¿Es mejor el sexo con robots que con humanos?

Un estudio británico analiza los beneficios y los riesgos de los «sexbots»

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La Rachel de «Blade Runner» o la sensual IA de «Her» podrían no ser todo lo buenas que parecen en la gran pantalla. Un estudio recién publicado en la revista BMJ Sexual & Reproductive Health acaba de dejar, en efecto, las cosas claras sobre las «ventajas terapéuticas» de tener sexo con robots. Y la conclusión es que, a pesar del amplio argumentario a favor, no existen aún pruebas científicas ni estudios clínicos que permitan demostrar que los «sexbots» son mejores que los humanos de carne y hueso a la hora de practicar sexo.

Chantal Cox-George, del St George’s University Hospitals NHS Foundation Trust y Susan Bewley, del Centro Académico de Salud de la Mujer en el King College de Londres, explican en su estudio que «la industria de la tecnología sexual ya tiene un valor estimado de 30.000 millones de dólares», y que, lejos de ser cosa de la ciencia ficción, ya existen por lo menos cuatro grandes compañías que venden «sexbots» (dispositivos con formas humanas creados para la gratificación sexual) por precios que oscilan entre los 5.000 y los 15.000 dólares. Y una que comercializa, incluso, modelos robóticos infantiles con el mismo fin.

«El mercado -explican las investigadoras- parece ser solo para hombres, y hasta ahora solo se han creado sexbots adultos (e infantiles) femeninos, aunque una empresa ha anunciado ya su objetivo de vender dispositivos masculinos a finales de 2018».

Para sus defensores, el sexo cibernético conseguirá limitar los delitos sexuales, especialmente las violaciones y los abusos de menores. Los detractores, sin embargo, argumentan que los sexbots pueden promover y generalizar la idea de que también las mujeres vivas son «objetos sexuales que deberían estar siempre disponibles».

¿Una forma de acabar con la prostitución?

En todo caso, Cox-George y Bewley sostienen que la profesión médica debe estar preparada para las inevitables preguntas sobre el impacto de los robot sexuales en la salud. En su estudio, las dos investigadoras británicas resumen los argumentos a favor y en contra de los robots sexuales y evalúan sus potenciales implicaciones para la salud.

Algunos, por ejemplo, sostienen que los sexbots tienen el potencial de terminar de una vez por todas con el turismo sexual y la prostitución, eliminando de paso un importante vector para la transmisión de virus e infecciones. Las autoras del estudio, sin embargo, concluyen que se desconoce por completo si los sexbots «llevarán a un menor riesgo de violencia e infecciones o si, por el contrario, impulsarán una mayor explotación de los trabajadores sexuales humanos».

El valor terapéutico del sexo con robots también resulta, según el estudio, cuando menos cuestionable. Así, si bien es cierto que la tecnología puede ayudar a aliviar las frustraciones sexuales de individuos aislados, también lo es que podría llevar a esos mismos individuos «a aislarse aún más por la ilusión de tener una satisfacción sustitutiva». Algo que conduciría a una situación ciertamente peligrosa, con un probable aumento de la misoginia y la violencia contra la mujer.

Del mismo modo, sentimientos como la complicidad o la intimidad podrían resultar huecos y no hacer más que aumentar la angustia, ya que un ser humano puede desear genuinamente a un robot, pero «la reciprocidad solo puede ser limitada y artificial».

Más controvertidos aún son los argumentos que sostienen que el uso de sexbots debería prescribirse para tratar a violadores y pedófilos. «Una compañía -afirma el artículo- con una década de experiencia fabricando muñecas sexuales infantiles realistas, afirma que esas muñecas podrían ayudar a las personas a redirigir sus deseos más oscuros, protegiendo así a las potenciales víctimas. Dada la falta de evidencia de tratamientos efectivos de delincuentes sexuales contra niños, advertimos seriamente contra el uso de "tratamientos paliativos" con robots infantiles, a menos que forman parte de ensayos de investigación robustos, científica y éticamente aceptables».

En sus conclusiones, Cox-George y Bewley se lamentan de «la actual escasez de información sobre las consecuencias sanitarias del uso de sexbots», una carencia que, además, puede incrementar la fuerza de este incipiente mercado. «Las potenciales ganancias y el aumento de la demanda incentivarán a las compañías a producir sexbots más baratos. Los avances tecnológicos impulsarán la competencia para crear el modelo más asequible y deseable».

«Futuros estudios de salud - añade el artículo- pueden incluir observaciones médicas, informes de casos y medición de respuestas visuales y neuronales de los usuarios, junto con evidencia del impacto de robots y sexbots en particular, en los sectores de educación, justicia penal y ciencias sociales». Todo ello, argumentan las investigadoras, repercutiría en un debilitamiento de la industria, que se vería así ralentizada.

Hasta ese momento, sin embargo, los argumentos que defienden los beneficios para la salud del uso de sexbots serán similares «a los de tantos productos ampliamente publicitados». Es decir, «bastante engañosos».

Por eso, «el principio médico de precaución debería aplicarse para rechazar el uso clínico de sexbots hasta que sus supuestos beneficios, a saber, ´limitación de daños´ y ´terapia´ hayan sido probados empíricamente».