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Palazuelos: 30 años rescatando la historia

Tres décadas han pasado ya desde que los vecinos de esta villa guadalajareña recuperasen la fiesta de la Quema del Boto, en honor a San Roque

P. BIOSCA - Actualizado: Guardado en: Actualidad

La temida peste negra asolaba en el siglo XIV toda Europa, y sus sucesivas nuevas olas transportaron la enfermedad hasta la siguiente centuria. Una de ellas asoló Palazuelos, municipio guadalajareño que se encuentra en las estribaciones del Sistema Ibérico, enclavado en la Sierra Ministra: entre las montañas que rodean Sigüenza y la Sierra de Bujalcayado.

Esta pequeña localidad alcarreña había conseguido el rango de villa con mucho esfuerzo: la justicia y el orden se administraba por los propios vecinos, que no dependían de ningún señor, si bien su historia estuvo íntimamente ligada a los Mendoza, que levantaron su castillo y las murallas que hoy aún son visibles.

Sin embargo, nada pudieron hacer estas fortificaciones porque el mal pasara de largo, y los vecinos, aterrados por la muerte, invocaron a San Roque, santo protector ante la peste que había combatido con la enfermedad durante toda su vida.

La plegaria debió causar efecto, ya que sus habitantes nombraron a San Roque patrón de Palazuelos, compartiendo el lugar junto con San Juan Bautista, a quien se le reservó la protección de la parroquia. La historia de la salvación de manos de San Roque fue pasando de padres a hijos y la recreación del suceso se convirtió en una fiesta: la Quema del Boto.

Aunque no hay referencias sobre cuándo empezó este ritual, lo cierto es que las investigaciones (sobre todo propiciadas por Adrián Blázquez, catedrático de la Universidad de Pau, en Francia, aunque nacido en Palazuelos) indican que pudo comenzar en el mismo siglo que sucedieron los hechos.

El ritual era el siguiente: los habitantes de la Villa de Palazuelos quemaban un boto, en honor al santo en un acto simbólico. El boto era el símbolo que recordaba el «voto» o promesa de los vecinos que se salvaron gracias a la intercesión de San Roque en la epidemia de peste.

El boto era un recipiente de cuero, de gran tamaño, donde se guardaba el vino y otros líquidos en tiempos pasados. Estaba hecho con piel de cabra, impregnada de pez —una especie de brea— en su interior, y, en la medianoche del 15 al 16 de agosto, se colgaba en el arco de la Puerta de la Villa, ante la hornacina del Santo Patrón, incendiándose y quedando la bola de fuego expuesta ante los ojos de la imagen y de los vecinos.

El tiempo fue pasando, y el éxodo rural de los años 50 llevó a diezmar la población de Palazuelos, al igual que aquella peste, y a hacer olvidar la tradición de la Quema del boto. Pero hace hoy 30 años, en el verano de 1984, un grupo de vecinos del barrio de la Puerta de la Villa, aquella que todas las festividades de San Roque veía brillar el fuego del boto, decidieron rescatar esta antigua tradición —seis años más tarde esta pequeña comitiva se convertiría en la asociación cultural La Quema del Boto—.

Cita cultural

Más viva que nunca, la Quema del boto ha empezado a atraer no solo a los palazuelenses —tanto residentes en el pueblo como emigrados—, sino que se ha convertido en una cita cultural también dentro de las fiestas de Sigüenza, localidad de la que es pedanía Palazuelos. Ya no se queman botos de piel de cabra, pero se rememora con una imitación hecha de cartón fallero o botillos pequeños. Sin embargo, el espíritu sigue siendo el mismo: honrar la memoria de San Roque, quien libró a la villa de la peste maldita.

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