El sueño regeneracionista y la nación española
Joaquín Costa - ABC
DOMINGOS CON HISTORIA

El sueño regeneracionista y la nación española

Ante el Desastre del 98, una serie de intelectuales luchó por sacar a España de su decadencia

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En la memoria de Europa yacen los restos del nacionalismo étnico y de las identidades raciales. En nuestro pasado reposan las víctimas y los verdugos de fantasías comunitarias que fabricaron su delirio contra una tradición que estableció la civilización europea sobre la libertad del individuo y su compromiso existencial con sus semejantes. Y, en esta perpleja actualidad, que no deja de sorprendernos con sus entusiasmos por causas funestas y su indolencia ante valores esenciales, asoman de nuevo actitudes que creíamos superadas. Vuelve ese romanticismo que confunde la rectitud de la inteligencia con la intensidad emocional. Vuelve ese nacionalismo que prefiere la pasión unánime de la estética populista a la voluntad crítica de una ciudadanía plural.

Hoy necesitamos imperiosamente poner en estado de alerta una conciencia cívica, en cuyo programa debe constar, ante todo, el rescate del pulso nacional que se ha perdido. Sin ese reencuentro con las razones de España, nada que tenga que ver con nosotros, en cuanto ciudadanos libres e iguales en derechos, podrá construirse. Una nación no es una relación contractual revisable. Una nación no es, tampoco, la manifestación trágica de un ser inmutable. Una nación es una cultura, realizada en la historia, asumida como conciencia común, vivida como tradición y ejercida como empresa.

Ese puñado de razones, esa larga experiencia que había que reactivar fue lo que un grupo de intelectuales españoles definió como regeneración. Antes del Desastre de 1898, se habían alzado las voces de quienes trataban de inculcar en los españoles las aptitudes reformistas del desarrollo económico y el sereno coraje de constituirse en un verdadero pueblo. Ninguno de estos hombres quiso volcar en su patriotismo la alucinación sonámbula de las naciones que sobreviven en un pasado legendario. No vinieron a deleitar la autocomplacencia de sus contemporáneos, sino a advertir de la gravedad de una época en la que, alejándose del resto de los países occidentales, España corría el riesgo de dejar de existir como nación, para sobrevivir apenas como mera administración presupuestaria, un Estado sin alma.

Futuro y escuela

Por eso permanecen en nuestra mejor memoria. Porque no fueron los escribas de una vanagloria conformista, sino los portavoces de una indignación, tanto más áspera cuanto más fuerte latía su compromiso con lo que España era como historia y con lo que debía seguir siendo como proyecto. Las innegables inflamaciones de su lenguaje correspondían a la retórica de un tiempo muy dado a esos excesos; pero su mensaje nunca fue una entretenida divagación. Si algo distinguió a quienes proclamaban la urgencia de la regeneración fue, precisamente, su atención a los problemas concretos, que conectaba con el ánimo insigne de nuestros arbitristas.

El atraso económico, la carencia de un sistema educativo actualizado, el drama de una alimentación deficiente, el escaso interés por la productividad agrícola, la necesidad de una política de riego… Pero nadie piense que se trata del informe frío de un grupo de tecnócratas. Porque a las reformas económicas propuestas por aquellos hombres hay que añadir su tarea de moralización, de regeneración política, de vertebración de la ciudadanía... su voluntad de sacar a España de su decadencia.

Una nueva nación

Ricardo Macías Picavea, en El problema nacional (1899), señalaba que «en ningún pueblo del mundo hay menos idea y más apagado sentimiento de lo que es la tradición que en España». No había añoranza del pasado en su discurso, sino deseo de recuperar una cultura desnuda de gestas falsificadas; había empeño por alentar una conciencia nacional moderna. Lucas Mallada, en Los males de la patria y la futura revolución española (1897), acusaba a esa administración que combatía por mantener un imperio cuando ni siquiera había sido capaz de forjar una nación, y llamaba al compromiso de todos los dirigentes políticos en la tarea común de poner España en marcha: «Urge mucho, en bien del sosiego público, que detrás de las banderas de la regeneración administrativa y de la moralidad se congreguen todos los hombres de recto juicio y de sano corazón».

Impulso democrático

Frente al pesimismo de muchos de sus compañeros, Luis Morote, en La moral de la derrota (1900), pretendía encontrar en la formación histórica de España un impulso democrático, defensor de la soberanía del pueblo, que empujara la regeneración nacional concebida no como ruptura con la tradición, sino como reencuentro con lo mejor de la misma. El Desastre debía servir para una recuperación moral, no para sedimentar nostalgias imperiales: «Dediquémonos aquí, en el viejo solar de la patria, a consolidar nuestra unidad y nuestra libertad, a ayudar a España en la terrible prueba, de la que ojalá se salve, de concebir el nuevo ser que lleva dentro, ser de luz y de esperanza».

Sobre todos ellos, la mirada de Joaquín Costa, en quien ha podido verse la síntesis de análisis empírico y sueño razonable, de denuncia de la política corrupta y confianza en el liderazgo de individuos egregios, de respeto a la dignidad del pueblo y consideración por la labor de los intelectuales, de amor a lo más profundo de España y compromiso con una tarea de europeización.

Europeización de España

La escuela, la universidad, la honradez de la clase política, las virtudes de los ciudadanos y el impulso modernizador de la cultura. Reconstitución y europeización de España, como lo expresaría en el título de uno de sus trabajos. En el gozne histórico y moral del final del siglo XIX, estos hombres proponían para España más que un programa: una actitud. En el pesimismo de su análisis no dejó de anidar la esperanza de su patriotismo. Para ellos, la nación no era un contrato ni un ser inmutable. Era una realidad histórica y, por tanto, un ilusionado, exigente y audaz desafío que su voluntad de ser españoles arrojaba al rostro de un tiempo difícil.