Un individuo y una vasija de la cultura campaniforme / Vea en el vídeo el primer producto español cuya idea «se exportó» por toda Europa - Manuel Rojo-Guerra / Luis Pascual-Repiso / Anthony Denaire

El viril lujo ibérico que conquistó Europa

El mayor estudio de ADN antiguo hasta la fecha, realizado con 400 esqueletos prehistóricos, explica cómo una cultura originada en la península se exportó al resto del continente hace unos 4.500 años

MadridActualizado:

El primer producto «made in Spain» que el resto de Europa abrazó con entusiasmo tiene entre 4.750 y 4.500 años de antigüedad. Se trata de un tipo de cerámica profusamente decorada, conocida como vaso campaniforme, que desde Iberia se extendió por el oeste y centro del continente, llegando a lo que ahora son Gran Bretaña, Sicilia o Polonia. Poseerla suponía un símbolo de estatus, hasta el punto de que se asociaba con virtudes como la virilidad o la valentía del guerrero, que era enterrado junto a una o más vasijas y otros valiosos objetos de su pertenencia relacionados con la batalla y la caza. Sin embargo, hasta ahora no ha estado claro cómo esos estilizados artefactos se pusieron de «moda» entre nuestros antepasados europeos.

Un equipo internacional de 144 investigadores, entre los que se encuentran varios del Centro Español de Investigaciones Científicas (CSIC), ha obtenido la respuesta haciendo hablar a los muertos. Y la historia que cuentan es un relato complejo que desvela unas cuantas sorpresas sobre las primeras andanzas de los europeos. En el que es el mayor estudio de ADN antiguo realizado hasta la fecha, los científicos han analizado 400 esqueletos del Neolítico, la Edad del Cobre y la de Bronce de numerosos yacimientos del continente, entre ellos once peninsulares.

Los resultados, que aparecen publicados en la revista «Nature», demuestran que la expansión del fenómeno de las vasijas con forma de campana invertida no implicó un movimiento migratorio significativo de población íbera hacia el resto de Europa, como se había defendido hasta ahora. El ADN de los esqueletos de las tumbas ibéricas no mostraron una relación de proximidad con los del centro del continente. En cambio, la adopción de esa vajilla podría considerarse «el primer ejemplo de cultura que se transmite como idea, posiblemente por una cuestión de prestigio social», indica a ABC Carles Lalueza-Fox, del Instituto de Biología Evolutiva, centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra. La alfarería, que quizás era utilizada para consumir bebidas alcohólicas, «podía considerarse un lujo, era claramente apreciada y por eso la incluían en los enterramientos junto a sus arcos, puntas de flecha y dagas de cobre», señala el investigador.

Los creadores de Stonehenge

Pero la historia cambia en ese punto de una forma sorprendente. Las vasijas fueron adoptadas en Europa Central por unas poblaciones llegadas de las estepas al norte de los mares Negro y Caspio que se dirigían hacia el oeste con sus flamantes carros. Estos ganaderos nómadas, apodados Yamnaya, sí las llevaron ellos mismos a Gran Bretaña e Irlanda, donde reemplazaron al 90% de la población ancestral, los primeros británicos, para también llegar al norte de Italia y de nuevo a la península, lo que pudo influir incluso en la expansión de las lenguas indoeuropeas.

«Los neolíticos que construyeron Stonehenge, que tenían una mayor similitud genética con los agricultores íberos, casi desaparecieron y fueron reemplazadas por las poblaciones de la cultura campaniforme de los Países Bajos y Alemania», señala Lalueza-Fox. «Este dato resulta muy curioso, porque esos constructores que imaginamos como druidas se parecían mucho más a nosotros que a los ingleses actuales de ojos claros», añade.

Sesgo sexual

Esta conquista desde las estepas dejó también un curioso y fuerte «sesgo sexual», ya que el grupo básicamente masculino de migrantes sustituyó el cromosoma Y de los europeos neolíticos por el suyo. «El resultado es espectacular, pero entonces debió de ser algo bastante dramático», dice Lalueza-Fox.

El ADN antiguo se ha convertido en una herramienta nueva y poderosísima para reconstruir el pasado distante. El número de ancestros cuyo código genético ha sido analizado y publicado se eleva ya a 1.336, frente a solo diez en 2014. Esta investigación, dicen sus autores, resulta en sí misma un «ejemplo increíble» de lo que este método nos puede enseñar. Para Barry Cunliffe, profesor de la Universidad de Oxford, los hallazgos son «absolutamente alucinantes (...) Van a molestar a la gente, pero eso es parte de la emoción». A su juicio, «nadie, ni siquiera los arqueólogos en sus sueños más descabellados, habrían esperado un contenido genético tan alto de la estepa en las poblaciones del norte de Europa en el tercer milenio antes de Cristo».