las críticas acerbas de Durruti y García Oliver le hicieron dimitir de la dirección de «Solidaridad Obrera» en 1931. Con otros dirigentes como Pestaña, Mira y Mascarell, abandonó la CNT y formó los Sindicatos de Oposición, que no lograron crear un espacio alternativo a la línea nihilista del faísmo. Sin embargo, aquella experiencia, acompañada de una elaboración doctrinal considerable, permitió aventurar cuál habría sido el espacio posible de un sindicalismo de clase independiente, pero dispuesto a colaborar con el resto de la izquierda republicana española, desdeñando el limbo de sectarismo y violencia que elegía la FAI.

Peiró representó, hasta el lamentable final de su vida, una forma de decencia personal que habitó en la entraña de los defensores de la República, contra quienes la despojaron de su prestigio mediante sus acciones enloquecidas. Su enorme inteligencia táctica, su conciencia de clase adquirida en el trabajo realizado desde la infancia, su disposición al diálogo y la energía en la defensa de sus convicciones, construyen el perfil de un hombre a imagen y semejanza de la madurez cívica y la honestidad que fue esperanza para la convivencia y para el fortalecimiento nacional de España.

Denuncia continua

En octubre de 1938, las palabras con las que fijaba la estrategia de la CNT, en el tramo final de una guerra que aún creía posible ganar, nos indican el carácter de hombres como él: «La coacción y la acción violenta de las clases humildes o proletarias son un arma de dos filos: se ejercen con toda la fe y con los mayores entusiasmos, y de allí donde se espera una reivindicación victoriosa, surge una dictadura que lo arrasa todo». Y acababa diciendo: «Hay un recuerdo que, aplicado, no falla nunca: comprender que el más alto mérito del individuo anarquista consiste en la tolerancia del mismo para con el pensamiento ajeno». Cuando denunció en «Peligro en la retaguardia» el asesinato del disidente y el saqueo de la propiedad legítima, dio una prueba de que hacer lo más difícil suele ser optar por lo más acertado.

Su negativa a aceptar un cargo público por quienes le ofrecían escoger entre la muerte y el soborno, señalará para siempre la dignidad de un obrero español y la miseria de quienes le condenaron.

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