Las anécdotas del desembarco de Normandía
Recreación histórica en Ste. Mère Église, donde los paracaidistas cayeron en medio de las tropas enemigas - efe
70 aniversario del «dia d»

Las anécdotas del desembarco de Normandía

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«Las primeras veinticuatro horas de la invasión serán decisivas. Tanto para los aliados como para Alemania, será el día más largo». Rommel observaba la arena de la playa y señalaba con su bastón de mando. Había hecho todo lo posible por hacer inexpugnable una fortaleza que en la imaginación de Hitler se extendía desde la frontera finlandesa hasta los Pirineos. Y eso implicaba haber plantado toda una colección de obstáculos y cinco millones de minas en las playas.

«Overlord» pondría en Francia a millones de soldados aliados pero en los primeros momentos el éxito dependía del factor sorpresa. El «Daily Telegraph» publicó el 2 de junio un crucigrama con los nombres en clave de la operación, «Neptune» y «Overlord», por casualidad, y los alemanes averiguaron que los versos de la «Canción de otoño» de Verlaine anunciarían el comienzo del ataque. Pero a pesar de todo, el ejército de tanques hinchables de Patton hizo su trabajoy los alemanes no dieron la alarma en Normandía.

Los nazis se confiaron gracias al mal tiempo. En la víspera de la batalla, Rommel viajó para comprarle unos zapatos a su mujer y la mayoría de los oficiales abandonaron sus puestos. La Luftwaffe retiró de la costa 124 aviones. Como resultado, solo dos aviones alemanes se enfrentaron a los miles de aparatos aliados. Las únicas instrucciones que el piloto Josef Priller le indicó a su compañero fueron: «Vuela detrás de mí y sigue mis movimientos. Vamos a meternos ahí y no creo que volvamos».

El «Día D»

Cuando Eisenhower dio la luz verde, la suerte estaba echada. Los primeros soldados aliados llegaron de madrugada y desde el aire. Uno de ellos, Leonard Devorchak, fue seguramente el primer estadounidense en morir. Una vez en tierra, la batalla fue un caos. Los paracaidistas cayeron por todas partes: muchos se ahogaron en los cenagales o en el mar. Uno de ellos entró limpiamente en la apertura de un pozo y luego salió por sus propios medios.

Los menos afortunados, aterrizaron en medio de una formación alemana en la plaza de Ste. Mère Église. Entre ellos, el soldado Steele sobrevivió porque se quedó colgando en la fachada de la iglesia y se hizo el muerto. Su interpretación fue tan real, que el teniente William Young recordaría años después «al paracaidista muerto que colgaba del campanario».

En otro lugar, dos patrullas enemigas se cruzaron a pocos metros y sin abrir fuego: «Nos dimos cuenta por la forma de los cascos de acero que se trataba de alemanes». Cuando comenzó el bombardeo naval y aéreo, el crucero «Ajax» consiguió introducir un obús por la abertura de un búnker a 11 kilómetros de distancia, con la fortuna de hacer estallar las municiones. Faltaban pocos minutos para la «hora H».

La «Hora H»

«Los sacos de vómitos estaban llenos, los cascos estaban llenos, y llenos quedaron los sacos terreros después de vaciarlos de arena», recordaría el sargento William James, a bordo de uno de los buques de transporte. El mar estaba agitado y los hombres se mareaban. El cabo Romeo se rompió los dientes al calcular mal el cabeceo del mar y caer sobre su barcaza.

En Omaha, la lancha del teniente segundo Edward Gearing se desintegró a trescientos metros de la salida de Vierville. El destructor «U.S.S. Corry» se acercó a la costa para disparar a las posiciones alemanas y cuando le alcanzó una mina, un marinero trepó por los restos del naufragio y ató la bandera al mástil principal.

Mientras que en algunos lugares, «el peor enemigo eran los piojos de arena, que nos volvían locos cuando los traía la marea», en Pointe du Hoc, los doscientos veinticinco «Ranger» de James E. Rudder tenían que escalar unos acantilados para inutilizar unos cañones. En «Sword», la moral era alta. El comandante C. K.«Banger» recitó un fragmento de la arenga de Enrique V de Shakespeare por los altavoces de una barcaza, en medio del silbido de las balas, las olas y las gaitas: «Los caballeros que ahora están en Inglaterra, se creerán maldecidos por no haber estado aquí».

«Los que están en Inglaterra, se creerán maldecidos por no haber estado aquí»«Haríais mejor en abandonar, Fritz!», decían los británicos. Pero el búnker no se rindió hasta que llevaron un lanzallamas, según contó el cabo primero Josef Häger. El comandante Werner Pluskat estuvo cuatro horas reptando por la tierra de nadie para dejar atrás su batería y que unos franceses le dieran un poco de agua.

Pasado el medio día, Rommel estaba en su casa de Herrlingen, cerca de Ulm, y aún no había sido alertado de la invasión. Hitler dormía y de forma absurda, las temidas divisiones acorazadas esperaban la orden de rechazar al invasor. Von Runstedt, estaba «encolerizado, furibundo, y su ira hacía ininteligibles sus palabras», pero su orgullo le llevó a no telefonear a Hiter, al que solía llamar «ese cabo de Bohemia».

Solo cuando llegaron las palomas mensajeras, el corresponsal Joseph Willicombe pudo enviar un mensaje de victoria a Estados Unidos, pero algunas «traidoras» se dirigieron a las líneas alemanas.