Ruta Quetzal BBVA: ...Y nunca caminarás solo

Actualizado:

«Sigue a través del viento, sigue a través de la lluvia, aunque tus sueños se rompan en pedazos». Desde Sinatra a Elvis Presley o Johnny Cash, los tres tenores o el gran Armstrong, y la afición de un equipo de fútbol inglés. En modo mayor y en sostenido, a ritmos distintos, a coro o a capela. Hay tantas formas de cantar una letra como voces que puedan hacerlo. Cada cual le imprime su carácter, su espíritu, su esencia.

En estos 20 días de Ruta Quetzal BBVA en Panamá se ha cantado una misma letra. Una de amistad, compañerismo, superación, esfuerzo, miedo, orgullo, felicidad, energía, confianza; de aventura a la que cada uno ha impreso su esencia. Cuando la lluvia estropeó los planes de la expedición en el país centroamericano e impidió una mañana de actividades eco-turísticas como tirolina o canopy, la improvisación y la imaginación llevaron a recalar en la casa de don Damián Barceló, la antigua escuela de las Américas que, para hacer realidad el sueño de su vida, don Damián ha convertido en un magnífico hotel de cinco estrellas. Uno de sus salones fue el escenario de una tertulia entre ruteros, que contó con el sacerdote que acompaña a la expedición Jesús Garrido como maestro de ceremonias. Allí se entonó «la Quetzal». Hasta 227 versiones de una misma letra. Lo que han aprendido, lo que han compartido, motivos para dar las gracias. Todo ello a grito limpio, con el desparpajo y la inocencia de quienes a sus 15, 16 o 17 años ya han aprendido que la vida es una aventura, que no hay mayor aventura que la propia vida.

Cualquier camino empieza con un pequeño paso. Y también acaba de la misma manera. La última zancada de la expedición en Panamá se dio en Panamá Viejo, en las márgenes del río Abajo, que en el Pacífico acaba muerto. Quien preside la entrada de lo que queda de aquel lugar bullicioso y rebosante de vida de la etapa colonial es el fundador de la ciudad, pero también ejecutor de quien protagoniza esta aventura. Un Pedrarias Dávila de bronce, con un semblante que impone y que no hace difícil imaginar al conquistador español cortando la cabeza de Vasco Núñez de Balboa, aguarda a la entrada del esta puerta del Nuevo Mundo. Hasta aquí viajaron españoles intachables, como explicó a los expedicionarios la catedrática Carmen Mena, pues se requería una licencia, una especie de pasaporte, para poder cruzar a este lado del charco. Buscavidas, aventureros, brujos y comerciantes habitaban este hervidero de pasiones y conspiraciones.

Desaparecidos los indígenas «cueva», quienes habitaban este «lugar donde abunda el pescado», como ellos mismos lo llamaron en su lengua nativa, los españoles afincados en esta ciudad de la que solo quedan en pie algunas construcciones de piedra decidieron traer a esclavos africanos. Los esclavos fueron creciendo, y los hombres de raza blanca se convirtieron en no más que una mota en esta Panamá negra. Siendo mayoría, estos esclavos, tratados como mercancía y no como seres humanos, los llamados cimarrones, pidieron su libertad. Se alzaron en armas contra los españoles y fueron los mejores aliados de los piratas ingleses que quisieron penetrar en Panamá.

De esos tiempos queda poca Panamá en pie. Quizás porque los españoles no quisieron edificar en piedra. Este era solo un lugar de paso, donde hacerse rico, donde prosperar. En 1671 Henry Morgan penetra en la ciudad y ésta acaba en llamas. Fueron los españoles quienes le prendieron fuego; si Morgan iba a quedársela, sólo podría conservar sus cenizas.

Desde los 30 metros de altura de la torre de la catedral, una de las pocas construcciones que resisten al paso del tiempo, los quetzales vieron cómo el océano baña las orillas de Panamá La Vieja; y cómo, cuando baja la marea, las baña mucho menos. Panamá es igual de bonita desde las alturas que a ras de suelo.

La expedición se despide de este trocito delgado de tierra bañado por dos océanos, atravesado por un canal, de gente sencilla y extrovertida, de lujo y de pobreza, de historia pasada, piratas y conquistas, de rascacielos, ingeniería y futuro. Muchas páginas las que quedan escritas, muchas más las que se habrán de escribir, pero siempre con la misma letra. «Sigue a través del viento, sigue a través de la lluvia. Camina, camina, con esperanza en el corazón».

«Y nunca caminarás solo».