domingos con historia

El regionalismo catalán, defensor de la unidad de España

En sus orígenes, el compromiso fue mutuo para respetar la personalidad de Cataluña en una «Espanya gran»

por fernando garcía de cortázar - Actualizado: Guardado en: Cultura

Contra lo que algunos consideran hoy de forma oportunista y falaz el origen del secesionismo, el regionalismo catalán se fundó con voluntad de colaboración en la tarea de impulsar la nación española en el camino de su recuperación, especialmente, tras la crisis de conciencia que acompañó el Desastre del 98. Como en el conjunto de España, antes incluso de que se produjeran la derrota bélica y la pérdida de las últimas colonias, en Cataluña había ido emergiendo una promoción de pensadores, artistas, literatos, y representantes de entidades económicas, comprometida activamente en la modernización del país. No estamos, como lo pretende la mitología separatista, ante una afirmación de Cataluña frente a España, sino ante la defensa de la diversidad de una nación construida en un largo proceso de incorporación y de objetivos históricos compartidos.

La exaltación de esta diversidad, destinada a enriquecer el acervo cultural español, y orientada a dignificar la aportación de Cataluña a una empresa común, se acompañó de la lógica exigencia de respeto y aprecio por lo que de distinto y complementario tenía la cultura catalana. Algo que a Menéndez Pelayo, tan claramente empeñado en el hallazgo de una raíz común del tronco histórico de nuestra patria, le resultaba fundamental. No planteaba el escritor santanderino la concordia entre pueblos hispánicos, porque no se encontraban divididos por ninguna cuestión que exigiera esa conciliación. Lo que demandaba un Menéndez Pelayo, buen conocedor del ambiente cultural barcelonés, era la integración de esta estimulante diversidad en un proyecto más auténtico de unidad nacional, fabricado desde una conciencia histórica común y no solo desde la fría y provisional aceptación de una misma Carta Magna.

La movilización de la opinión pública catalana se realizó siempre al calor de las demandas de la clase media urbana, una pujante burguesía, cuyos valores de modernización social y desarrollo productivo fascinarían a personas muy poco sospechosas de simpatizar con tendencia secesionista alguna, como Ramiro de Maeztu. No estarían, tampoco, al margen del movimiento catalanista el tradicionalismo rural y la defensa de una esencia católica de la región, enaltecida por el obispo de Vich, Torras i Bages, al proclamar que «Cataluña será cristiana o no será», porque «a Cataluña la hizo Dios, no la hicieron los hombres». Las orientaciones reaccionarias de las Bases de Manresa de 1892, la fascinación de los fundadores del catalanismo político por el nacionalismo contrarrevolucionario de Maurras, y su estrecha colaboración con el carlismo catalán y las ligas cívicas de defensa social certifican la transversalidad de un ideario que no puede relacionarse exclusivamente, como también tiende a hacerse ahora, con las actitudes más progresistas del liberalismo o el republicanismo federal de la Restauración.

El catalanismo se implicó, como ningún otro movimiento, en los esfuerzos de modernización económica de España que lideraban, por aquellos años, Joaquín Costa y Basilio Paraíso, impulsor de las Cámaras de Comercio. Bajo la bandera regionalista, republicanos de tradición federal, republicanos unitarios, tradicionalistas, conservadores y liberales, se unieron para luchar sin contemplaciones contra el caciquismo y el pervertido régimen de partidos dinásticos. En 1901, la maquinaria del corrupto sistema electoral de la Restauración caía en Barcelona con el triunfo de una candidatura, llamada de los «cuatro presidentes», que representaba a entidades económicas y culturales hondamente arraigadas en las prácticas de sociabilidad de la región. A medida que se rompían las costuras del sistema, esta protesta política y social iba abriéndose camino, y su implicación en el regeneracionismo español del momento quedaba patente en la amplia aunque efímera difusión del proyecto reformista del general Polavieja que culminaría con la entrada de un catalanista en el gobierno de la nación. El deseo de depurar el sistema y moralizar la vida política española habría de alcanzar especial resonancia en Cataluña, al hallar muy pronto vehículos políticos para afirmarse y una extraordinaria colaboración de las clases dirigentes de la región.

Autonomía y unidad

Prat de la Riba y Cambó definieron la decidida voluntad de Cataluña de participar en la construcción de una «Espanya gran», que combinara autonomía y unidad, orden y catolicismo. Su perspectiva era la que partía del desarrollo económico y la densidad de las actividades sociales del empresariado catalán, capaz de construir proyectos culturales como el modernismo y el novecentismo, verdaderas opciones de una estética puesta al servicio de una toma de conciencia, de un estilo que representara la ambición de una burguesía dinámica. Necesitada de una estética propia, Barcelona se agarró con fervor al modernismo hasta hacer de su ensanche un museo al aire libre.

Tras la formación de la Lliga Regionalista, en la que Prat de la Riba y Cambó articularon un proyecto que deseaban integrar en el reformismo español, la plataforma electoral de Solidaridad Catalana presentó en 1906 una candidatura unitaria de regeneración, encabezada por el líder republicano histórico Nicolás Salmerón frente a liberales y conservadores. El mismo año, Prat de la Riba resumía la propuesta regionalista en su libro «La nacionalitat catalana». Lo que defendía el texto eran dos «principios fundamentales»: el respeto a la personalidad de Cataluña y la unidad de España, dado el carácter reaccionario de la disgregación de los grandes Estados. Insistía Prat de la Riba en que el catalanismo «nunca ha sido separatista» y solo podía comprenderse atendiendo al «intenso sentimiento de fraternidad» de los pueblos peninsulares. Respeto a la diversidad, reconocimiento de la autonomía política, compromiso con la unidad de España. Un programa de modernización y regeneración nacional que el regionalismo afirmó en sus pasos iniciales y habría de subrayar hasta que toda España entrara en una crisis irreparable de convivencia treinta años más tarde.

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