José Bergamín y Manuel de Falla, con la revista «Cruz y Raya» al fondo
José Bergamín y Manuel de Falla, con la revista «Cruz y Raya» al fondo - nieto
historia

El catolicismo crítico de «Cruz y raya»

La revista fue una de las experiencias literarias más intensas de la República

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En el mismo momento en que la lírica del 27 alcanzaba su plena madurez, se editó el primer número de la revista «Cruz y Raya». Recién cumplido el segundo aniversario de la proclamación de la República, José Bergamín y Manuel de Falla ofrecieron a la opinión española un manifiesto de intenciones, tan denso como breve, de la que habría ser una de las experiencias literarias más intensas del nuevo régimen. En buena medida, tal intensidad se refiere a la forma rotunda en que los colaboradores de esta revista, que quiso proclamarse «de afirmación y de negación», fueron conscientes del tiempo de riesgo en que les había tocado vivir. Y alude también a su disposición a no esquivarlo, a aceptar la exigencia de dar sentido a la crisis general de civilización que se cernía sobre los ciudadanos europeos. Sólo unas pocas semanas antes, la llegada de Hitler al poder indicaba la envergadura de la amenaza de destrucción de los valores más esenciales de Occidente.

Los «años decisivos» de Spengler, el «instante de peligro» de Benjamin, se acompañaban de esa potente expansión de la cultura que siempre provocan los tiempos de desorden. Los periodos históricos de crisis están llenos de inseguridades y fanatismos, se colman de presentimientos de un nuevo comienzo y de inquietudes por una grave sensación de pérdida. De esa conciencia de cambio proceden las utopías políticas, cuya sustancia se distribuye entre las esperanzas desmedidas y la desesperación inconsolable. De esa misma conciencia se alimentan la brillantez de las corrientes literarias, la fuerza de la expresión plástica y el desacomplejado vigor del pensamiento, porque escritores, filósofos y artistas se sienten más y mejor convocados por una época que eleva su tasa de exigencia intelectual a una altura eminente.

Rebelde y angustiada

La experiencia de «Cruz y Raya» tuvo esa sustancia rebelde y angustiada, que identificó la búsqueda de una respuesta a la crisis espiritual de aquellos años con un severo afán de totalidad. No sólo significa esto que la publicación estimulara cualquier registro literario, desde la edición de una nueva entrega del «Cántico» de Jorge Guillén hasta los comentarios sobre la filosofía de Ortega de Salvador de Lissarrague o María Zambrano, pasando por las notas críticas de Fernández Montesinos y Manuel de Falla sobre Cadalso y Wagner. Indica también la voluntad de querer abarcar, en cualquier forma expresiva, la necesaria revisión de un mundo radicalmente amenazado.

Bergamín y Falla plantearon con claridad meridiana cuál era la perspectiva ambiciosa que deseaba tomarse. La crisis del humanismo europeo precisaba de una sólida respuesta que había de proceder de la reivindicación de la espiritualidad católica, lo cual significaba poner en tensión el sentido mismo de España. Lejos de posiciones integristas y de toda tentación clerical, lo que se programaba no era conducir cualquier proyecto nacional al redil protector de lglesia o a la militancia numerosa de un partido confesional. Se afirmaba, en sentido contrario precisamente, que el catolicismo había de ser inspiración para esa lectura total de la crisis. No cabía mediación institucional alguna, cuando se trataba, en el momento de poner en marcha los valores del espíritu, de señalar «nuestra viva voluntad de católicos para esclarecer bien las cosas».

Una revista «abierta, libre, independiente» reconocía, sin embargo, un límite. «Para nosotros, la definición esencial del espíritu tiene un nombre: Cristo

Benévola hospitalidad

El catolicismo español ofrecía, de este modo, un espacio de benévola hospitalidad, de ambiciosa exigencia de integración. Tamaña ambición de síntesis encontró muchas veces los obstáculos de la contradicción, que habría de verse perfectamente expresada en las diversas trayectorias políticas que siguieron sus redactores, cuya instalación en uno de los dos bandos de la guerra civil fue mucho más fervorosa que circunstancial. «Cruz y Raya» era, a fin de cuentas, una publicación que podía ponerse en la línea de lo que en Francia se ha llamado la generación del «no conformismo de los años treinta». Línea de sombra en busca de la claridad, espacio de reconocimiento de una crisis más que campo de soluciones para afrontarla.

La lectura de los treinta y nueve números de la revista da una legítima impresión de incoherencia editora, de antagonismo de las opiniones de sus colaboradores. El impecable liberalismo republicano de María Zambrano, por ejemplo, parece llevarse mal con las reflexiones de su condiscípulo orteguiano José Antonio Maravall, cuyas apreciaciones sobre la «revolución para el hombre» de los redactores de Ordre Nouveau resultan más que inquietantes. Pero es esa falta de uniformidad la que corresponde al desconcierto de los registros culturales de la crisis. Sea cual fuera la trinchera elegida por los colaboradores al llegar el momento trágico del verano de 1936, que coincidió con el final de la publicación, lo cierto es que en «Cruz y Raya» se afirmó siempre algo que unió a quienes en ella escribieron. Se trataba de la voluntad de responder con una renovación fundamentalmente espiritual a la crisis de Occidente. Y de hacerlo, además, con un deseo inquebrantable de revitalizar la nación, de proporcionar a España un lugar en ese movimiento de recreación del tuétano de una civilización en peligro.

Generosidad y atrevimiento

Se trataba de devolverle a España su aptitud para llevar sus valores fundacionales a la refundación moral de Europa. En eso consistía el coraje, la generosidad y el atrevimiento, con los que se asumía la angustia de aquellos años. En ello residía el hilo común de quienes colaboraron en aquel empeño, que quiso convertir la ambición reformista en un asunto de identidad espiritual y nacional. Una tarea en la que se tuvo la decencia de señalar la filiación irrenunciable del cristianismo y la voluntad de basar en ella una rectitud evangélica capaz de penetrar en la oscura entraña de aquella crisis.