Entrevista

«Sin regulación, la neurociencia se podría usar con afán de dominio»

José Ramón Amor Pan, experto en teología moral, habla en su libro «Bioética y Neurociencias» de temas polémicos como la mejora humana o el uso militar del estudio del cerebro

MadridActualizado:

La neurociencia está de moda. Raro es el día que no hay un titular sobre el cerebro. José Ramón Amor, en las casi 800 páginas de su libro «Bioética y Neurociencias. Vino viejo en odres nuevos», editado por el Instituto Borja de Bioética, explica lo que hay de verdad y de ficción en titulares y obras de divulgación de autores famosos, en su mayoría americanos, cuyos libros se convierten en superventas a fuerza de un excesivo reduccionismo, advierte.

—¿Por qué el subtítulo: vino viejo en odres nuevos?

—Después de los casi 5 años que me ha llevado el libro, la conclusión es que no está habiendo esa revolución que proclaman muchos autores superventas como Gazzaniga, Steve Pinker o Patricia Churchland. El 99%de los neurocientíficos no salen en los medios de comunicación y hacen su trabajo calladamente. Y dicen que hay grandes avances en neurociencia, pero de ahí a resolver las grandes preguntas que la humanidad se plantea va un abismo. Ni es verdad que sepamos qué es la naturaleza humana, ni la libertad, ni que podamos negarla. Tampoco hemos descubierto dónde se origina el mal, como algunos neurocientíficos alemanes han dicho y los periódicos han titulado.

—¿A qué hay que temer, entonces?

—A la simplificación. En el siglo XIX, con el evolucionismo, pensamos que la biología lo iba a explicar todo. La primera mitad del XX fue la época de la Física. En la segunda, volvió otra vez la biología, con el descubrimiento del ADN y la posibilidad de manipularlo. Gran parte de las cuestiones éticas y las respuestas a los avances de la neurociencia están ya presentes, por ejemplo, en los debates de los 90 en relación a la nueva genética.

—¿Habría que poner límites éticos a la investigación en neurociencia?

—No creo que tenga que haber una neuroética como tal. Querer reducir la ética a lo neuronal es una deriva ideológica. Como muchos otros autores, creo que las bases neuronales de nuestra conciencia y de la ética hay que tenerlas en cuenta, pero no lo explican todo. Pero sí tiene que haber una gobernanza de la neurociencia que debemos construir entre todos, interdisciplinariamente, también la opinión pública. Tiene que haber una regulación, no puede quedar todo al arbitrio de los investigadores ni de la gran industria farmacéutica o militar, que tiene enormes intereses económicos. Me llamó la atención en el discurso de Obama, un premio Nobel de la Paz, el tono fuertemente patriótico y economicista al presentar el proyecto BRAIN. Cuando dice que su gobierno va a hacer un esfuerzo importante para financiar el mejor conocimiento del cerebro, lo centra básicamente en creación de empleo, competitividad internacional, enorme retorno económico y geoestrategia. Eso muestra que necesitamos regulaciones éticas mundiales en este campo. Si no, la neurociencia se va a utilizar como un elemento de geoestrategia y afán de dominio.

—¿Por ejemplo?

—De hecho se está haciendo ya. La Agencia Norteamericana de Innovación en el Área Militar (DARPA) es la que más dinero está poniendo sobre la mesa en investigación neurocientífica.

—¿Con qué objetivo?

—Desde conseguir el soldado perfecto, con mayor capacidad de concentración y agudeza visual, compaginando neurofármacos con la interfaz cerebro-ordenador, hasta el desarrollo de fármacos que ataquen el funcionamiento neuronal del enemigo. Desde el punto de vista militar sería perfecto, porque no habría destrucción del territorio. Y una vez vencido el ejército enemigo se podría tomar posesión pacífica y rápida de los territorios conquistados. Cuando las autoridades militares norteamericanas declaran toda una serie de líneas de investigación en neurociencias, yo interpreto que se trata de la punta del iceberg y habrá mucho más sumergido.

—Entramos en la mejora humana que proponen los transhumanistas...

—Gran parte de la investigación neurocientífica, sobre todo de la Universidad de Oxford, está decididamente a favor de la mejora humana y del transhumanismo, de caminar hacia un nuevo salto en la evolución para llegar a lo que denominan un posthumano, por la conjunción de la neurociencia, la robótica y la nanociencia. Creo que aquí lo que impera una vez más es la voluntad de poder de la que hablaba Nietzsche. Proponen transferir nuestra consciencia, ahora localizada en un software biológico gelatinoso de kilo y medio, el cerebro, a otro de silicio, del que podríamos hacer copias y dicen que eso sería la eternidad.

—Eso sí sería un avance...

—Sería una barbaridad, porque como decía Ortega, mi yo, mi conciencia es la que es en mi circunstancia, que implica mi cuerpo y el medio físico en el que vivo.

—¿Lo proponen como muy cercano?

—Si preguntas a los transhumanistas, en el plazo de 50 o 100 años. Los neurocientíficos dicen que es más largo. El gran salto vendría de la robótica, que depende mucho del desarrollo informático. Hace veinte años los ordenadores acababan de empezar y mira ahora. El Genoma Humano se acabó mucho antes de lo previsto por la mejora de los equipos informáticos...

—Una cosa es tener esos avances y otra aplicarlos al cerebro humano. También el Proyecto Genoma prometía solucionarlo todo...

—Efectivamente, en los 90 la terapia génica iba a solucionar todas las enfermedades. Por eso apelo a no generar falsas expectativas, porque están en juego las emociones y el bienestar de pacientes con enfermedades neurodegenerativas y de sus familiares.

—¿Los periodistas nos tomamos muchas licencias a la hora de divulgar la neurociencia?

—Rotundamente sí. La OCDE, en sus dos informes sobre el impacto de las neurociencias en la educación, advierte acerca de las responsabilidades de los comunicadores a la hora de contar los resultados y sus aplicaciones y alerta también de lo que denomina los neuromitos, afirmaciones falsas que se generan muchas veces por intereses puramente económicos.