Mariano Aguayo lleva la fiesta de los toros a su estilo de los años 60
Distintos cuadros de «La Fiesta», de Mariano Aguayo, que se inaugura hoy en Carmen del Campo - VALERIO MERINO

Mariano Aguayo lleva la fiesta de los toros a su estilo de los años 60

El pintor, escultor y escritor cordobés inaugura hoy su nueva exposición

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El visitante puede hacerse una idea si conoce el estilo del pintor. Por eso, de camino a la exposición, ya va con la cabeza preparada para identificarlo al primer golpe de vista. Ocurre, sin embargo, que a veces se cumple la expectativa y a veces no. Al tomar el pasaje José Aumente, cuando ya la galería Carmen del Campo ofrece en un amplio vitral un cuadro de gran formato invitando a pasar, el visitante no encuentra el Mariano Aguayo que espera, sino otro quizá más nuevo o tal vez en realidad más viejo, y que en cualquier caso es una sorpresa para el espectador.

El pintor, escultor y escritor cordobés inaugura hoy su nueva exposición, con la que hace una vuelta de tuerca y muestra dos caras: la tradicional, porque habla de la fiesta de los toros, tan querida para él, y la innovadora, ya que emplea un lenguaje nuevo que no es el del realismo naturalista de los últimos años.

«La Fiesta» es el título de la muestra, que se podrá visitar en la galería Carmen del Campo desde hoy hasta el próximo 8 de enero, y que consta de 29 obras, algunas a la acuarela y otras al óleo. Mariano Aguayo ha vuelto con ellas al estilo vanguardista que cultivó en las décadas de los sesenta y los setenta. «Matadores, subalternos y picadores», una obra de gran formato, recibe al espectador como una declaración de intenciones, donde no importa la perspectiva, pero donde los personajes no pueden ocultar lo que son, unos con el sombrero, otros con los bordados en plata y los primeros con el capote de paseo.

Los toreros, picadores y banderilleros rara vez ofrecen el rostro, que aparece desdibujado, a veces en tonos tan inusuales como el azul o el negro. Para el autor parece más importante el rito, y por eso tampoco hay demasiado movimiento explícito. En muchas de las obras los lidiadores esperan sentados, sostienen la muleta o hacen extrañas poses junto al toro. Al pintor le interesa más el color, entero y limpio, sin matices. Así pasa con el rosa de las medias, pero también con las tonalidades de los trajes y con el oro, la plata y el azabache con los que se visten los protagonitas. Las tres dimensiones son apenas un recuerdo en cuadros con un fondo muy diluido, otra vez de colores enteros con pocos matices, pero que consiguen dar forma a unos contornos que el espectador encuentra inconfundibles.

Movimiento

Las únicas estampas en movimiento son las de los picadores, donde el autor ha recurrido a colores imposibles para un caballo, como el azul, pero aparecen los animales también detenidos en mitad de la plaza. El toro no está tan presente y, cuando lo hace, es estático, aunque como en la obra titulada «Barrera», mire al torero que sostiene un capote en las manos. Sin rostro ni movimiento, el animal es una msa negra con pitones blancos, pero ello no consigue evitar el aire taurino de toda la exposición.

Mariano Aguayo insiste en los fondos de las obras, a veces como mosaicos y otros como vidrieras de colores, con multitud de puntos de distintos tonos que representan al público. La galería insiste en la pose de «orgullo» que tienen los matadores, banderilleros y picadores, como receptores de toda la tradición de la fiesta. Con esta muestra, Mariano Aguayo vuelve al lenguaje contemporáneo que había dejado en los últimos años. En Córdoba se conocía su pintura cinegética y sus paisajes, con un tono realista y muy especialmente en figuras animales con los perros siempre en primer plano. A esta «neofiguración» había llegado tras la etapa «simbolista» de hace unas décadas, ahora recuperada.