La Grande y Felicísima Armada estaba compuesta por 127 buques. 87 volvieron a puerto
La Grande y Felicísima Armada estaba compuesta por 127 buques. 87 volvieron a puerto

La «Pequeña Edad del hielo» y el ciclón que «atacaron» a la Armada Invencible

Una importante depresión ciclónica en las Azores acabó transformándose en un vendaval en el Mar del Norte. Aquel siglo el clima provocó un aumento de las tormentas del 400 por ciento

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El 22 de julio de 1588, después de la correspondiente bendición y confesión de las tropas, se dio la orden de partida desde el puerto de La Coruña. Todo estaba listo para que aquella flota formada por galeones, galeras, naos, galeazas, carabelas, urcas, falúas, pataches y galeoncetes rubricara con letras doradas un nuevo episodio en la Historia de España.

La Armada estaba compuesta por un total de 127 buques de guerra y de transporte, con una tripulación de 12.000 marineros y 19.000 soldados. La misión del comandante, el duque de Medina-Sidonia, era llegar a Dunkerque –en las costas de Flandes- y embarcar 27.000 soldados de los Tercios, al mando de Alejandro de Farnesio, para lanzarse a la invasión de «la pérfida Albión».

El aristócrata andaluz comandaba la Armada de Inglaterra, la Grande y Felicísima Armada, como le gustaba llamarla a Felipe II. El título de «Armada Invencible» se lo pondría a posteriori lord Burghley (1520-1598), uno de los ministros de la reina Isabel I de Inglaterra, para mofarse de nuestra desdicha.

Luchando contra los elementos

En el siglo XVI el Viejo Continente se encontraba inmerso en un cambio climático al que se ha bautizado como «Pequeña Edad de Hielo». Las últimas cuatro décadas de ese siglo fueron mucho más frías y tormentosas de lo habitual, las cosechas de los viñedos fueron más tardías, los vientos soplaron con más intensidad y las tormentas se incrementaron en un 400 por ciento.

El verano de 1588 no fue una excepción. Cuando la Armada penetró en el Canal de la Mancha se vio expuesta tanto a las inclemencias meteorológicas como al ataque de las tropas inglesas. Los días que duró la travesía fueron un verdadero infierno para el ejército español, que se desangraba a consecuencia de unas condiciones meteorológicas adversas que impedía a los pesados buques españoles entablar batalla.

El duque de Medina-Sidonia se vio obligado, muy a su pesar, a abortar la operación, sin recoger a los soldados de Alejandro Farnesio, ordenando el regresó a España. Para evitar un nuevo enfrentamiento con los ingleses se optó por una ruta alternativa, los barcos rodearían las islas británicas y descenderían por el oeste de Irlanda.

La decisión no pudo ser más desatinada. A comienzos de agosto de 1588 una tormenta tropical se inició en el Caribe y provocó una importante depresión ciclónica en la zona de las Azores, que acabó transformándose en un verdadero vendaval en el mar del Norte.

Fue precisamente en las costas irlandesas donde el temporal se cebó con nuestra flota y se produjo el mayor descalabro, decenas de barcos se deshicieron contra la rocosa costa, y miles de soldados desaparecieron ahogados. El registro de los cuadernos de bitácora de los capitanes españoles ha permitido estimar que el viento alcanzó entre 40 y 60 nudos, una velocidad similar a la de un huracán.

El 75% de los buques regresó

Un total de ochenta y siete barcos -unas tres cuartas partes de la flota- regresaron a España. De todas formas no todo el fracaso de la expedición no se puede atribuir a las inclemencias meteorológicas. Sin duda alguna, la falta de coordinación entre el duque de Medina-Sidonia, que no tenía conocimientos de navegación y que se mareaba en alta mar, y los Tercios de Alejandro Farnesio también fue decisiva.

Parece ser que Felipe II fue informado del desastre mientras estaba en el coro de la iglesia del monasterio escurialense. Por cierto, es justo aclarar que el monarca nunca pronunció la célebre frase «Yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos». Esta cita es apócrifa y apareció en una biografía de Felipe II escrita por Baltasar Porreño (1569-1639) cuarenta años después de la derrota.

M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.