Cultura

El idioma en la escuela estadounidense

Día 04/08/2014 - 12.42h

El director del Instituto Cervantes de Harvard analiza los últimos datos de la enseñanza de lenguas

Un informe publicado por el «Observatorio de la lengua española y las culturas hispánicas en los Estados Unidos», centro de estudio del Instituto Cervantes y la Universidad de Harvard, revela que el español es, de lejos, el idioma más enseñado en las escuelas estadounidenses, en las que ha aumentado su demanda sin cesar durante los últimos 25 años. Nancy Rhodes e Ingrid Pufahl, miembros del Centro de Lingüística Aplicada de Washington y autoras del informe del Instituto Cervantes, lo afirman con rotundidad: la presencia del español en la educación estadounidense es fuerte y creciente en todos los niveles.

Es una realidad que las lenguas que se enseñan en las escuelas se seleccionan atendiendo a motivaciones políticas, como el origen cultural de los votantes -francófono o germanófono en muchos casos- o como el dictado de los acontecimientos internacionales, que están llevando a un aumento del interés por el árabe o el chino. Con todo, el español es la lengua segunda más demandada en todo el territorio y en todos los niveles, desde el jardín de infancia a la Secundaria; en el College y en el doctorado.

Los datos precisos sobre la enseñanza de español en las escuelas estadounidenses aportan unos matices significativos. Uno de ellos es que el 90% de las escuelas primarias que ofrecen programas de lengua extranjeras enseñan español, así como el 93% de las secundarias. El crecimiento de estos porcentajes ha sido sostenido desde 1987, pero su valor real se aprecia mejor si se repara en que la enseñanza del francés, durante el mismo periodo, ha caído desde el 41% hasta el 11%, en la primaria, y desde el 66% al 46%, en la secundaria.

La lengua china, por su parte, si bien comienza a estar de moda, solo se ofrece en un 4% de la escuelas secundarias, después de cuadruplicar su implantación en apenas una década. En cuanto a los tipos de cursos de español que se ofrecen, merece observarse que, en la primaria, la mitad de ellos llevan a la práctica de las cuatro destrezas básicas (hablar, comprender, escribir y leer) y un 6% son cursos de inmersión, mientras que más de un 40% se destinan a la transmisión de conocimientos culturales generales y de un mínimo de léxico y fraseología.

Una realidad halagüeña

Por la información comentada, la realidad de la enseñanza del español en los Estados Unidos podría considerarse como halagüeña para quienes quieren aprenderlo o mantenerlo y para la comunidad hispanohablante en su conjunto. Solo que esa no es toda la realidad, ya que la enseñanza de lenguas extranjeras está experimentando un inquietante retroceso.

Las cifras que revelan el empobrecimiento de la oferta de lenguas en las escuelas primarias estadounidenses son contundentes: en 1987 menos de una cuarta parte de las escuelas ofrecían formación de idiomas extranjeros; en 1997, su número creció hasta alcanzar un tercio del total; a partir de 2008, sin embargo, la situación ha revertido hasta los niveles de los años ochenta. Desde una perspectiva europea, lo increíble no es tanto que la oferta de idiomas haya retrocedido como que solo se incluya en una cuarta parte de las escuelas primarias y en algo más del 50% de las escuelas intermedias. El panorama formativo se compensa en los centros de Secundaria y Bachillerato, de los que un 91% enseñan lenguas extranjeras, aunque también en este nivel el porcentaje actual sea menor que en el 87.

Probablemente no sea necesario abundar en la importancia del aprendizaje de lenguas durante la infancia ni insistir en lo decisivo del dominio de una segunda y de una tercera lengua para el desarrollo personal y profesional. El mundo es esencialmente multilingüe y la dinámica de globalización está poniendo en evidencia, más allá del peso del inglés como lengua franca, el valor de sumar el conocimiento de otras lenguas para acceder a ámbitos laborales muy prometedores, en presencia y en línea. Siendo así, ¿cómo es posible0 que la mayor potencia del mundo, la que se ha construido a golpe de migraciones, la que alberga el más poderoso sistema universitario, permita que solo una cuarta parte de sus escuelas primarias ofrezcan enseñanzas de lenguas extranjeras?

Y la situación es más grave en las escuelas públicas, donde la oferta de cursos se ha reducido hasta un 15%, frente al 50% de las escuelas privadas. Sencillamente, dramático. ¿Puede esto tener relación con el tópico de que a los estadounidenses no les interesan
otras lenguas que no sean el inglés? ¿Son las segundas lenguas materia residual, por su aparente inutilidad para un país que se considera cabeza de león y que probablemente lo sea? ¿Será que la multiplicidad de lenguas aún no ha dejado de interpretarse como una maldición, como un castigo divino por la soberbia de la Torre de Babel, según recuerda Joaquín Rubio en su ensayo «De Babel a las lenguas prometidas»?

Sea por maldición, sea por prepotencia, sea por indolencia política, lo cierto es que la oferta idiomática de las escuelas estadounidenses es alarmantemente precaria, poniendo en interrogación el lema que ha guiado su programa educativo desde 2002: «No child left behind». Y la preocupación se extiende hacia el paisaje de esplendor que dibujan los programas de español porque constituyen una oferta claramente insuficiente e incapaz de seguir el ritmo de la demanda.

Además, los programas ofrecidos son inapropiados y limitados para alcanzar un buen dominio del español: son inapropiados porque en una gran proporción consiguen una formación lingüística y cultural muy superficial; y son limitados porque no aprovechan la enorme ventaja de contar con alumnos de herencia hispánica que ya manejan el español en sus destrezas orales.

Los programas bilingües y de inmersión dual no llegan al 10% de ese 25% total de escuelas que enseñan español; demasiado poco. La comunidad hispana, que sigue considerando al español como un valor que ha de preservarse, está viviendo su debilidad en la escuela, sabiendo que es elemento clave para el mantenimiento de la lengua, como ha demostrado la sociolingüista Carmen Silva-Corvalán.

En definitiva, la situación de los idiomas extranjeros en las escuelas estadounidenses es débil y precaria, con una demanda social intensa y un profesorado insuficiente y mal tratado. Podría pensarse que los Estados Unidos consideran que les basta con el inglés o que hacen suya la maldición del multilingüismo de Babel cuando sus autoridades se desinteresan por la enseñanza de lenguas extranjeras. Pero también podría pensarse que, al limitarse la oferta de idiomas, se está poniendo freno al más buscado de todos ellos: el español.

La discriminación hacia la lengua española es un hecho que se ejemplifica en las políticas entorpecedoras de su presencia en el sistema educativo y que se aprecia, según Jane Hill, en manifestaciones lingüísticas, entre bromistas y despectivas, como las del Mock Spanish: «No problemo; mucho terrífico!» Si se desmorona el apoyo de la escuela, el español podría caer, como fruta madura, en la licuadora lingüística que arroja jugo con sabor exclusivo a inglés. El problema está en que los Estados Unidos, aunque no lo vean, necesitan ponerse a la altura de Europa en la enseñanza de lenguas, si no quieren decir Hasta la vista, baby a su posición de predominio dentro del mundo globalizado.

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